¿La reinvención de la democracia?

El proceso político catalán de los últimos años ha tratado de legitimarse “reinventando” sentidos de la democracia. El genio político se habría conjurado para dar de sí dimensiones inéditas, inverosímiles o “superadas” de algunos usos políticos de la idea de democracia. Si bien la democracia en su forma actual institucionalizada en Occidente no es un tabú intocable, o el “fin de la historia” como declarara Fukuyama tras la caída del bloque político soviético, su supuesta “superación” o recreación desde las necesidades sociales está sujeta al escrutinio público. No todo giro del sentido de la democracia es legítimo sin más. También puede ser un retroceso o un vaciamiento de exigencias éticas y materiales inscritas en los procedimientos y en las garantías jurídicas del ejercicio de la democracia.

Democracia como pantalla ideológica

Pero es cierto que hay términos de tal densidad axiológica y de tal grado de aceptación social, que su mera apelación parece justificar cualquier práctica social o institucional. Gracias a ello, la “democracia” todo lo puede y todo lo tapa. Evocar su nombre tiene el poder alquímico de convertir en oro materiales híbridos o innobles. Este “capital político” transmuta la incertidumbre en destino inevitable, el riesgo en garantía de éxito, los límites en falsas apariencias.

Destaco algunos sentidos y usos de la democracia puestos a prueba en el experimento político catalán. Unos sentidos se refuerzan con los otros, generando una “reinvención” de esta idea política:

Democracia absoluta

Se trata de democracia, suelen decir. Es un problema político.  Con ello se apunta a que es una cuestión “solo” política. El ordenamiento jurídico (con todos sus niveles), las relaciones y vinculaciones institucionales de Cataluña con España, Europa y la comunidad internacional, la esfera económica, el contexto histórico, social y cultural en el que se da ese conflicto político, los desafíos medioambientales locales y globales … todo esto se torna irrelevante, prescindible o postergable ante lo que es un conflicto político. Por ello, el argumento que se suele aquí repetir es “la democracia no tiene límites”. Nace así, un nuevo tipo de democracia absoluta.

Democracia como intocabilidad

Los representantes de los ciudadanos son intocables. Irresponsables jurídicamente cuando ejecutan el “mandato popular”. Un pueblo que se afirma a sí mismo como sujeto soberano e independiente de las leyes vigentes, da lugar a unos representantes políticos que no pueden ser “reprimidos” por los mecanismos del Estado de Derecho. A estas alturas de la historia, se vuelve a introducir una versión de sacralidad e irresponsabilidad de la figura del soberano. Por ello,  también son irresponsables políticamente. Todo vale en aras del supremo fin.

Democracia predeterminada

Hay una identidad política nacional, definida por un origen socio-histórico que le vincula a un destino común ya preconfigurado. Por ello, la pluralidad es un dato irrelevante. El pluralismo, un valor superado más propio de las democracias socialmente híbridas y mestizas. La diversidad social sobrevenida en el curso de la historia, es absorbida por una identidad política originaria. Por ello, estaríamos ante una democracia predeterminada que no está sujeta a mayorías ni minorías. No importa la cantidad de votos. Importa la autenticidad. Con que sólo unos ciudadanos expresen y actualicen esa voluntad soberana y ese destino histórico, ya están dando cumplimiento a lo que siempre fue así.

Democracia monológica

En este escenario, no tiene sentido la democracia deliberativa. Ni la búsqueda de la mejor decisión, fruto del debate racional, informado y evaluado desde distintas perspectivas e intereses, tratando de procurar el mayor bien, de conjugar los intereses más generalizables. No preocupa acertar. Por el contrario, todo es más directo y sencillo, hay un punto de vista propio, una racionalidad particular que otros ni alcanzan ni comparten, que resuelve la situación. La soberanía cuando “habla”, no se equivoca. Por ello se puede buscar, legítimamente, la imposición de una propaganda que asegure una opinión pública común. La propaganda sesgada o mendaz en las redes digitales, amplificada por medios tecnológicos ilícitos, y en los medios de masas, no es un riesgo para la calidad de la vida democrática. Lo que importa es cumplir el mandato histórico.

Democracia manifestante

La democracia es la escenificación pública de una identidad política definida. La democracia es callejera. La sucesión en el tiempo de manifestaciones de masas expresa la voluntad del pueblo. Al movilizarse los individuos, actualizan y representan al verdadero pueblo. El que toma la calle, es ese pueblo unánime, que forma un solo hombre, un mismo espíritu. Una misma luz alumbra al único pueblo.

Democracia idealizada

La cuestión política no tiene un fondo pragmático. Es una cuestión de dignidad y de autenticidad de un pueblo. Estamos ante la presencia de lo inefable, lo que transciende la circunstancia, de lo infinito y lo incondicionado. Por ello, la democracia se puede presentar así con un rostro sacralizado, fungiendo como figura de lo sagrado. Las miserias de las necesidades humanas, su contingencia, su materialidad, no puede enturbiar ni frenar el advenimiento de la Tierra nueva, su destino ético.

Democracia como vanguardia paternalista

La conquista de una nueva república señala el camino político de los otros pueblos. El épico proceso de ruptura con lo viejo y corrupto, rebelde y desobediente a las vinculaciones existentes, es el camino pionero que sirve de guía y espejo de la emancipación de los pueblos peninsulares, europeos y de mundo que están oprimidos. El orden de las viejas democracias ha sido vencido, el camino para las nuevas repúblicas está marcado.

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