Soy trabajadora social desde hace veintitrés años (que han pasado muy rápido) y llevo más de diez años trabajando en Nazaret, junto a madres jóvenes y familias que no lo tienen nada fácil y que quedan en la periferia de esta sociedad. Desde nuestro trabajo con ellas en Nazaret, perseguimos tres cosas fundamentales:

1. Hacerlas visibles y reivindicar todos sus derechos. Que sientan que hay espacio para ellas en esta sociedad

2. Darles apoyo emocional estando cerca de ellas y compartiendo su realidad.

3. Estar a su lado y acompañarles en sus procesos, ayudarles a crecer como personas y como familias y darles herramientas para que puedan conseguir un futuro mejor para sus hijos e hijas.

Desde que empecé mi andadura profesional, no sólo ha cambiado mi forma de entender el trabajo social y mi forma de situarme ante las personas con las que trabajo, fruto de mi evolución como persona. También han cambiado muchas cosas en nuestra sociedad. No es fácil, en esta España actual, ser trabajadora social y estar al lado de las personas y colectivos que más están sufriendo las consecuencias de esta crisis inacabable, que dura ya demasiado tiempo. Tanto que parece que nos estamos habituando a ella.

La realidad, la realidad con toda su dureza y su crueldad, se impone cada día en nuestro trabajo. Acompañamos a personas y familias en momentos de sus vidas en que están atravesando por múltiples dificultades y carencias. Están solas, en medio de una sociedad que no les da facilidades, es más, que les pone las cosas cada día un poco más difíciles. Y nos encontramos con situaciones complejas y con múltiples caras, que intentamos afrontar con profesionalidad pero también con sensibilidad e imaginación e intentando transmitir a nuestras familias un poquito de esperanza y también, por qué no, una chispa de humor.

Nos vinculamos a ellas afectivamente, cosa que nos hace sentirnos más personas al tiempo que nos hace cuestionarnos también nuestro modo de vida, nuestras prioridades. Y nuestra forma de trabajar en el día a día.

Semanalmente nos reunimos en nuestro equipo de trabajo y ponemos en común toda esta realidad, pero también nuestras dificultades, angustias, sí, y dudas y contradicciones. Nosotras no estamos libres de ellas.

Además, a nivel social nos encontramos también con un nuevo modo de entender el concepto de solidaridad, que se ha puesto de manifiesto de forma significativa a lo largo de todo este tiempo. Son muchas las personas que a nivel particular y a través de asociaciones han acudido a instituciones de todo tipo para aportar su granito de arena e intentar paliar todas estas situaciones de dificultad y carencia de las familias que más lo necesitan. Desde el voluntarismo y el individualismo en algunos casos, contando con las instituciones y los profesionales que estamos más cerca de ellas las más de las veces.

Sin embargo, ¿no creéis que está proliferando de un tiempo a esta parte en el ambiente social un concepto de solidaridad que más tiene que ver con la caridad mal entendida hacia los pobres?. Parece ser que ahora lo más importante es recoger alimentos de primera necesidad a toda costa para hacerlos llegar a las familias: en supermercados, colegios y parroquias… nos estamos volcando con estas iniciativas: ¿tal vez para demostrarnos que no somos indiferentes a estas realidades y que también podemos aportar nuestro granito de arena para colaborar en mejorar la situación de estas familias?.

Sin embargo, ¿es suficiente con estas iniciativas?. Y no es que no sea necesario, porque si no tienen cubiertas sus necesidades básicas es difícil que entiendan la necesidad de que sus hijos reciban una educación mejor, de formarse para tener mejores trabajos, etc. La presión que tienen es tal que les afecta a nivel personal y familiar: el estrés ante la incertidumbre y los problemas convierten muchas veces la convivencia en un infierno para todos, pero sobre todo para los menores.

Pero hay otras formas de ayudarles complementarias: reivindicar que nuestros gobiernos destinen más y mejores recursos para estas familias, implicarnos a nivel personal en un acompañamiento más cercano, desde el voluntariado. Situándonos a su lado para entenderlas un poquito mejor.

Desde aquí, os invito a reflexionar sobre este tema y a plantearnos qué parte de responsabilidad tenemos las organizaciones y profesionales en este nuevo modo de entender la solidaridad y qué podemos hacer para cambiar este concepto y ayudar a canalizar de otro modo la necesidad de ayudar de todas estas personas.

Tal vez tenemos que plantearnos no sólo “pedir para los pobres” sino hacer un trabajo de sensibilización y concienciación de la sociedad cercana con la que trabajamos.

Lucía Rico Payá, educadora en Nazaret