La victoria cultural de Le Pen

Le Pen había ganado ya antes de comenzar las votaciones. Culturalmente, Le Pen ya ganó. Su victoria es signo de la depresión política a la que conduce la impotencia. La política tiene a la gente en tiempo muerto. No ofrece un proyecto realmente transformador que al menos garantice que no se vaya a repetir la crisis. Como no ha habido una reconversión moral de la sociedad, no hay una renovación política suficientemente creíble. Una sociedad que no cambia, es una sociedad que se ofrece en bandeja a Le Pen.

Aunque Le Pen no hubiera ganado las elecciones, ya lo ha ganado casi todo: ha impuesto su agenda y los términos del debate, ha puesto a los inmigrantes extranjeros como “el problema”, ha convertido las elecciones en un plebiscito Le Pen Sí/No, da miedo y ha multiplicado el miedo. Cuando un líder da miedo, el centro político tiene más miedo al vacío que a él. Llega un momento en el que la mayoría de votantes moderados se ven obligados a elegir entre el mal y el vacío en que pueda crecer un mal todavía mayor. Es trágico.

Le Pen concurre a unas elecciones sin alternativas reales. Se elige Le Pen Sí o Le Pen No: es decir, solamente se vota a Le Pen. Nada construye una alternativa positiva que ilusione. Solamente el miedo acude a estas elecciones. En Francia todos votan miedo. Culturalmente, Le Pen ha ganado.

La victoria cultural y política de Le Pen se suma a la victoria de Trump, al Brexit, a los populismos y secesionismos. El proyecto europeo está herido en el corazón. Era previsible a menos que realmente se hubiera construido hace tiempo una alternativa que superara la desconfianza pública. Como no se hizo, gran parte de la ciudadanía ha caído en la depresión política.

Decíamos hace casi diez años que la mayor crisis llegaría cuando los macroindicadores financieros comenzaran a recuperarse. Ahora la crisis ya no es económica sino social y política. Como la causa principal de la crisis era de valores, la crisis continúa porque éstos no han mejorado sustancialmente. Hemos caído en una depresión política.

Avaricia especulativa y estafa bancaria

La primera ola de la crisis comenzó por una avaricia y una estafa. La avaricia infló la burbuja especulativa inmobiliaria y fue una epidemia que contagió a amplios sectores de nuestra sociedad. La estafa fue armada por una parte de las elites bancarias a través de productos financieros fraudulentos.

Durante esta crisis se han amasado las fortunas de parte de las elites que nos dominarán en las próximas décadas. La solución no ha sido un nuevo pacto social entre elites y ciudadanía. Por el contrario, la ingeniería de la especulación ha aprendido mucho de quienes han sido pillados con las manos en la masa. Sabe mejor cómo robar y no dejar huellas.

La ciudadanía no quiere ser dominada por quienes la arruinaron. La gente no quiere que los pirómanos cuiden su bosque. Aunque ha habido ruinas y arrestos, la ciudadanía sabe que la impunidad es enorme.

Corrupción política

La segunda ola de la crisis destapó un butrón hecho al patrimonio público a través de una extensa y profunda red de corrupción política cuyos casos no dejan de salir a superficie. La inmoralidad profesional de la especulación y la estafa, dejó al aire la inmoralidad de una parte profunda de las elites políticas. En el fondo, todo es una corrupción de los valores de la profesionalidad y el servicio público. Y eso sucede porque el cuerpo institucional se había debilitado. Las profesiones se han debilitado como proyectos morales y han sido convertidas en tecnocracias.

Una sociedad civil empobrecida

Más de un cuarto de las ONG se han destruido y se ha reducido un tercio a tasa de ciudadanos asociados. Por otro lado, se ha activado la participación política por la pluralización de partidos. Pero la voz de la sociedad civil puede que finalmente sea más cautiva de modelos que buscan usar las organizaciones sociales para hacer arietes partidarios. Eso debilita el tejido ciudadano y aumenta las probabilidades de autoritarismo y estatalismo.

El liberalismo parte del fortalecimiento de los sujetos sociales. Sin sujetos sólidos no hay democracias liberales. Sin demócratas, las democracias son insostenibles. El puente que salve esta gran ruptura solamente va en una dirección: el fortalecimiento de las fuentes y los sujetos morales de nuestra sociedad. Y eso comienza rápidamente en cuanto se corten las cadenas del clientelismo. Hay comunidades morales fuertes -como es el caso de la lógica de las familias, muchas organizaciones cívicas, grupos de profesionales, algunas redes de servidores públicos, el tejido de economía social, etc.- pero el clientelismo no les deja ser un actor decisivo.

