La revolución de los niños

Mientras despedíamos a los Reyes Magos recordé una frase que todos los años repetía incansablemente mi madre: “en todas las casas tendría que haber siempre un niño”. Ella no se refería únicamente a la Navidad como un tiempo en el que los niños tienen especial protagonismo. Se refería al hecho de que la presencia de los niños en las casas invierte la forma tradicional de afrontar los problemas cotidianos, quizá por aquello de que nos fuerza siempre a cambiar la perspectiva, ver desde abajo y no desde arriba, pensar en el más débil, vulnerable e indefenso, como si el hecho de contar con un niño en una casa rompiera el despiadado cálculo de los adultos.

Vaclav-HavelPrecisamente, a los niños dedicó Vaclav Havel uno de sus discursos políticos más breves y clarificadores. Corría el año 1990 cuando ratificó en Nueva York, y en calidad de presidente de Checoslovaquia, la Declaración sobre los derechos de la infancia. Se lamentaba de que los niños siempre eran utilizados como pretexto para sacrificar la verdad. Sus palabras no tienen desperdicio: “he oído a los que defendían sus trabajos serviles al odiado régimen argumentando que lo hacían sólo por sus hijos: para sustentarlos, para que pudieran estudiar, para que pudieran viajar a la costa. Miles de veces amigos y hombres desconocidos me confiaban que su razón y su corazón estaban totalmente de nuestra parte, del lado de los llamados disidentes, pero que firmaban las diversas peticiones solicitadas por el gobierno totalitario sólo y exclusivamente porque tenían hijos y no podían permitirse el lujo de la oposición. Los actos inmorales se cometían en nombre de los niños y se servía al mal por un supuesto bien hacia ellos”.

Ha pasado un cuarto de siglo y, si repasamos los discursos o prácticas de la clase política, no sería difícil encontrar iniciativas o propuestas realizadas siempre con la excusa de beneficiar a las generaciones venideras. Cambiando la entonación, Havel afirmaba: “¡Cuánto mal se habrá cometido en nombre de los niños!”. Y esto no solo nos debería recordar la proximidad que existe entre el paternalismo y el totalitarismo, sino la fragilidad de una ciudadanía que hipoteca la verdad, la autenticidad y la libertad en nombre de la propia seguridad o el hipotético pan de los hijos. La fragilidad de una ciudadanía que prefiere el silencio cómplice y amnésico de las sociedades cerradas a la arriesgada palabra libre de las sociedades abiertas.

tianamendisidenteHavel recuerda que la revolución de los disidentes fue una sublevación de niños. Los hijos de los disidentes despertaron en sus hijos lo mejor de sí mismo, desmontaron las mentiras de muchos padres y les obligaron a ponerse del lado de la verdad. Los disidentes eran aquellos tipos políticos convencidos de que prestaban mejor servicio a sus hijos no utilizándolos como pretexto y no mintiendo, sino viviendo en la verdad y sirviéndoles de ejemplo.

Aunque no podían estudiar y tenían que soportar los arrestos y persecuciones de sus padres, los hijos de los disidentes “no se enojaban con ellos, al contrario, los respetaban. E interesaba más el ejemplo moral que las ventajas resultantes de una espina dorsal encorvada.” Al final de su intervención el propio Havel pide a los representantes de las Naciones Unidas que añadan el siguiente párrafo a la declaración:Los padres y los adultos en general tienen prohibido mentir, servir a las dictaduras, denunciar, humillarse, temer a los dictadores y traicionar a los amigos y a sus ideales en nombre de los niños y, supuestamente, en su interés. Y que todos los asesinos y dictadores tienen prohibido acariciar el pelo de los niños”.

@adomingom

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