“La vida negociable”, de Luis Landero

Este mes en el Taller de lectura, integrado dentro de las actividades que promueve entreParéntesis, hemos leído una obra de otro de nuestros autores consagrados: La vida negociable, última novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948).

Landero ha sido profesor de literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y profesor invitado en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Su primera novela fue Juegos de la edad tardía (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa), novela a la que siguieron Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Hoy, Júpiter, Retrato de un hombre inmaduro, Absolución y El balcón en invierno (Premio Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid y Premio Dulce Chacón). Ha escrito además el ensayo literario Entre líneas: el cuento o la vida, y ha agrupado sus piezas cortas en ¿Cómo le corto el pelo, caballero?

El argumento de La vida negociable gira en torno a Hugo Bayo, peluquero de profesión y genio incomprendido, que les cuenta a sus clientes la historia de sus muchas andanzas, desde su adolescencia en un barrio de Madrid hasta el momento actual, cerca ya de los cuarenta, en que sigue buscándole un sentido a la vida. Y así, recordará la relación tormentosa con su madre, el descubrimiento de la amistad y del amor, sus varios oficios y proyectos, sus éxitos y sus fracasos, y su inagotable capacidad para reinventarse y para negociar ventajosamente con su pasado, con su conciencia y con su porvenir, en un intento de encontrar un lugar en el mundo que lo reconcilie finalmente consigo mismo y con los demás.

En esta ocasión hemos coincidido en nuestra tertulia en la calidad innegable de la técnica y del estilo de Landero en esta novela. El libro  nos ha resultado entretenido, de fácil y rápida lectura; aunque más en la segunda parte que en la primera. Destacamos la buena estructuración de la trama; lo acertado del título: “me acordé de lo que decía mi padre, de que todo en la vida es negociable, y hasta con Dios se puede negociar”, dice el protagonista. Señalamos, también, la variedad de registros que es capaz de utilizar, desde la comedia hasta el folletín policíaco, pasando por el drama, la parodia y el esperpento; salpicando el relato de digresiones con descripciones y reflexiones sobre la realidad llenas de gran acierto. Es importante, igualmente, la presencia de un humor, que nos lleva a sonreír en varias de las páginas de la novela, impregnado de un absurdo que nos recuerda al de Eduardo Mendoza, aunque no siempre es fácil de captar.

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Finalmente coincidimos, si bien no de modo unánime, con varios de los críticos que consideran a Lantero deudor de nuestros clásicos, especialmente de Cervantes y de Quevedo. Ciertamente el protagonista es un antihéroe, buscador quijotesco de fortuna que choca constantemente con los molinos de viento de la realidad que le rodea y al que, como en el cuento de la lechera, todos sus planes se le vienen abajo sistemáticamente; pero hay quien ha visto que no está a la altura de nuestros pícaros clásicos, que resulta un tipo amoral que llega a producir repugnancia; alguno de los contertulios destacaba en este sentido las escenas de sexo explícito que aparecen y llegaba a preguntarse si realmente eran necesarias en la novela.

En el diálogo nos preguntábamos por la tesis que defiende el autor y la verdad es que no hemos encontrado una respuesta clara. Es una novela en el que los personajes están bien dibujados, pero de los que el autor nos ofrece un retrato lleno de sombras, de mezquindades y de los que no salva a nadie, sino que más bien parece condenarlos a repetir los mismos errores en ese final abierto que presenta la novela. Se destacaron algunos contenidos significativos, como, por ejemplo, la interesante forma de presentar la relación del protagonista con la madre y su posterior actitud y cómo este hecho marca la evolución de la personalidad del protagonista; otro pasaje que también despertó interés, en cuanto al mensaje que el autor transmite, lo encontramos al final del capítulo 1 de la segunda parte, en el que el personaje del coronel hace una disertación, que nos recuerda al discurso de las armas y de las letras de El Quijote, sobre lo “raros que somos los civiles” y todas nuestras quejas, ridiculeces, etc. Quizá ahí pueda residir el tono agrio que domina toda la novela.

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En fin, que la novela suscitó un enriquecedor debate, como siempre en buena armonía y con la opinión compartida de que habíamos estado ante una obra muy interesante y, ciertamente, recomendable.

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