La revolución pendiente

La frase “España tiene una revolución pendiente” fue usada por José Antonio Primo de Rivera como uno de sus eslóganes políticos en sus pocos años a la cabeza del fascismo español (1933-1936), inmediatamente antes de la Guerra Civil.

La frase resultaba expresiva entonces, porque eran tiempos de gran impacto sobre Occidente de la Revolución Rusa (1917) y las contrarrevoluciones fascista en Italia (1922) y nazi en Alemania (1933). Todas ellas acabaron mal, y su interés hoy es sobre todo histórico. A José Antonio no le dio tiempo a especificar en qué consistía su “revolución pendiente”. Estaba muy ocupado enterrando falangistas, ordenando violencias, y conspirando por aquí y por allá. Así que nos quedamos sin saber.

Como toda esa generación, Primo de Rivera había sido muy influido por la visión política de Ortega y Gasset. Quizás la “revolución pendiente” en la que pensaba era la Revolución Francesa (1789), cuyos frutos estuvimos tratando de interiorizar a todo lo largo del siglo XIX y en el siglo XX. A diferencia de las anteriores, esa revolución demostró tener una gran proyección de futuro. Su clave más perdurable fue la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Si esa es la “revolución pendiente” en España de que hablaba José Antonio, entonces sigue pendiente. La estructura profunda de nuestra vida pública no es la igualdad ciudadana ante la ley sino la prioridad de la conexión clientelar (una de cuyas variantes es la adaptación de la ley a las conveniencias clientelares del momento). Ello crea importantes grupos privilegiados tanto entre las élites como en el pueblo estándar: los ‘bien conectados’ con el poder público en el nivel de que se trate, que están por encima de los demás, a veces porque la ley se tuerce para ellos; a veces porque la ley se hace para ellos.

Aunque el punto puede parecer muy abstracto, en un post reciente explicamos su importancia para el desempeño económico de nuestra sociedad (via las condiciones de éxito de personas y empresas), y por qué debe constituir un criterio fundamental de voto.

Como a ese post se le reprochó ser demasiado optimista, en este vamos a discutir otro aspecto crucial para entenebrecer el panorama: el clientelismo constituye no solo la forma concreta en que los partidos gobernantes en los diversos niveles públicos han construido su poder, sino algo más profundo: una estructura de fondo del poder político en España que tiende a permanecer aunque cambien las personas y los partidos en el gobierno, incluso el régimen político, más aún, incluso las fronteras del Estado. Si cualquier región se independizara mañana, formaría un Estado clientelar de la misma manera que ahora es una autonomía clientelar.

Para entender el problema vamos a considerar tres posibles formas de construir la base del poder político en un sistema electoral como el nuestro:

  1. Un esquema amplio de vínculos clientelares: Reglas de facto distintas para los bien conectados y un sistema efectivo de intermediarios (normalmente el partido) entre el poder y esos beneficiarios, de manera que suficientes electores dependan directamente de que yo alcance o conserve el poder.
  2. Un esquema de convencimiento ciudadano-liberal: Reglas iguales para todos que producirán una sociedad en que una mayoría suficiente para mantenerme en el poder va a tener buenas posibilidades de éxito personal, familiar, empresarial, en función de sus capacidades, méritos, acierto, etc.
  3. Un esquema de convencimiento basado en el bien común. Reglas iguales para todos que producirán una sociedad en que una mayoría suficiente para mantenerme en el poder va a reconocer que el bien colectivo, y particularmente las oportunidades para los más pobres, están bien atendidos.

Se notará que en los tres casos es necesario motivar gente suficiente para formar una mayoría electoral. En el primero, la motivacion proviene de lo que mi familia o mi empresa va a obtener directamente del gobierno que sea (contratos, regulaciones, subsidios, pensiones…). El segundo y el tercero coinciden en que la motivación no nace de lo que me vaya a dar quien ocupe el poder, sino de la sociedad que producirá con sus políticas sobre la base de la igualdad ciudadana ante el Estado. En el segundo caso, en esa sociedad puedo tener éxito por procedimientos que generan valor real para otros del que derivo mi éxito. En el tercero, que es conceptualmente compatible con el segundo pero a menudo conduce a políticas distintas, me intereso además por el bien común en su doble sentido de bien colectivo y de posibilidades para los pobres.

El problema consiste en que el esquema 1 predomina fuertemente en nuestras prácticas reales, mientras que el esquema 2 se encuentra en nuestras aspiraciones fundamentales como sociedad, y el esquema 3 está también difundido aspiracionalmente en el sentir de mucha gente, en virtud de raíces cristianas, sindicalistas, izquierdistas, etc.

Hay pues una contradicción entre lo que decimos querer como base de nuestra vida pública y la forma en que en verdad funcionamos. Lo primero domina el discurso público: nadie, ni siquiera el PSOE andaluz, se atreve a decir en sus mítines “desde el poder, ayudaré a mis amigos”. Pero proclamando siempre la igualdad ante el Estado a voz en cuello, no se alcanza el poder en nuestra sociedad sin generar en muchos expectativas de incorporación a una clientela, y no se mantiene el poder sin alimentar efectivamente esa clientela.

Así que si eres coherentemente reformista en tus hechos, no llegas al poder o duras un suspiro en él. Pero si haces lo preciso para tener éxito político en un contexto clientelar, entonces tus discursos reformistas son tan falsos como los demás. De esto ya va habiendo buenos ejemplos en las ejecutorias de los partidos nuevos que no tenían una clientela pre-constituida (o no en todas partes: Izquierda Unida sí la tenía donde mandaba, por ejemplo, y no es el único “nuevo” ya un poco antiguo). Cuando llegan al poder o lo respaldan, sus anhelos reformistas tienden a frenarse y empiezan a comprarse o recompensarse apoyos electorales con recursos públicos.

Este panorama desolador lo es sobre todo desde el punto de vista lógico. Desde el punto de vista político, debe pensarse más bien de la manera en que caminamos: un pie primero, otro después. Hay que alcanzar algún poder, y para ello gestionar expectativas clientelares acaba por ser necesario en España. Un pie adelante. Pero luego ese poder cabe usarlo para construir instituciones de mayor igualdad real ante la ley. Ahí la fuerza política no nos la proveen nuestras clientelas, sino precisamente quienes quedaron fuera de ellas, aquellos a quienes les conviene que todos seamos iguales, porque ellos son “menos iguales” que los demás. El otro pie que completa el paso, por delante del primero. Y así, paso a paso, aprovechando las posibilidades nuevas que cada uno de ellos abre.

Podría ocurrir entonces que nuestra ‘revolución pendiente’ no se resolviera en algún cambio súbito. Al revés, los cambios súbitos tenderían a modificar todo menos lo esencial. Constituirían atajos para la toma del poder pero dejarían intacta la estructura profunda de ese poder: otros patronos, otros intermediarios, quizás otros clientes (o los mismos), pero finalmente idéntico esquema clientelar.

Por eso es tan importante atender a las políticas de los nuevos partidos en el poder municipal y regional: no analizando si son perfectos desde el principio, sino para ver si en el medio plazo caminan en la dirección correcta o simplemente reproducen en sí las bases y las formas del poder que se encuentran. También por eso hay que prestar especial atención a las negociaciones para formar nuevo gobierno, que ofrecen una real posibilidad de progresar en el sentido de la igualdad ciudadana ante la ley, por tanto del debilitamiento del clientelismo que tantos ejemplos de corrupción y de prosperidad parasitaria nos ha dado últimamente. A ver si hay suerte, y damos otro pasito.

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