La soledad impuesta

Por José Ignacio García-Valdecasas Medina – Universidad de Valladolid

José Ignacio García-Valdecasas Medina ha analizado las diversas formas de la soledad en nuestras sociedades, en un reciente artículo suyo en la revista Razón y Fe. Extractamos aquí uno de los puntos que expone en Razón y Fe de enero 2018, en cuyo website puede leerse el artículo completo:

Consecuencias del sentimiento de soledad impuesto

La soledad impuesta, entendida como sentirse solo de manera involuntaria, es un sentimiento negativo de tristeza, melancolía o vacío interior. Es importante dejar claro, desde el principio, que el sentimiento de soledad no se puede soportar durante mucho tiempo porque es causa de un gran dolor y una enorme insatisfacción.

El sentimiento de soledad tiene consecuencias devastadoras sobre la salud física y psíquica de los individuos[1]. En una especie tan social como la humana, sentirse solo es peligroso para la salud. Desde la perspectiva psíquica, la soledad puede generar depresión, angustia, hostilidad e incluso demencia. De igual manera, desde el punto de vista físico, la soledad puede producir estrés, reducir el sistema inmunitario y favorecer la formación de trombos en la sangre, relacionados con los accidentes cerebro-vasculares y con los infartos de corazón. Las personas que se sienten solas duermen peor y se sienten agotadas. El cerebro de la persona que se siente sola percibe el entorno como hostil y está en continuo estado de alerta. Esto impide que pueda descansar adecuadamente por la noche.

Esta es una respuesta que le permite sobrevivir a corto plazo, pero que tiene consecuencias demoledoras a largo plazo para la salud. De hecho, el sentimiento de soledad incrementa el riesgo de morir en un 25%, aproximadamente, igual que el riesgo de morir por obesidad[2]. Sin embargo, mientras la obesidad es un problema del que cada vez existe más conciencia, y, por tanto, la sociedad puede llevar a cabo políticas públicas para reducirla, la soledad es un problema invisible, pero no por ello menos preocupante para la sociedad.

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Además, el sentimiento de soledad tiene una función evolutiva: llamar la atención sobre la necesidad de cuidar las relaciones sociales, que son claves para la supervivencia humana[3]. Las relaciones sociales permiten la cooperación entre las personas, y la cooperación favorece el logro de objetivos, que de manera individual nunca serían posibles alcanzar. Asimismo, Aristóteles señalaba que el ser humano es un animal político, que se podría interpretar como la tendencia inherente de las personas a vincularse con las demás. De la misma manera que el dolor físico alerta al cuerpo de la necesidad de reposo para curar, por ejemplo, una herida, el sentimiento de soledad avisa al individuo de la necesidad de reparar las relaciones sociales. Es muy útil contar con una alarma como la del sentimiento de soledad para no descuidar las relaciones sociales, que son cruciales para sobrevivir.

Sin embargo, cuando el sentimiento de soledad se prolonga en el tiempo, puede favorecer comportamientos egoístas[4]. Es decir, si no se experimenta de manera habitual la sensación de cooperación y cuidados mutuos, las personas tienden a centrarse en sus intereses y bienestar propio. Sin duda, esta respuesta egoísta facilitó la supervivencia de los seres humanos hace miles de años, pero dicha respuesta en las sociedades contemporáneas dificulta la creación y el mantenimiento de relaciones sociales y esto provoca aún mayor sentimiento de soledad que, a su vez, puede generar mayor sentimiento de soledad, en una espiral autorreforzante. Dicho con otras palabras: el sentimiento de soledad prolongado puede generar comportamientos egoístas que, a corto plazo, favorecen la supervivencia, pero que, a largo plazo, la dificultan. Por tanto, aunque este egoísmo puede resultar protector en un primer momento, finalmente es dañino para las personas.

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Así pues, la gente trata de buscar contactos sociales a través de cualquier medio para intentar mitigar ese sentimiento de soledad. La relación social puede lograrse mediante el encuentro cara a cara, pero también a través de diversos medios tecnológicos. Mientras que en las sociedades tradicionales las relaciones sociales son primordialmente interpersonales, en las sociedades modernas pueden llevarse a cabo, cada vez en mayor medida, a través de los nuevos medios de comunicación.

Por tanto, la falta de relaciones sociales (el aislamiento social) en las sociedades occidentales actuales ya no depende tanto de vivir solo o no, sino que depende del acceso a los medios de comunicación. El número de amigos en los medios sociales parece marcar hoy en día el éxito social de muchas personas; y el despliegue de fotografías en dichos medios contribuye a crear esa apariencia de éxito: con la pareja, anunciando el nacimiento de un hijo, celebrando fiestas con los amigos, mostrando una nueva mascota. ¿Por qué se invita compulsivamente a personas, que muchas veces no conocemos, a formar parte de los medios sociales? Esta actitud puede responder al miedo de sentirse solo. El problema radica en que crear y mantener muchas relaciones sociales a través de los nuevos medios de comunicación social no reduce necesariamente el sentimiento de soledad.

Aunque habitualmente se confunden, conviene distinguir entre “redes sociales” y “medios sociales”. La expresión “medios sociales”, que es preferible al anglicismo social media, se refiere a las nuevas plataformas y canales de comunicación online que permiten la interacción entre los usuarios. Ejemplos de medios sociales son Facebook, Twitter, Linkedin, Tuenti, Google+, Pinterest, Instagram, Flickr, YouTube, SlideShare y WordPress, entre otros. La expresión “redes sociales” se refiere a un grupo de personas que interactúan entre sí. Ejemplos de redes sociales son la familia, los amigos, los vecinos y los compañeros del trabajo o de clase, por ejemplo. Sin lugar a dudas, los medios sociales, entendidos como herramientas, crean y mantienen redes sociales, pero las redes sociales son mucho más que los medios sociales.

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[1] Cf. G. O. Anderson, Loneliness among older Adults, AARP Research, Washington, D.C. 2010.

[2] Cf. J. Holt-Lunstad, “Why Social Relationships Are Important for Physical Health: A Systems Approach to Understanding and Modifying Risk and Protection”, en Annual Review of Psychology 69 (2017).

[3] Cf. J. T. Cacioppo – W. Patrick, Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection, W. W. Norton & Co, New York 2009.

[4] Cf. J. T. Cacioppo et al., “Reciprocal Influences Between Loneliness and Self-Centeredness: A Cross-Lagged Panel Analysis in a Population-Based Sample of African American, Hispanic, and Caucasian Adults”, en Personality and Social Psychology Bulletin 43 (2017).

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