Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque en realidad ya han pasado casi 10 años desde que asistí a la situación que os voy a contar a continuación:

Estábamos más o menos a mitad del curso, allá por el mes de febrero o comienzos de marzo. Marcos era un niño de 10 años, enormemente espabilado, que se había incorporado ese curso al colegio tras recibir su padre una importante oferta de una compañía petrolera para trabajar en Madrid. El origen venezolano de esta familia facilitaba enormemente la integración del niño en su grupo de alumnos ya que Marcos dominaba (como era de esperar) el castellano a la perfección. Además no tenía un acento muy marcado, y en unos pocos meses había conseguido dominar casi a la perfección los giros lingüísticos que diferencian el castellano de España del de Venezuela.

Marcos era además un niño muy sociable. Le gustaba formar parte del grupo de alumnos y ya desde el principio se integró sin problemas en el aula. Todo parecía augurar que Marcos no tendría problemas en su desempeño escolar.

Me sorprendió que el padre de Marcos me solicitara una reunión de urgencia en esas fechas del curso. Las calificaciones eran buenas, el niño parecía feliz, no había nada que en un principio nos hiciera sospechar que estaba pasando algo extraño.

Intercedí a la entrevista y tan pronto como pudimos nos encontramos en mi despacho del colegio. Los padres de Marcos estaban preocupados porque el niño les había dicho que algunos compañeros habían comenzado a llamarle “el raro”, y que había una clase, la de Conocimiento del Medio, sobre la que el niño había comenzado a decir que se aburría. Por otra parte, en la revisión diaria de los deberes que Marcos hacía en casa, sus padres habían detectado que en esta materia en particular el nivel del trabajo realizado por el niño había caído drásticamente, y se estaban desesperando porque sabían que él era capaz de hacer mucho más de lo que estaba entregando.

Mi primera intuición fue que en alguna actividad grupal el niño había dicho o hecho algo que había molestado a algún compañero, y que este, en venganza, había ideado el mote con el que se estaban burlando de Marcos.

Pensé que la mejor manera de solucionar este problema sería hablar con el profesor de Conocimiento del Medio, transmitirle la preocupación de los padres y pedirle ayuda para indagar qué estaba ocurriendo.

Me senté con este maestro, una institución dentro del colegio con un montón de años de experiencia a sus espaldas, y lo que ocurrió me sorprendió de una manera muy desagradable: resulta que hacía un par de semanas este maestro, que también era conocido por su fama de inflexible, había hecho un examen sobre los ríos de España y el niño, lejos de conformarse con responder a lo que se le había pedido, había enriquecido el mapa incorporando más información de la que se le había solicitado, tal como los sistemas montañosos, climas, etc.

Este profesor se había sentido molesto con el niño, y no solo decidió represariarle suspendiéndole este examen (dato que el niño había ocultado a sus padres), sino que además fue él el que decidió llamarle “raro” delante de sus compañeros, harto, tal y como me dijo, por el tono grandilocuente del niño y por sus ganas de destacar continuamente sobre sus compañeros en todas las actividades que este profesor les encargaba.

Este profesor empleó esta palabra una sola vez en el aula, y aunque se disculpó por haberla utilizado y me dijo que hablaría delante de la clase para evitar que este problema fuera a más, me siguió insistiendo en que el niño se consideraba superior a sus compañeros, que había que enseñarle a adaptarse a su grupo, y que lo mejor que le podía ocurrir era que alguien le pusiera en su lugar antes de que este comportamiento que tanto le molestaba fuera a peor.

Me reuní con el tutor del niño y no sabía nada de esto. Se molestó tanto que decidió hablar él también con el profesor de Conocimiento del Medio y me prometió hacer un seguimiento exahustivo de esta situación para detenerla rápidamente.

Otros profesores con los que me reuní me dijeron que la conducta de Marcos era así, que solía responder a las preguntas con datos que no habían dado en clase, pero a ninguno de ellos les había molestado y, es más, lo normal era que le incentivasen a seguir trabajando de esa manera.

Un tiempo más adelante el problema había desaparecido y todos los profesores, a excepción del de Conocimiento del Medio, seguían estando contentos con el desempeño del niño. Estudiamos sus exámenes y sus cuadernos de trabajo e inicié el proceso para evaluar la posibilidad de que Marcos tuviera Altas Capacidades.

Los resultados de los tests fueron abrumadores: el CI de Marcos era muy superior al esperado para su grupo de edad. Que fuera así le había permitido integrarse correctamente en un proceso que a otros niños les habría costado mucho más. Su interés por leer y por seguir aprendiendo fuera del aula le había permitido adquirir conocimientos que se estudiaban algunos cursos más adelante, y no había tenido problemas en demostrarlo ante sus profesores y compañeros hasta que la acción del profesor de Conocimiento del Medio le hizo cambiar su comportamiento en esa asignatura.

La necesidad de estar integrados dentro del grupo de iguales es una de las señas más distintivas de los alumnos con Altas Capacidades, y es muy frecuente que, cuando se encuentran con problemas como los que acabo de contar, estos niños prefieran cambiar su comportamiento y ofrecer un rendimiento inferior al que realmente pueden dar con la finalidad de no tener problemas dentro de su grupo.

La alta sensibilidad de estos niños también les hace muy receptivos a las críticas que reciben, y puede bastar una situación como la descrita para que se entren en un estado de ansiedad importante por no saber cómo resolver la situación.

Pasó el tiempo y Marcos terminó sin problemas la Primaria, y estoy casi seguro que también la Secundaria y a día de hoy ya habrá terminado o estará a punto de terminar, sus estudios universitarios. Ojalá haya tenido la suerte de aprovechar sus capacidades y los profesores que trabajaron con él después de nosotros se hayan servido del diagnóstico que le acompañaba para adaptar sus clases a las necesidades del niño.

En ocasiones, los niños con Altas Capacidades prefieren pasar desapercibidos hasta el punto de que, con el afán de conseguirlo, dejan de prestar atención en clase y comienzan a suspender, derivando hacia un fracaso escolar que en ocasiones no consiguen superar.

A Marcos conseguimos ayudarle antes de que esto sucediera pero estoy seguro que podría haber ocurrido esta situación, y entonces el plan de actuación es mucho más complicado y con menos posibilidades de éxito.

Hace falta formar a los maestros y profesores para que comprendan cuáles son las características de este tipo de alumnos, para que tengan nociones básicas que permitan identificarles y para que sepan cómo tratar con ellos dentro del aula. De no conseguirlo es posible que muchos niños como Marcos pasen desapercibidos y acaben fracasando en su camino en la escuela, con la enorme pérdida que supone para la sociedad el no poder aprovecharse de las capacidades de estos futuros ciudadanos.

Imagen tomada de http://img.hacerfamilia.es/fotoweb/fotonoticia_20141022133357_800.jpg