Por Fernanda Guevara Riera
Filósofa – @fguevarariera

¿Cómo alcanzamos el sentido humano de la experiencia compartida? Esa es la pregunta que guía nuestras reflexiones a propósito de las relaciones que establecemos en nuestro mundo con los otros, específicamente, se trata de analizar cómo podemos ennoblecer las relaciones que mantenemos cotidianamente con los otros significativos. Sea en casa, sea en el trabajo, sea con la familia, sea con los amigos, sea en nuestra acción comunitaria consideramos que la noción de humanidad en nuestras relaciones la podemos construir y alimentar cada día con mayores logros a partir de la verdad como don. A su vez, para alcanzar lo anterior, proponemos a la “perspectiva itinerante” como forma y contenido para aproximarnos al otro. Del latín donum que traduce regalo, dádiva o presente nos apropiamos de las reflexiones hechas por Jean-Paul Sartre en “Verdad y existencia” (Barcelona: 1996) y alzamos vuelo para plantear la dimensión existencial de la verdad  como donación sustentada en la “perspectiva itinerante”. Ahora bien, hagamos nuestro recorrido para aclarar a qué nos estamos refiriendo.

Es un enriquecimiento para nuestra existencia estar en el mundo con los otros y no enfrentados a los otros porque nuestra libertad se ejerce constructivamente cuando buscamos relacionarnos con el fin de enriquecer y cultivar nuestras potencialidades humanas y la de los otros significativos. Así, al no estar sujetos por disposiciones que quebrantan el diálogo y el reconocimiento intersubjetivo nos dirigimos hacia el otro con el fin de dar lo mejor de nosotros en la relación. Tenemos, entonces, que lo mejor de nosotros se configura en reciprocidad puesto que nuestras convicciones, nuestras verdades, las gestamos sin negar al otro. A su vez,  dado que el otro nos habita desde ya estamos siempre dispuestos a donar nuestras verdades y a dialogar con las del otro estableciendo así relaciones armónicas de mutuo reconocimiento.

Del mismo modo, consideramos que nuestras verdades construyen humanidad en nuestras relaciones si ejercemos antes que nada una reflexión lúcida sobre nuestros proyectos existenciales: a partir de una auténtica voluntad de escucha nos toca investigarnos con el fin de evitar, en nuestra aproximación al otro, sinsentidos y obscuridades en nuestras acciones porque, a fin de cuentas, esto trae como consecuencias dolores y rupturas dialógicas en las relaciones producto de las incomprensiones que se generan entre unos y otros.

Sin embargo, es posible que aún cuando estemos intencionalmente dispuestos a arribar al otro, no lo logremos. Puede que ocurra, más de las veces, que nuestras diferentes visiones de mundo prevalezcan y, en vez de construir un mundo gracias a la mutua participación, nos enfrentemos en el mismo. Es por ello que proponemos la “perspectiva itinerante” como movimiento originario de desplazamiento al otro. La “perspectiva itinerante” consiste en viajar, en ir de una orilla a otra posibilitando siempre el “espacio de traducción” requerido para que el encuentro con el otro sea el norte por encima de las adversidades o dificultades que toda relación supone: del yo-al tú para arribar al nosotros. Lo anterior se aplica, repito, en casa, con la familia, en el trabajo, con los amigos, en la acción comunitaria y, finalmente, en la polis que habitamos.

Se trata de ser creativos, de buscar léxicos conciliatorios, de imaginar siempre los posibles para disolver todo aquello que niega la mutua donación. Así, la verdad como don es comunicación porque establecemos una relación de recíproca confianza generando vínculos y lazos de lealtad y honestidad entre unos y otros, entre quienes se comunican, entre quienes donan sus verdades. Toda relación presenta tensiones, sin embargo, si nos relacionamos con la verdad como don se puede inclusive comunicar en aguas turbulentas y no pervertir ni dañar la alteridad porque nuestro norte es siempre encontrarnos con el otro.

Podría decirse que lo que acabo de desarrollar en estas breves líneas es completamente ideal. La verdad como don constituye nuestro horizonte regulativo y aspiramos y procuramos que las dificultades y las circunstancias adversas a las cuales estamos sometidos diariamente no nos hagan desfallecer ni disminuir en el empeño que toda relación auténtica requiere. Esto es así porque considero que el peor de los males sería renunciar a la figura del otro encarnado en quienes apreciamos, queremos y respetamos.

Finalmente, para que nuestras relaciones con los otros significativos se sostengan en la verdad como don se requiere esfuerzo, compromiso y constancia; se requiere, inclusive, aprender a comprender el don del silencio que el otro nos dona esperando a que las palabras adecuadas arriben. Pero esta esperanza no puede ser nunca pasiva, no se limita a “esperar por”, sino que debe ser activa: aún cuando estemos bajo la amenaza de la incomunicación procurar siempre la verdad como don haciendo todos los esfuerzos posibles para abrazar de nuevo al otro en la experiencia humana compartida.


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