Liberación integral y resistencia ética

Por Agustín Ortega.
En estos años, se ha producido una muy interesante e importante reflexión sobre lo social, político y público en diálogo con fe, con la teología y la doctrina social de la iglesia. Con diálogos, debates y publicaciones que han tenido, en muy buena medida, como protagonistas a autores y ámbitos de la Compañía de Jesús en España, o relacionados con ella. En este artículo trataremos de recoger, exponer y aportar acerca de dichas cuestiones. Primeramente, desde la perspectiva teológica y social, podemos decir que hay varios modelos o claves para abordar esta realidad de lo político o público en relación con la fe. Tal como se mostrado en la historia. Un primer modelo que podemos denominar como espiritualismo desencarnado, un dualismo espiritualista-teológico, de carácter gnóstico e individualista burgués. El cual niega el vital carácter social, público y político de la fe en la búsqueda del bien común, en la transformación de la sociedad-mundo para que se vaya realizando el Reino de Dios y su justicia liberadora con los pobres de la tierra.
Un segundo enfoque caracterizado por un secularismo o laicismo. En donde el creyente y el cristianismo olvida o niega el sentido, motivación e inspiración que tiene la fe y la espiritualidad para su acción sociopolítica. Lo que, en esta línea, puede llevar a la ideologización y activismo, a dejarse colonizar por ideologías que, incluso, pueden ir en contra de los valores e ideales de la fe. Un tercer paradigma que cae en un confesionalismo o teo-eclesiocracia, como puede ser el nacionalcatolicismo. Con una identificación y confusión entre el poder político-económico y la fe e iglesia, con la sacralización e idolatría de dicho poder. Y que no deja espacio a una auténtica democracia, a una adecuada laicidad de la fe y de la autoridad o estado.
Como se observa, estos modelos no reflejan bien el real e inherente carácter público y político de la fe tal como, por ejemplo, nos enseña la iglesia en el Vaticano II y en su doctrina social. El modelo o enfoque más correcto sería una espiritualidad y cristianismo de encarnación, en analogía con Jesús –el Dios y Verbo (Palabra) Encarnada–, que desde la fe asume e integra toda la realidad social e histórica. Pero que no se identifica ni confunde con ella. Siguiendo a la teología más cualificada y a la fe, sería la unidad en la diversidad sin separación ni confusión: entre el Reino e Iglesia al servicio de este Reino (que no se confunde con éste) y el mundo; la gracia y la naturaleza, la salvación y el desarrollo o liberaciones histórica; la fe y la política, la tierra y el cielo…
La misión evangelizadora de la Iglesia, sin reducirse o agotarse en lo social e histórico, suponen constitutivamente la lucha por el bien común, la paz y la justicia liberadora con los pobres de la tierra. Debe promover ineludiblemente la vida y dignidad de las personas, los derechos humanos y el desarrollo humano, ecológico e integral de las personas o pueblos. La entraña y el valor o principio del cristianismo, que es el amor, tiene un constitutivo carácter social y público. Es la caridad política que, como nos enseña la iglesia, busca la civilización del amor con la promoción del bien común y la justicia con los pobres de la tierra. Con la transformación de las relaciones humanas, estructuras sociales y sistemas políticos o económicos que son perversos e injustos, las denominadas estructuras de pecado.
De ahí que la fe en la fraternidad solidaria, la caridad política y la justicia con los pobres promueva un cambio o transformación, renovación y liberación integral. Sustentada en la fe y su antropología unitaria o global, sin dualismos ni monismos de ningún tipo, hay que impulsar este desarrollo humano y liberador, solidario e integral, que abarca a toda y todas las personas. Un desarrollo, transformación y liberación de todas las dimensiones del ser humano, la personal y la socio-comunitaria, la espiritual y moral, la mística y la política. Una conversión personal, con un cambio de mentalidad y estilo de vida que integra la razón y la emoción o corazón, con una razón cordial y cálida. El pensamiento e inteligencia y el sentimiento o afecto, la caridad y verdad. Una inteligencia emocional y sentiente o sentimental, ética y espiritual, con unas actitudes morales, solidarias y sostenibles.
Una conversión o cambio personal con sus actitudes y estilos de vida que, al mismo tiempo –de forma inseparable–, nos lleva al compromiso por la justicia, por la transformación socio-estructural de las relaciones, sistemas o estructuras políticas o económicas contrarias al bien común. No se debe separar ni oponer este cambio personal o estilos de vida, como puede ser por ejemplo el consumo justo o la banca ética, a la lucha por la justicia en esta renovación de las estructuras perversas e injusta. La resistencia a la forma de vida deshumanizada y sistema injusto, que domina hoy, como es el capitalismo. Con dichos e imprescindibles estilos o proyectos alternativos de desarrollo, a la vez, deben articularse e integrarse con la lucha y el cambio socio-político, estructural, de los sistemas y estructuras capitalistas dominantes.
Como nos muestran las ciencias sociales, el cambio social no se reduce la transformación de las estructuras, ni tampoco es suficiente una conversión personal o estilos de vidas alternativos o resistentes al sistema. Lo micro y lo macro inter-actúan, la acción y la estructura social se retroalimentan, los hábitos y campos o sistemas económicos/políticos se condicionan mutuamente. En clave teológica, la gracia o pecado personal y las estructuras de pecado se co-relacionan y refuerzan entre sí. De esta forma, quedarnos en la simple transformación estructural, de los sistemas. Sin un cambio personal o alternativas de resistencia, es posibilitar que esas estructuras, manejadas por las personas, se corrompan y caigan en la injusticia; asimismo, es no realizar una acción concreta, urgente y necesaria, que va efectuando ya la solidaridad con el otro.
Y si, a la misma vez, no nos implicamos en el compromiso sociopolítico por la transformación de las leyes, estructuras e instituciones o sistemas, esta acción social y solidaria no es universal ni efectiva. Ya que no abarca a todos esos grupos sociales y pueblos que sufren la injusticia y, en esta línea, no es una transformación con efectividad e inteligencia ética que perpetúa el sistema opresor e injusto. Y caemos así, por acción u omisión, en la complicidad y colaboración con esta opresión e injusticia de dicho sistema. En este sentido, para una transformación profunda en los valores éticos, es necesario e imprescindible el cambio moral y estructural: de la propiedad para que esté al servicio del destino universal de los bienes; del capital que debe subordinarse al trabajo, a los derechos y dignidad del trabajador, como es el salario justo para él y su familia; la socialización de los medios de producción y empresa, para una democracia económica, social y cooperativa; de la riqueza, del ser rico que debe convertirse a la pobreza evangélica y solidaria con los pobres. Tal como nos enseña todo lo anterior la doctrina social de la iglesia, el papa Francisco y el pensamiento como el personalismo.

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