Una mujer acostada sobre una banqueta.

Se le ha parado el corazón de dolor. Tic, tac, tic, tac… ¡Tic! Silencio.

Y las lágrimas de su rostro siguen, ya sin vida, bajando  desde sus mejillas hasta la comisura de sus labios.

Y 1.962 pequeños tapices sirviendo de marco al tema central de la mujer tumbada, llorosa y muerta para que la obra final cuente con la armonía necesaria. Piezas de 15 por 15 centímetros en formas geométricas y abstractas. ”Fué duro unir los pequeños cañamazos entre sí” declaró una de costureras finales.

2.245 tejedoras. De 46 países, donde, como en la mayoría de los países del mundo, no han sabido, no han podido o no han querido defender a las mujeres víctimas de la trata en cuyo honor se ha confeccionado el tapiz.

Azul, negro y blanco: los únicos colores que fueron elegidos adrede y que representan el agua (azul), la esperanza (blanco) y el dolor (negro).

Desde Ginebra a Israel, pasando por África y desde Madrid a Avignon, Cuba y México, pequeñas niñas y mujeres de toda edad han unido, puntada a puntada, verso a verso, cañamazos, retales y tapices  para romper el silencio que encubre el llanto provocado por la violencia sexual. “No es un proyecto de víctimas y para víctimas, sino que es una iniciativa de mujeres de cualquier profesión o condición social a favor de las víctimas” declaró su autora, la abogada y artista madrileña Alejandra Corral, de la Asociación Arte y Concienciación Social.

Un tapiz de 14 metros de largo y dos metros de alto.

Cosiendo el tapiz tejieron una inmensa historia de denuncia y solidaridad. Una amplia marea azul –color dominante– como el mar. Sus hilos atravesaron fronteras y su obra se ha hecho universal.

Yo lo he visto, hoy, dia 25 de Noviembre de 2015. En el espacio Estudios de Tabacalera de Madrid, con motivo de la celebración del Día Internacional contra la Violencia de Género. Día en el que por cierto , y antes de partir hacia Kenia, Francisco se encontró con once mujeres, (italianas, nigerianas, rumanas y ucranianas) víctimas de la violencia machista, y con sus seis hijos. Viven en la Casa Refugio de las víctimas de la violencia doméstica y de la trata, gestionada por una congregación religiosa en Roma.

Y como en todos los iconos, me dejé empapar por la mirada que el tapiz me dirigía a mí. No la que yo le dirigía a él. Y me miraba. Y me hablaba de la vergonzante esclavitud del Siglo XXI. Incluso me pareció ver en las entretelas el color morado de la Fundacion Amaranta y el Proyecto Esperanza de las Adoratrices que impulsan tan ejemplarmente el Proyecto

Su confección hecha con la colaboración de mujeres entre los 8 y los 93 años, me recordaba plásticamente que la trata afecta a todas las edades. Como afecta su lucha participada cada vez más por personas también de todas las edades:  “A toda mujer que quería participar le enviábamos un trocito de cañamazo, tres hilos de colores y una aguja. Ellas lo cosían y nos lo devolvían por correo. Desde la Asociación, y con la ayuda de seis voluntarias, hemos unido los cañamazos entre sí” dice una de las costureras.

Cada puntada –¡no hay puntada sin hilo!– ha sido una lucha anónima e imprescindible -¡Mujeres libres y en paz¡-  frente a tanta y tan diferentes manifestaciones de violencias física, sexual y psicológica que se ejercen contra las mujeres y que es una de las principales causas de muerte entre las de 15 a 44 años. Por delante de la suma de las muertes provocadas por el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico, las guerras…

El tapiz-icono me habla de las puntadas realizadas, a la luz de una hoguera en Africa, de un quinqué en la India, de tubos de luz de led en Europa o a plena luz del día en América. Cañamazos cosidos con primor y con rabia, con la belleza de la mirada limpia y honesta y la dureza de los corazones rebeldes que han sufrido, quizás, alguna de las muchas, grandes o pequeñas, violencias contra las mujeres que ensucian tanto y tanto a la humanidad.“No dar puntada sin hilo” tampoco en este tema. Compromiso con el corazón y con la cabeza . Los iconos – como este tapiz-  nos comprometen, si es que no quieren ser vacuos ejercicios estéticos, coloristas y fugaces  que no llevan a ninguna parte . Nos comprometen,  digo, ante el  asesinato de mujeres, la trata e incluso el -para algunos inofensivo- acoso verbal e intimidatorio en las calles y en las redes. Grandes machismos o micromachismos. Gigantes o menudos, introyectados hasta la médula de tantas sociedades machistas (incluida la nuestra).

Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual. Porque esta violencia no sabe de fronteras. En lo que va del año 2015, se han contabilizado en España 93 feminicidios y otros asesinatos de mujeres cometidos por hombres (Fuente: www.feminicidio.net).

Existen en todo el mundo entre 113 y 200 millones de mujeres demográficamente desaparecidas. Cada año, entre 1.5 y 3 millones de mujeres y niñas pierden la vida como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo. Como publicó hace años The Economist, “cada periodo de dos a cuatro años, el mundo aparta la vista de un recuento de víctimas equiparable al Holocausto de Hitler”.

Perdonad tanta cifra, tanto dato… Ellos esconden  miles y miles de historias que están escritas detrás de este hermoso tapiz que contemplo –casi con lágrimas en los ojos, yo también– sobre el que 2.245 tejedoras, de 46 países, uniendo 1.962 pequeños tapices  han recogido la  voz de los que han dicho “¡Basta!“ en tres colores: azul como el agua, blanco como la esperanza y negro como el dolor.

Como las lágrimas negras que le dan título.