La verdad y la libertad son las manos ayudadoras y sanadoras de Dios

¿No tendríamos que volver a pensar una teoría de las religiones que hiciera justicia a lo que han venido ellas a ser en nuestro tiempo?

Con cierta reiteración se lee en el último gran texto que escribió Edmund Husserl (La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología transcendental) que la religión se mueve en el terreno de la ingenuidad; lo que en el fondo significa que cuando un ser humano se convierte a alguna religión, o incluso se convierte de una a otra religión, hace de hecho un movimiento existencial de menor seriedad que aquel que opta de una vez por todas por llegar a situarse en el horizonte de la verdad radical, de la libertad responsable por la verdad en su máxima hondura.

Husserl no debería tener razón en este punto, pero es de temer que la tenga, al menos para una gran cantidad de casos. Es, en efecto, muy probable que tomarse el nombre de Dios en vano sea el uso inmensamente más frecuente que recibe la palabra “Dios”.

Vuelvo así al tema central de estas pequeñas reflexiones mensuales e intemporales: que al mentar a Dios o bien estamos mentando la verdad más esencial y más ardua, o bien estamos blasfemando. Verdad ardua porque requiere el ejercicio más fuerte de nuestra libertad decidiéndose por no vivir sino en la pura verdad.

El pobre ser humano en busca de apoyo, consuelo y sentido trata de hallarlos en los demás; y cuando comprueba cómo le fallan en tarea tan clave, tiende a proyectar en algo así como otro ser humano, solo que inaccesible y recóndito, la garantía de que puede uno consolarse de estar vivo. Seguramente que este papel -si se me permite decirlo con tales palabras- parece bien a Dios en cierto modo, porque no es poco ser tenido por el único fiable entre todos. Pero no ha de bastar. La vía capital hacia cualquier encuentro con el Dios que vive es la de la verdad y el bien.

Nada tan admirable como la situación de la verdad respecto de nosotros. Por un lado, en ella estamos, nos movemos, existimos; por otro, la desconocemos en su pureza, sus alcances, su plena intensidad, su último fondo. Somos nosotros mismos el lugar de la verdad de todo y, al mismo tiempo, el principio de su ocultación. Constantemente pisamos el suelo de la verdad, pero casi nunca indagamos en él a fondo; y no lo hacemos porque nuestra libertad está dormida. El don de la vida, el mundo, el sentido y los demás es tan enorme que parece aletargar la viveza de nuestra respuesta.

Debería esta ser: buscaré con toda mi alma la sabiduría en el envés de todas estas realidades en las que he sido introducido desde el día en que nací; y lo haré con el ansia del bien perfecto, desprendiéndome del egoísmo, sin obsesionarme por disfrutar yo a cada momento de tantos y tantos como son los alimentos terrenales. La realidad se me da como enigma y misterio, o sea, como sugerencia y llamada. Responderé a la medida de su infinitud; no permitiré que ningún desaliento me aparte de la tarea de esta respuesta que no es en sí sino la búsqueda, mejor dicho, la espera auténtica de Dios -el Bueno, el Verdadero, el Otro-.

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