Un fenómeno como el cristianismo es multidimensional y complejo. Si se quiere reducir a una dimensión nos sorprende con otra. Pero hay una permanente necesidad política y cultural de encasillar lo cristiano. Aunque también una permanente fuga de lo cristiano cuando se le encasilla. En esas fugas provee de síntesis de opuestos frente al sentido común vigente. Por ello es necedad para unos, sabia locura para otros. Así, suele escapar a las lógicas binarias. Sus síntesis sucesivas abren terceros caminos que escapan a la violencia reductora que obliga a la elección entre lo que se ha declarado opuesto. Por ello es desconcertante, desinstala y se escapa al intento de control social que los distintos modos de reducción lo van tratando de someter a lo largo de la historia.

En este sentido, el cristianismo tiene la capacidad de transformar, aunque también de ser transformado, de subvertir y de ser subvertido, en una lucha permanente, y por ahora, inacabable en términos históricos. Pero nunca se agota en los giros a que es sometido o a que se somete en su propia marcha. Tenía que haber desaparecido ya con la propia muerte de Jesús, con el triunfo político de la religión de Israel sobre su vida pública; como fenómeno residual de seguidores marginalizados en los inicios del movimiento. También debió desaparecer cuando se intentó su absorción por el Imperio romano con el constantinismo; cuando adoptó la forma de poder político y cultural en la Edad Media; cuando ese poder fue combatido con éxito por la secularización del poder político desde el Renacimiento y la independencia del proceso cultural del control de las iglesias. También debió haber muerto con el triunfo del espíritu científico y el creciente poder técnico para satisfacer los deseos humanos en la era moderna. Le aguarda ahora, según dicen, otra muerte venidera, la era postreligiosa que ya empieza a emerger y en el que el cambio de conciencia espiritual desplazará la forma religiosa.

Hay en todos esos procesos una agonía del cristianismo. En cada uno de esos momentos, una lucha final en la que deberá ser aniquilado en los respectivos campos en los que estaría compitiendo para ser domesticado, subsumido, anulado. Por ello, los cristianos solemos sentir la violencia simbólica reductora que nos asimila con algo unilateral en lo que no nos vemos reconocidos ni comprendidos.

Es cierto que a lo largo de la historia ha jugado de forma significativa en distintos campos en los que ha podido incluso tener momentos de éxito relativo para ser, a su vez, en momentos posteriores, desplazado. Pero nunca se ha agotado en ninguno de ellos.

En los primeros tiempos se interpretó como una lucha por el poder político y religioso que amenazaba tanto la religión de Israel como el Imperio romano. Caifás y el Sanedrín judío así lo vieron y se defendieron: Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación”, por ello Caifás sentenció, “conviene que un hombre muera y no perezca la nación”. Pero también ahora, puede ser visto el acontecimiento de Jesús, como una nueva y superior forma de inteligencia práctica en la lucha por el poder. Sin embargo, ese no fue el signo histórico en los primeros tiempos. El cristianismo no alcanzó ese pretendido poder, ni siquiera con su “nueva táctica”.

El Imperio romano decidió ya en su postrimerías adoptarlo como forma de legitimación político-religiosa y servir también de autoridad interna en el control social del propio espacio cristiano. San Agustín reaccionó ante la tentación de ver en lo cristiano una forma religiosa de defensa de la sociedad del Imperio y de sus instituciones. El Dios de Jesús no era responsable de la descomposición del Imperio, ni del mantenimiento de sus propias estructuras injustas. El Dios de Jesús era otra cosa, y estaba para otra cosa. Pero tampoco es el cristianismo reducible a una disciplina legal de su propio grupo social. Tiene derecho e instituciones de control, pero no es derecho ni instituciones de control.