Día 3 de octubre de 2014, a las 18.30h, en el patio del Cementerio Santa Catalina de Ceuta. Los dos féretros, sin nombre, en la intemperie del suelo. No había flores, ni velas, ni el olor del incienso. Una tarde fría, nublada y triste, con una neblina espesa cubriendo la ciudad, como si el cielo estuviera conmovido por lo que estaba ocurriendo entre aquellos muros cubiertos de lápidas y dedicatorias.

Rodeando a los cadáveres de los dos subsaharianos víctimas del último naufragio ocurrido en el Estrecho, estábamos, junto al Vicario, los que habíamos llegado del Secretariado de Migraciones, las Religiosas de Vedruna con algunas voluntarias, un grupo de inmigrantes de Mali y Burkina Fasso, residentes en el CETI, nuestra amiga Maite y los medios de comunicación que habían ido a cubrir el acto.

Entre todos hicimos un corro para simbolizar que no estaban solos,  que les rodeaba nuestro cariño y afecto, que queríamos llorarles como lo hubiera hecho su familia.

“Vuestros seres queridos tal vez no sepan nada lo que está sucediendo aquí, pero no estáis solos ni abandonados. Dios os quiere y llora por vosotros. Y tenéis toda la ternura y el afecto de la Iglesia de Jesús y de cada uno de nosotros, que hoy somos vuestra familia. Queremos acompañaros con todo el cariño, como lo hubieran hecho vuestros padres y hermanos.”

La lectura sosegada y sentida del Apocalipsis y del salmo del Buen Pastor nos ayudaba a comprender que el Buen Pastor había descendido desde lo alto del cielo hasta los abismos del mar bravo del Estrecho para rescatarlos y llevarlos al CIELO Y LA TIERRA NUEVA. Esa tierra que sueñan todos los emigrantes al salir y que trágicamente se truncó en  la inmensa y oscura soledad del mar.

Aquí en el Sur, el mundo está dividido en dos orillas. La orilla de los pobres y la otra orilla del bienestar. Y esta orilla del bienestar es una fortaleza cada vez más defendida e impenetrable. Por eso, en el aniversario de Lampedusa, volvieron a resonar las palabras del Papa Francisco “¿qué habéis hecho con estos hermanos?” … “¿dónde están vuestros hermanos?”

Siguen las muertes y sigue la “globalización de la indiferencia”.

Las palabras del Evangelio nos devolvían a la alegría de JESÚS, cuando sale al encuentro de los pobres, “VENID A MI LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS, QUE YO OS ALIVIARÉ”. Pretendiendo siempre una Iglesia sin fronteras, Madre de todos

Juntos rezamos la oración de los cristianos, el Padre Nuestro. La honda experiencia de sentirnos unidos y hermanados ante el Padre que ama a todos. Nuestro sentimiento y silencio compartido se unió a los inmigrantes musulmanes cuando empezaron a rezar la Fatiha.

Una Iglesia sin fronteras, Madre de todos

Dios entiende todos nuestros lenguajes. Al término del responso, cuando abandonábamos el cementerio, empezaron a caer unas gotas desde el cielo: el llanto y las lágrimas de DIOS por los pobres de la tierra.