La triste historia

Llegaste a una bifurcación hace dieciséis años. Tomaste por uno de los caminos, el que parecía más prometedor a la mayoría. Caminaste una larga jornada histórica en él, una generación completa. La cosa iba cada vez peor. Al principio el petróleo subió en el mercado internacional y aunque la producción agropecuaria, industrial y turística descendía, parecía haber más para repartir (y cuando no lo había, el país se endeudaba para que siguiera pareciendo haber). Los pobres recibían más en el reparto, en todo caso. Pero era “alegría de tísico”: no recibían más porque produjeran más; no estaban dejando de ser pobres, sino solo convirtiéndose en más dependientes. El gobierno cada vez más poderoso, porque el petróleo es nacional. La separación de poderes menoscabada por cada nombramiento. Cada vez menos prensa independiente. La corrupción creciendo como corresponde a un gobierno personalista. Cuba cada vez más presente en la estructura de seguridad y control de la población venezolana. Cuba, país exportador de petróleo.

Luego el precio internacional del petróleo bajó, igual que tantas otras veces en la historia del último siglo venezolano. Como la política económica del chavismo había sido particularmente demencial –enemiga de toda produccion–, el país cayó en picado. Colas enormes para comprar comida. Faltan medicinas para las enfermedades leves y para las graves. La inflación supera el 160%. La sociedad se disuelve en una anomia acelerada. 4.800 asesinatos el último año antes de Chávez; más de 20.000 el año pasado. Compárese con los 322 de España en 2014.

Incapaz ya de convencer o de lograr adhesiones suficientes con la esperanza del reparto, el gobierno quiere conseguir los votos que necesita combinando regalos clientelares a los más fieles con amenazas a los demás, con represión hacia los opositores. Siembra dudas sobre el secreto del voto, ahora que hasta para comprar en el supermercado hace falta la huella dactilar. Sugiere, caso de perder, violencia en las calles, respuestas militares, el fin del mundo.

Las elecciones solo pueden ganarse por gran diferencia, por una diferencia incuestionable. La cosa está tan mal, la vida tan difícil, la sociedad tan obviamente en retroceso, que esa diferencia ocurre, y el 6 de diciembre la oposición gana las elecciones legislativas con 15 puntos de ventaja sobre el gobierno. No por convicción sino por desesperación.

El camino emprendido hace dieciséis años es un camino sin salida, donde nos vamos haciendo todos más pobres, menos libres, más enemigos unos de otros. La decisión electoral del 6 de diciembre significa solo dar la vuelta para intentar desandarlo, con el gobierno en contra además. Se tardará tiempo en volver a una situación social y económica comparable a la que había al comienzo del mandato de Chávez, que ya era mala (y por eso llegó Chávez). Incluso entonces estará pendiente la pregunta a la que el chavismo fue una falsa respuesta: ¿Cómo hacer una Venezuela moderna donde haya sitio para todos? ¿Una Venezuela sin pobres, no porque todos reciban del petróleo sino porque todos produzcan lo suficiente?

Una historia triste: dieciséis años perdidos más los que falten para desandar el camino, a fin de encontrarnos la misma cuestión histórica ante la que ya estábamos en 1999. Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, República Dominicana, incluso Bolivia, han avanzado cada uno a su manera en dar una respuesta a esa cuestión que afecta a todos los países de América Latina. Venezuela no solo no ha avanzado, sino que está mucho más atrás respecto a ella que hace dieciséis años. Inseguridad, inflación, censura, represión, desabastecimiento, distorsión feroz de precios y tasas de cambio. Una generación perdida, otro sueño que produjo monstruos, una historia triste de la que solo se acabará de salir con una modernización que efectivamente incluya a todos.

PD: El autor termina en primera persona porque tiene nacionalidad venezolana.

Imagen tomada de: http://ojo.pe/locomundo/

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