La santidad y realidad histórica de Mons. Romero

Todavía resuenan los ecos de la beatificación de Mons. Romero que, como no podía ser de otra forma, ha sido un acontecimiento muy significativo y sentido en el mundo e iglesia. Pero, como suele pasar, se corre el riesgo de presentar a un Mons. Romero que como ser humano y como testimonio de santidad no se corresponde con la realidad, con lo que fue su vida y mensaje. Mons. Romero es modelo y ejemplo de la fe cristiana en el seguimiento de Jesús, de vivencia y experiencia del Dios que se nos revela en Jesús y su Reino. El proyecto de Jesús, el Reino de Dios y su justicia liberadora con los pobres, fue a lo que se entregó Mons. Romero para anunciarlo y realizarlo en la historia. Él realizó los valores o claves evangélicas del Reino, como el amor, la paz y la justicia con las víctimas.

Una vida de pobreza evangélica en el compartir la existencia, los bienes y las luchas con los pobres, su protagonismo y liberación integral; frente a los ídolos del poder y la riqueza, de ser rico y poderoso. Se trata de la liberación de ser (que no haya) ricos y poderosos, para que no haya pobres y oprimidos. Y nos liberemos del pecado del egoísmo, del tener y del poseer, de la pasividad y complicidad ante la injusticia u opresión, ante la desigualdad e inequidad que padecen los pobres. Lo cual va dando vida plena, eterna…

De esta forma, Mons. Romero manifestaba al Dios de la vida y de los pobres frente a estos falsos dioses e ídolos que producen muerte; que causan el sacrificio y el holocausto de la injusticia, del hambre, la pobreza y, como consecuencia, la violencia. Mons. Romero promovió y defendió la vida de los pobres que son a los que se les niega la existencia, la vida realizada y digna. Contra los poderes económicos, políticos e ideológicos que imponen la cultura de la muerte, la guerra de los poderosos y ricos contra los pobres o débiles. Es una espiritualidad y santidad de encarnación, a semejanza de Jesús-Dios encarnado, que se hace vida y asume la realidad humana, social e histórica. Con la gracia y el pecado del mundo. La Iglesia pobre y fiel, perseguida y crucificada por los poderes de este mundo.

Por todo ello, Mons. Romero es un mártir de la fe y de la justicia, de la doctrina social y moral de la iglesia que con su caridad política que busca el bien común (universal), la civilización del amor. Y, que por tanto, lucha contra el mal y el pecado social e histórico, contra las estructuras de pecado, que como el capitalismo o el comunismo colectivista imponen los totalitarismos; los ídolos de la riqueza y del mercado, del poder y del estado. Como se ve, Mons. Romero fue un hijo fiel de la iglesia, a la que amaba profundamente, y cuya enseñanza moral-social seguía en fidelidad. El Evangelio de la vida contra la cultura de la muerte: las injusticias sociales y globales del capitalismo que es inmoral, es un ídolo con su materialismo economicista y negación práctica del Reino de Dios; el colectivismo economicista con su sectarismo anti-religioso; la violencia  y las guerras; la destrucción ecológica y el aborto. Él enseñaba el amor en plenitud, fiel entre un hombre y una mujer abierto a la vida, a la belleza de la familia.Todo lo anterior es lo que transmitió Mons. Romero en amor a Jesús, a la Iglesia y a los pobres, a la vida eterna.

Foto: Ainhoa Torres

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