Lea este artículo de Enric González

Enric González (Barcelona, 1959) es un periodista muy conocido, que ha sido corresponsal de El País en diversos lugares del mundo, cubriendo conflictos y también haciendo análisis económico. Entre sus variadas áreas de trabajo, en este momento es columnista regular de El Mundo.

Pues bien, el sábado 9 de julio Enric González publicó en El Mundo una columna breve y extremadamente enjundiosa sobre el problema de Vueling en El Prat de la semana pasada. Se titula (y así aprovecho para poner el link): Aeropuerto.

No voy a resumirla, para que el amable lector la pueda recorrer en directo. Su análisis no puede sintetizarse en menos palabras. Igual que hay que comer de todo, también hay que leer de todos: higiene mental básica. Si usted no suele seguir a Enric González, aproveche la oportunidad para leer algo suyo muy bueno, y así le conoce. No indiscutible, claro, pero muy bueno. En general todo lo suyo vale la pena leerlo, aunque sea para estar en desacuerdo.

La columna de González es limitada en número de palabras, y probablemente por eso no continúa con la línea argumental de su mismo artículo. Si lo que él dice es verdad (y básicamente lo es), entonces nuestro Santo Padre Benedicto XVI tenía razón al pedir una autoridad política mundial (Caritas in Veritate, 67), que entre otras cosas establezca estándares globales mínimos de gobernanza empresarial, trabajo decente y derechos de los consumidores. Precisamente si quedamos librados a los mercados globalizados que hay, no a ficciones de libro de texto, pasa lo que Enric González describe.

Cuando Juan Pablo II hablaba de estructuras de pecado (en Sollicitudo Rei Socialis) no se refería a otra cosa. Trabajadores y consumidores son puestos a competir entre sí, para ganancia de una élite que se apropia de lo que exprime a unos y otros. Pero unos y otros no son distintos: son la misma gente común en dos roles de sus vidas, que las estructuras económicas vuelven contradictorios. Persiguiendo intereses legítimos en el rol en que uno se encuentra en un momento dado, el sistema consigue que cada uno intente abusar del otro. Asombrosa alquimia, intencionalmente procurada por quienes recogen los beneficios.

Quizás el diálogo sea posible hasta con los liberales, si notamos que la posición católica no es realmente que haga falta más Estado (nacional) sino otro Estado (mundial). Discutible si más pequeño en atribuciones; seguro que más poderoso en alcance: ha de ser del tamaño de los mercados globales, para que pueda tener incidencia sobre unas estructuras económicas que son ya irremisiblemente globales.

Si no, por las razones que el mismo autor explica, la ministra de Fomento de España y el correspondiente departamento de la Generalitat, llegarán siempre tarde, no alcanzarán nunca a tocar el problema de fondo, que por lo demás tan bien describe Enric González en su artículo.


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