No hemos aprendido

Los colegios y asociaciones profesionales no han reaccionado estructuralmente buscando modos para que esa estafa financiera no pueda volver a darse. La sociedad no ha cambiado sus valores tras este duro ciclo de vacas flacas; hemos sufrido pero no hemos aprendido. Y el desastre volverá a repetirse y las consecuencias serán todavía más dolorosas.

Volverá a repetirse porque una crisis financiera es el mayor negocio del mundo. Muchos ambiciosos que juegan pierden pero quien gana se lo lleva casi todo. Solamente una guerra es un negocio más lucrativo que una crisis.

En medio de la crisis, la senadora demócrata por Massachusetts, Elisabeth Warren, logró que se aprobara una legislación federal para la protección de los consumidores de productos financieros. Eso implicaba una nueva regulación del sector bancario y bursátil que garantizara derechos a los clientes. Toda esa regulación garantista es lo que ya ha anulado Trump en lo que constituyó quizás la medida de mayor impacto de sus primeros cien días de gobierno. Las condiciones para repetir la crisis han sido repuestas.

La fase social de la crisis

Esta segunda parte de la crisis es principalmente sociopolítica. Es social por tres razones. Primero, porque la recuperación económica es sentida principalmente en los sectores mejor formados de la sociedad y todavía tardará en llegar a las clases populares con menos cualificación. La vía de la estabilidad y el equilibrio presupuestario es imprescindible pero no suficiente. La clave no es más gasto sino la distribución de ese gasto. La clave es gastar mejor. Y en los momentos de crisis, aunque sea contraintuitivo, hay que gastar radicalmente en innovación. Gastar de la misma forma que lo hacíamos, no va a dar soluciones a los que están peor.

En segundo lugar, la salida de la crisis, además, se hace en unas condiciones laborales más precarias en sueldo y estabilidad. Por un lado la incertidumbre económica es alta y los empleadores no apuestan por contratos largos. Por otro lado, la urgente necesidad de los desempleados legitima el debilitamiento de la oferta laboral. El problemas más estructural que tenemos es la muy baja cualificación de un sector demasiado amplio de la población activa. Y esto apunta a las graves insuficiencias del sistema de formación laboral y del sistema educativo para un tercio de la población.

En tercer lugar, la crisis ha creado una bolsa de perdedores que han perdido la esperanza; que no van a poder reintegrarse en empleos y por tanto van a ver dañado su estatus como ciudadanos. Son personas que por edad, por cualificación o por la cantidad de años en desempleo no van a poder reincorporarse al mercado de trabajo.

Finalmente, el amplio porcentaje de personas que ya eran pobres antes de la crisis, están en condiciones peores para recuperar un proyecto de vida. Su puesto en la cola de la recuperación se ha ido muchísimo más atrás y hasta que le toque pasarán años. Sin caminos abiertos, solamente les queda la reacción desesperada. Cuando la gente no tiene nada que perder, lo destruye todo.

La depresión política atrae el odio político

Tras el terremoto financiero, el Tsunami político. En el Sur de Europa, en forma de populismo de izquierda. En el resto de Occidente, en forma de populismo ultraliberal y nacionalista. Todas las costuras del cuerpo social se han tensado al máximo y han comenzado a romper en algunos de los sitios más importantes: Washington, Londres, París. Por ahora. El populismo es un Tsunami que llegará a todas partes con menor o mayor intensidad.

La pérdida económica y laboral, el dolor social y el malestar cultural han creado un agujero de antimateria en la sociedad. Esa antimateria está hecha de empobrecimiento, ira, impotencia y depresión social. Cuando los males no se sanan y se encauzan creativamente, entonces se pudren y acaban generando males mayores.

La sociedad no se ha curado, no ha habido una transformación moral e institucional que impida que se repita una crisis semejante. Eso crea una masa que no está representada. Es como un espacio vacío en el cosmos en el que los astrónomos tienen todos los datos para predecir que ahí tiene que haber un planeta aunque no se vea. Algo así está ocurriendo. El populismo crece en el vacío moral. Donde está el mayor malestar y depresión social, hay una gravedad que atrae la aparición de reacciones de odio social.

Culturalmente Le Pen ha ganado porque no hemos creado un camino alternativo que cambie moralmente esta sociedad. Tendríamos fuentes morales para que esto no fuera así. Es un drama pero no tiene por qué ser una tragedia: urge una profunda reconversión moral de nuestras sociedades. Acabar con el clientelismo en todos los órdenes, hacer que rija el discernimiento público en las decisiones, apostar por la innovación y la meritocracia del valor social, aumentar la economía social, el pacto educativo, etc. Hay mucho por hacer pero todo parte de recuperar lo mejor de nuestra alma europea y ponerlo en primer lugar.

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