Por Fernando Donaire, OCD

La misericordia es nombre y adjetivo. Virtud y don. «Es» y, a la vez, se derrama. Llenará las páginas de este año jubilar y a la vez será desafío haciéndose en cada criatura que abra sus manos a la compasión y muestre empatía con el otro. Y ahí, en el terreno de lo concreto, nos jugaremos de nuevo la vida. Esa vida que resplandece gracias a los rincones de misericordia que a veces no resuenan en los altares de la actualidad pero que sin embargo iluminan el devenir cotidiano de los hombres.

Por eso Juan de la Cruz hizo vida aquellas palabras que pidió el día de su profesión religiosa: «La misericordia de Dios, la pobreza de la Orden, la compañía de los hermanos…». Esa trilogía que ponía en lo más alto a la misericordia que después llenaría sus páginas más excelsas, cabalgaría por los poemas sin ser apenas notada, porque la misericordia para San Juan de la Cruz además de ser la mejor definición del actuar de Dios fue la mayor resistencia ante las adversidades, la resistencia del amor tenaz ante el sinsentido de los odios y la violencia.

Y por eso pudo escribir aquel canto de resistencia, de permanencia, de mantenerse en pie apoyado en el amor. «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor» le escribe a la Madre María de la Encarnación quitándole hierro a todo lo que sufre y poniendo la vida al aire de la voluntad de Dios que lo ordena todo para nuestro bien. Y como un estribillo, el pequeño frailecillo se ejercita en amar, sabiendo que sólo el ejercicio del amor, la mirada misericordiosa, lo salvará de los pozos de la incomprensión y la cobardía.

Las pocas cartas que conservamos de él nos muestran cómo esa resistencia del amor que mira con ojos de misericordia, que se mantiene con esperanza, que lucha desde el amor, se hace vida a través de los consejos que se esconden en los renglones más cotidianos. Palabras de consuelo y nostalgia de presencias, consejos hilados con recuerdos, ansias de presencias y compañía entreveradas a los sones del «callado amor», ese que se presta sólo a comprender, a acompañar, a escuchar e iluminar las heridas de la miseria y el sufrimiento con vendas empapadas de misericordia.

La misericordia que se fundamenta en «los que quieren bien a Dios», aquellos que ponen su raíz en el centro del amor que se alimenta de sus besos. Que los recoge y los regala. Porque quien acoge con misericordia es como quien besa ese beso regalado de la boca del mismo Amor. Y los besos sellan el pacto, rompen las cadenas de los desencuentros, los espacios ateridos de frío por la distancia.

Juan sabe que la resistencia del amor nace de la fuente del mismo Amor que utiliza esa estrategia para cuidar al hombre a pesar de sus torpezas. El Dios de la historia que camina con el hombre y lo perdona una y otra vez y «hasta setenta veces siete», multiplicando el torrente de la gracia que a veces choca con la piedra y otras se expande por los cielos. Porque está convencido Juan de la Cruz, que quien se empeña en el amor y acoge con misericordia, «engendra amor en el pecho donde no le hay». Y ese amor permanece. Es más fuerte que la misma muerte. Y entonces se viste de misericordia y ya jamás es capaz de escapar de ese influjo que descansa las venas, llena de aire nuestro pulmones, abre los brazos y está dispuesto siempre a sanar al prójimo con el milagro de los abrazos. 

@fdonaire72

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Fotografía:

Fernando Donaire. Detalle de la obra «La piscina de Bethesda» de Santiago Torres López (Granada). Mixta sobre tela. Primer premio VIII Concurso de Pintura Libre de La Rural Cultura 2015.