La salida no pertenece a nadie. La entrada, por el contrario, depende enteramente de nosotros. Edmond Jabès, escritor nacido en El Cairo y exiliado en Francia, se refiere quizá con esta frase a ese no-pertenecer-a-nadie que caracterizó el silencioso exilio de los miles de judíos que vivían en los países árabes. Recientemente se ha acordado conmemorar en Israel (y se celebra en todo el mundo), un día dedicado a los judíos de los países árabes. Así se quiere llamar la atención de alrededor de un millón de personas forzadas a abandonar sus países de origen al final del siglo pasado.

Foto tomada de http://sefarad-asturias.org/wp/?p=890

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Este exilio se produjo sobre todo a partir de la creación de Israel, pero esta no fue su causa sino una oportunidad de asilo. Dejaban los lugares a donde habían llegado, en muchos casos, incluso antes de la conquista árabe. Unos setecientos mil de estos refugiados fueron acogidos en Israel, donde la estrategia fue la integración sin que pasaran por campos de refugiados. El resto vive en Europa y América. Desafortunadamente, en los países árabes ya no viven judíos, y lo peor es que no podrían hacerlo sin poner en peligro sus vidas. Apenas quedan hoy unos cinco mil judíos en Marruecos. Hace ya hace algún tiempo, cuando escribí sobre mi salida de Marruecos, sobre el desarraigo y dolor del marcharse, me respondió el escritor de Recorrido inmóvil, Edmond Amram El Maleh diciendo que nos fuimos porque quisimos y que nadie nos expulsó; culpaba a quienes suscitaron un miedo falso para obligarnos a salir. Pero hay que explotar el átomo de esta historia para comprender los matices de este exilio. Estos judíos nunca fueron ciudadanos (no existía la idea del ciudadano),  de pleno derecho.

En un documental que cuenta la salida de los judíos de Tinghir, Marruecos, y su llegada a Israel, del realizador Kamal Hachkar, Tinghir Jérusalem, conmueve un anciano, con barba y chilaba que no puede andar abrazado a una Torá (rollo que contiene la Biblia). Llegan a Israel y allí no encontraron, lamentan, el paraíso. “¿Por qué os fuisteis?”, pregunta una y otra vez su realizador, a pesar de que él también se fue por otros motivos.

niñosCuando vemos a los ancianos o a los niños, difícilmente se puede uno creer que esa era la mejor opción para una mano de obra barata como acusan algunos. Pero el que Kamal quiera saber porqué sus vecinos se fueron, quiera comprender quiénes eran, que lamente su marcha, es un comienzo. Hay entre unos y otros una hermandad y un vínculo que aún permanece, a pesar de la política.

Los judíos de los países árabes se pueden dividir en dos grupos mayoritarios: los sefarditas y los orientales. Los sefarditas llegaron de Sefarad, España, y no dejaron sus tradiciones ni su lengua. Los orientales vivían en los países árabes desde siglos; precisamente estos tuvieron un vínculo más estrecho en estos países que fueron, por un lado, lugar de acogida y, por otro, de pertenencia. Allí se desarrolló una importante labor cultural en muchas direcciones. Y, a pesar de los dirigentes, entre unos y otros era posible la amistad.

Es especialmente dramático el caso de los judíos iraquíes que tenían una historia en Irak de más de dos mil años. En el siglo IX, bajo el dominio musulmán, los judíos de Irak estaban obligados a llevar un signo distintivo amarillo en la ropa. Entre los siglos XI y XIV, soportaron duros impuestos y la destrucción de sinagogas y una severa represión, hasta que en 1950, se les quitó la ciudadanía y se apoderaron de sus bienes. Un año antes, el Primer Ministro iraquí, Nuri Said, informó al embajador británico en Ammán de un plan para expulsar a toda la comunidad judía hacia Jordania. El embajador relató esta conversación en sus memorias Desde las Alas: Memorias de Amman, 1947-1951.

Hoy, en estos países, el antijudaísmo, es un grave problema que nadie se preocupa en contener, sino todo lo contrario. Señala Bernard Lewis que la calumnia de sangre es recurrente desde el siglo XIX y llegó a ser habitual en tierras otomanas.

Lamentablemente ya no quedarán judíos en los países árabes, como concluye Bernard Lewis, la simbiosis judeo-islámica constituyó un gran periodo de la vida y creatividad judía: “Ahora ha llegado a su fin”. Visité la tumba de mi abuelo en Tetuán y la de mi abuela en Jerusalén; yo soy de allí y de aquí. Y confío en la cultura, en los escritores, los cineastas, académicos árabes, judíos como única salvación en contra del fanatismo y el odio que se ha extendido en todos estos países arraigando precisamente en el hueco y vacío de los que ya no están.