La solidaridad es la única salida

En Tránsito sin salida, mi anterior post, comencé a narrar la historia de Shawell y su familia. Una familia que pone rostro a algo de lo que viven muchas personas migrantes más allá de nuestras fronteras. Una historia más, pues, ni siquiera huyen del conflicto sirio, y ni siquiera tocan Melilla o Ceuta, así que quizá es una historia totalmente fuera de lo que puede interesar a una cámara.

Pero hay que destacar el hecho de que su historia es en gran parte el resultado de la historia global de los entramados de relaciones entre países, de las fronteras, de los conflictos y de las relaciones de desigualdad entre unos países y otros, entre unas personas y otras.

Porque todo está conectado y es importante mirar a las historias particulares comprendiendo el entramado del que son y somos parte.

Continuaré con su historia en este post, porque bien se lo merecen…

Cuando llegaron a El Cairo, Shawell era un niño y empezó a ir a el colegio. Era muy buen estudiante y finalizó la escuela con la nota más alta. Cuando se estaba preparando para empezar la universidad comenzó a tener algunos problemas que darían una vuelta de tuerca más a su destino.

“Iba caminando por la calle y ví a algunos de mis compañeros sudaneses siendo agredidos por algunos egipcios que les estaban haciendo bulling por ser negros. Les vi e intenté calmar la situación y separarles, sin embargo, recibí un hachazo en mi mano y perdí mis dedos…”. Cuenta Shawell mientras me muestra efectivamente su mano derecha en la que sólo queda el dedo pulgar.

En un segundo fue desprovisto de un montón de capacidades que esos cuatro dedos nos proporcionan y su mano derecha se quedó con un solo dedo.

A partir de ese incidente comenzó a tener también dolores de cabeza fuertes y altas fiebres que le tendrían tumbado e inoperativo durante horas y días. No queda totalmente claro si esto tiene relación directa con la pelea o no pero la cuestión es que dichos dolores de cabeza fueron a más y fueron derivando en una pérdida sucesiva de visión. Sin recursos económicos y sin documentación, no le fue posible ser atendido por un especialista durante los dos años que duraron dichos dolores de cabeza y fue perdiendo la visión hasta quedarse totalmente ciego.

Gracias a unos fondos de una ONG, ahora (unos años después de lo que lo hubiera necesitado) tiene la oportunidad de visitar a un oftalmólogo, quien después de varios análisis me dijo las demoledoras palabras: “El caso de Shawell no tiene solución. Si hubiera venido al principio del proceso, cuando empezó con los primeros síntomas, hubiera sido fácil. Pero ya no se puede hacer nada”.

Shawell tiene veinte años.

Toda la familia necesita apoyo médico, psicológico, e incluso necesidades primarias de comida, pues a veces los envíos de dinero de su padre y su hermano son insuficientes para cubrir el alquiler y las necesidades básicas.

Su madre y el otro hermano, también tienen severos problemas de salud difíciles de enumerar en este artículo y severas secuelas traumáticas. Solo una de las hijas Amina parece aparentemente gozar de salud; tienen catorce años y es la que cuida de la familia, ella limpia, cocina y se hace cargo de todas las necesidades de la casa.

Podría edulcorar esta dramática historia destacando la fortaleza y la resiliencia que encuentran en el cariño que se tienen los unos a los otros y en su fe. Pero, aunque todo eso también es verdad y es importante (o más bien, fundamental para su existencia), no debe ser suficiente para las conciencias de quienes observamos desde una situación muy distinta…

Al igual que la familia de Shawell, muchas personas tratan de llegar a Europa y ni siquiera consiguen acercarse a la costa africana. Viven en una especie de limbo sin ningún tipo de cobertura legal, social, sanitaria, educativa…la mayoría de la gente en los países en donde están, ni siquiera sabe que existen. Son completamente invisibles tanto para los políticos como para la ciudadanía.

Desde nuestro otro limbo europeo, como máximo nos preocupamos por los que están en nuestras costas o nuestras fronteras. Ese otro limbo en el que vivimos en los así llamados países del Norte, es como una burbuja que ya está explotando.

La solidaridad es la única salida para que estas vidas en tránsito salgan de la oscuridad de estos callejones sin salida.

La solidaridad es la única salida. Es la única manera cabal de salir de situarnos en la vida y más aún, la única manera razonable de relacionarnos entre unas personas y otras y entre unos países y otros. Seguir levantando muros y dejar en un callejón sin salida a tantos millones de personas no es ni justo, ni humano ni sensato,…es totalmente insostenible, pues un desequilibrio tan grande explota.

Yo, a pesar de ver tantos callejones sin salida, creo que sí la hay y que hay que seguir empeñándose en construirla cada día desde el ámbito donde estemos y seguir alzando la voz.

 

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