La serenidad contra la barbarie terrorista

Han pasado ya algunos meses de los atentados de París y por fortuna, desde entonces, ningún otro ha tenido lugar en Europa. Desgraciadamente la tragedia diaria de las muertes violentas por la guerra y por actos terroristas continúa en Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y algún otro lugar donde el fanatismo se impone sobre la convivencia pacífica.
A los pocos días de suceder los últimos atentados de París, allá por el mes de noviembre, escribí lo que a continuación se puede leer. Me atrevo a publicarlo ahora porque creo que se podrá leer con más serenidad:
La emoción de los atentados, y las lógicas reacciones de indignación y rabia, por parte de la población son comprensibles. También lo son en los líderes políticos y los periodistas, al fin y al cabo son personas. Sin embargo, los primeros tienen la obligación de mantener la serenidad, y los medios de comunicación la responsabilidad de informar con la prudencia que requiera la situación.
parísEsa serenidad y responsabilidad necesita del análisis sosegado que permita llegar a las causas que incitan a unos fanáticos a matar en nombre de Dios. Y una de las reflexiones al respecto es preguntarse por qué eligen objetivos simbólicos de la forma de vida occidental, como lo hicieron en París.

¿Atentan contra esta forma de vida occidental porque en su lógica atribuyen a los occidentales la culpa de todos sus males? ¿Atacan a los occidentales por la cultura que representan o por la forma en la que se comportan?
La respuesta es tan compleja como el fenómeno terrorista en sí mismo. En la manipulación a la que someten a estos fanáticos se conjugan numerosos factores y, sin duda, los dos expresados en las preguntas anteriores son muy importantes. Los líderes que inculcan el odio a Occidente usan ambos en sus técnicas de convencimiento y adoctrinamiento.
La modernidad occidental, su libertad, su gusto por lo lúdico, es un arma arrojadiza en la mente de algunas personas, cuya falta de integración en la sociedad occidental les hace reaccionar y llegar a odiar todo aquello en lo que ellos son marginados, bien porque no pueden alcanzar ese nivel de vida, o porque esa forma de vivir es aliada de la opresión en la que, según su particular entender, viven los musulmanes.
Es una paradoja terrible, el rechazo de la modernidad, de la diversión, del ocio occidental, pero sin embargo, usan las modernas tecnologías para captación y entrenamiento de sus miembros. Además, tampoco rechazan ese ocio porque disfrutan de la música, de los juegos de ordenador y hasta de otros divertimentos actuales obscenos, como se demuestra cada vez que se neutraliza a alguno de estos individuos.

Sin duda, también les mentalizan de la responsabilidad occidental en la decadencia del islam. Los imperios francés y británico del XIX y XX, el conflicto de Palestina, las invasiones de Afganistán e Irak son una afrenta irreparable para los defensores de ese islam fundamentalista que añora los tiempos de esplendor.
Su discurso se resume: el islam volverá a ser grande cuando se libere de la opresión de Occidente, y una forma importante para la liberación de ese imaginario sometimiento viene por abandonar y eliminar todo vestigio de cultura y modo occidental. Naturalmente, y afortunadamente, estos elementos reaccionarios violentos sólo constituyen una parte minoritaria del islam.
Hacen su trabajo, un trabajo perverso, los encargados de reclutar a estos desdichados capaces de inmolarse.
La labor constante de educación, de respeto y conocimiento a través de planes de integración a los musulmanes que viven en Occidente, y la ayuda al desarrollo para aquellos países musulmanes más desfavorecidos contribuirán a eliminar la brecha entre unos y otros.
La serenidad es fundamental para atajar la barbarie terrorista.

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