Las verdades difíciles

QUÉ FUE PRIMERO: IMPUESTOS O POLÍTICA? Dibujo: Jorge Álvaro González @ lineograma

El dilema del buen líder

Vivimos una época de crisis y amenazas complejas que van desde el cruel y absurdo terror de Barcelona a las destructivas consecuencias del cambio climático en Houston. Sin olvidar, claro está, la pobreza y la creciente desigualdad en todas sus formas. E imbuidos en el miedo y la frustración, buscamos desesperadamente un líder, nuevo o viejo, que nos proteja de las amenazas y nos prometa un mundo mejor.

Y aquí nos encontramos el primer dilema. En un contexto donde proliferan las escuelas y cursos de liderazgo y hay más gente culta y cultivada que nunca antes, pareciese que tuviésemos mala cosecha de líderes.

Elegimos a nuestros gobernantes basándonos en la confianza que nos generan y les otorgamos la autoridad para que desempeñen un servicio a la sociedad. Y ellos, a cambio, nos proveen de dirección, protección, orden, bienestar social…

Y aquí nos encontramos otro dilema: la paradoja de la confianza. Según nos cuenta el profesor de liderazgo Ronald Heifetz, confiamos en nuestros líderes cuando cumplen con las expectativas de servicio. Pero entonces:

  • ¿Qué sucede cuando el líder provee información que entra en conflicto con las expectativas de los que le hemos elegido para el servicio?
  • ¿Qué ocurre cuando el líder nos cuenta a la gente lo necesario, o la difícil verdad, pero ésta no es la misma que la que estamos esperando escuchar?

En los cuentos, solo los niños, los borrachos y los sencillos son lo bastante desinhibidos para contar verdades. La realidad no es diferente, no hay muchos líderes suficientemente valientes para contarnos las verdades difíciles. Al contrario, pareciese que estamos en un circo de charlatanes donde los discursos se adaptan a lo que los oyentes esperan. Y esto se complica aún más con las redes sociales, que nos informan hasta el aturdimiento, nos conectan con los distantes, nos alejan de los cercanos y, para colmo, nos aíslan de aquellos mensajes y datos que difieren de nuestro pensar.

Se buscan líderes de diseño, políticamente correctos, educados en la transparencia como bien absoluto, para ser elegidos en votaciones por ciudadanos tan sentimentales como para tener confianza en un pasado mejor, o incluso nostalgia de un futuro mejor.

¿Es posible ser un buen líder, mantener la confianza y decirle a la sociedad aquellas cosas que prefiere no escuchar?

Aún a riesgo de alargarme, no puedo resistir recuperar fragmentos del discurso de Vaclav Havel en la Radio Televisión Checoslovaca el día de año nuevo de 1990 al poco tiempo de ser elegido presidente:

“Mis queridos conciudadanos, durante cuarenta años habéis escuchado de mis predecesores diferentes variaciones de la misma historia: el gobierno lo esta haciendo muy bien y tenemos perspectivas brillantes delante de nosotros.

Supongo que no me habéis elegido para que yo también os mienta ahora. Nuestro país no está haciendo todo lo posible. Pero no es este el principal problema. Lo peor es que vivimos en un ambiente moral contaminado. Hemos caído moralmente enfermos porque nos hemos acostumbramos a decir algo diferente de lo que pensamos. Hemos aprendido a no creer en nada, a ignorarnos unos a otros, a preocuparnos sólo por nosotros mismos…

En otras palabras, todos somos, aunque de maneras diferentes, responsables de la situación actual de nuestro estado; ninguno de nosotros es sólo víctima: todos somos también sus co-creadores.

Sería irrazonable pensar que el triste legado de los últimos cuarenta años es algo extraño, un legado de otros. Por el contrario, tenemos que aceptar este legado como un pecado que cometimos contra nosotros mismos. Si la aceptamos como tal, entenderemos que depende de todos nosotros, y sólo de nosotros, hacer algo al respecto. No podemos culpar a los gobernantes anteriores por todo, no sólo porque sería falso, sino también porque podría frustrar el deber que cada uno de nosotros enfrenta hoy: la obligación de actuar de manera independiente, libre, razonable y rápida. No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo no puede lograr mucho por sí mismo. Y también sería incorrecto esperar un remedio general por parte del mismo. La libertad y la democracia incluyen la participación y por tanto la responsabilidad de todos nosotros.”

Este discurso pronunciado hace casi 28 años en un país diferente, sigue teniendo una total vigencia hoy en nuestra sociedad. Nuestro panorama político está lleno ahora de pretendientes alquimistas que simplifican los problemas culpando a unos y a otros con eslóganes alarmistas o que nos venden una independencia ficticia que resolverá los problemas.

Pero cuando llega el terror, la destrucción o la brutal crisis económica, solo entonces, echamos en falta líderes valientes que nos hubieran advertido y preparado. Líderes que hubieran hecho reformas en épocas de bonanza; líderes que hubieran tomado medidas para limitar el terror, aunque estas supongan un perjuicio al ciudadano; líderes que sean firmes y nos comprometan a todos para minimizar los efectos del cambio climático, aunque eso supongo cambiar nuestros hábitos de consumo.

Todas estas medidas nos afectan a nosotros, es decir, nos implican y complican, y muy pocas veces se recompensan con nuevas elecciones –como le ocurrió a Schroeder en Alemania. La solución a nuestros problemas empieza en cada uno de nosotros: en nuestro compromiso real con la sostenibilidad; en nuestra aceptación del otro como igual en dignidad y deber; en nuestro esfuerzo individual para una mejora social…

¿Queremos líderes que nos impliquen y compliquen con verdades reales y difíciles, o alquimistas de verdades simples y mágicas?  Nuestros líderes serán lo que nosotros queramos que sean.

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