Hemos explicado ya de dónde viene la atribución de un carácter sagrado al Estado nacional y cómo se expresa la sacralidad en la soberanía nacional absoluta. Hemos indicado también por qué esa atribución debe ser considerada idolatría. La Patria no es sagrada; y si lo es, entonces deja de serlo la Persona (y para los cristianos, en virtud del dogma de la Encarnación, también Dios), porque no puede haber dos cosas sagradas. Un ídolo es precisamente aquel diosecillo al que se acaban sacrificando personas.

De forma más laica, la soberanía nacional puede entenderse como una forma de propiedad privada colectiva. El Estado soberano es un aparato institucional por el que un grupo humano declara suyo un cierto territorio, los bienes contenidos en él y las normas que se les aplican (por ejemplo, los impuestos, las expropiaciones, etc.). El principio del Estado es el mismo de la Propiedad: la excluibilidad. Algo es mi propiedad, dice la Microeconomía, cuando puedo excluir a los demás de su uso y disfrute. Si soy ciudadano español, eso significa que hay un territorio, el español, del que no puedo ser excluido pero del que sí podemos excluir a todos los que no tengan la ciudadanía correspondiente. Estos no tienen derecho ni a acceder al territorio: deben obtener permiso del Estado antes. Es propiedad privada, no individual sino colectiva. Si se ponen muy tontos, se suspende Schengen, que para eso somos soberanos.

Como ambas se basan en la potestad de excluir al otro, las dificultades para justificar la distribución concreta de la propiedad privada en el Cristianismo son las mismas dificultades para justificar la soberanía nacional. Dios no ha hecho las naciones que hay, como no ha concedido tal propiedad a uno y no a otro. Ambas deben ser justificadas, y encuentran grandes problemas para ello.

La Tradición Católica discute estos temas en torno a dos puntos: (1) en circunstancias ordinarias, propiedad y soberanía nacional solo pueden justificarse mostrando su bondad para el conjunto de la gente; y (2) ante la necesidad, tanto la propiedad como la soberanía cesan. Es obvio que bajo estos criterios la propiedad y la soberanía dejan de ser absolutas y pasan a ser instrumentales del bien común de todos, no solo de los propietarios o los ciudadanos. Con ello pierden toda sacralidad: se vuelven medios al servicio de las personas, en particular de los más pobres, no fines en sí mismos.

Pongámosle a esto algunas cifras, para ver de qué hablamos. España, que es un Estado nacional soberano, emplea alrededor del 45% de su PIB en gastos del sector público, dedicados al vivir juntos, proveer servicios y seguros públicos, redistribuir, etc.: básicamente a construir solidaridad interna. La Unión Europea, que es el siguiente nivel de gobierno al que pertenece España con otros 27 países, tiene un presupuesto del orden del 1% de su PIB total. Finalmente, el Estado español dedica del orden del 0,2% del PIB nacional a la solidaridad internacional fuera de la UE. Esa es más o menos la proporción de la solidaridad estructural: 45-1-0,2. (La solidaridad que no es estructural sino nacida espontáneamente del buen corazón resulta importante por flexible, pero desde el punto de vista cuantitativo es el chocolate del loro).

Ello muestra claramente el carácter del Estado como herramienta estructural de integración hacia adentro y de exclusión hacia afuera. Fosilizar ese “estado de cosas” declarando sagrada la soberanía nacional, constituye un error muy grande. Hay que moverse precisamente en sentido contrario: ampliar los círculos de población que ponen en común el 45% de su producto, hasta que tengamos un solo círculo que abarque la Humanidad entera.

Curiosamente entre nosotros pululan dos posiciones cada una de ellas contradictoria: la que quiere mantener la solidaridad del 45% pero reducir todavía más la del 0,2%; y la de quienes quieren llevar el 0,2% a 0,7% pero al mismo tiempo desean cargarse el 45%, reduciéndolo al 1%. Cosas del espíritu de la Patria, que a mí se me escapan porque soy ingeniero y por tanto amigo del principio de no-contradicción. El corazón tiene razones que la razón no entiende; más exactamente, que no hay quien entienda porque no son razones sino otra cosa.

Compartir lo que se produce y redistribuirlo institucionalmente con los más pobres que nosotros, para vivir con ellos; o bien usar mecanismos institucionales para vivir aparte de ellos, excluyendo a quienes tienen menos y disfrutando por entero de lo propio. Eso es lo que se juega desde el punto de vista ético cuando los económicamente afortunados elegimos promover la integracion en Estados más y más grandes, solidaridades estructuralmente abiertas a más y más personas; o bien promovemos Estados más pequeños y/o más cerrados. Soberanías de ricos.