Las cifras y las historias

Durante mucho tiempo he trabajado con historias. Mi oficio ha sido, durante muchos años, escuchar. He escuchado, principalmente, historias de personas que padecían la pobreza,  o que las circunstancias de la vida las habían puesto en bretes tan difíciles que necesitaban ayuda para poder seguir adelante. No siempre se puede ayudar, pero siempre se puede escuchar.

Y será por eso que se me quedó la costumbre. Ahora me toca trabajar con datos y cifras. Sé que es un lugar común decir que las cifras esconden más que muestran y que vuelven fríos problemas sangrantes. Que son manipulables, y de hecho en anteriores entradas nos hemos dedicado a contar cómo entender algunas de las cifras que nos acompañan y que se prestan a interpretaciones tan variopintas en análisis como en intenciones. Yo no estoy de acuerdo. Yo sí creo que los datos tienen carne y tienen alma.

Detrás de los datos sigo escuchando historias. Y los valoro porque me ayudan a compensar algunos sesgos que la mayoría de nosotros tenemos para percibir la realidad.  Describir un fenómeno con cifras, evidentemente, no lo explica en su totalidad –ni lo pretende-, pero tampoco deja de ser real. Este anumerismo que nos hacen percibir los datos como ajenos lo expresó, de forma magistral, el ministro Montoro al criticar los informes de Cáritas sobre la pobreza en España por no corresponder a la realidad porque se basan en “mediciones estadísticas”.

Pero detrás de ese dato hay personas concretas con problemas muy reales. Podemos llegar a imaginar qué se siente vivir sin saber cómo se va a pagar la letra del alquiler a fin de mes o sentir el miedo a perder el trabajo y quedar sin nada, pero multiplicar ese sufrimiento doce millones de veces es mucho más difícil, exige un esfuerzo que a veces escapa a nuestra capacidad. Por eso necesitamos escuchar historias tanto como entender las cifras.

El premio Nobel de Economía Thomas Shelling mostró a la perfección el riesgo de esta percepción disociada de la realidad personal de la estadística. “Si una niña de seis años, de pelo castaño, necesita miles de dólares para una operación que le permita vivir hasta navidad, la oficina de correos recibirá una avalancha de monedas de cinco y diez céntimo para ayudarla. Pero anuncie que es preciso un incremento de los impuestos para evitar que las instalaciones del Hospital de Massachusetts se deterioren y aumente el número de muertes evitables: pocos soltarán una lágrima o se rascarán el bolsillo”.

Ese es nuestro desafío, ayudarnos a escuchar las historias detrás de los datos, ser conscientes de la injusticia social que los provoca, y que significa la diferencia entre ayudar a una persona a vivir mejor y ayudar a una sociedad a vivir mejor y a tratar mejor a quienes viven en ella. Y hacer algo al respecto. Hacer algo no sólo por aquellos que sentimos próximos, sino también por esos que las cifras nos muestran, que son anónimos y humanos, que padecen dificultades que pueden parecer inabarcables. Puede que sólo podamos contribuir a superar una pequeña parte del problema, esa es una parte imprescindible e impostergable. 

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