La Red, circo de violencia

Sangre

Mucho se ha escrito sobre #JesuisCharlie y sobre #JenesuispasCharlie. Acababa de concluir este post cuando el Papa Francisco hizo las controvertidas declaraciones sobre los posibles límites de la libertad de expresión. Ello me hizo pensar que, en todo este debate, se echa en falta una reflexión acerca de Internet como espacio público de violencia disfrazada de libertad. La red a veces es como un circo romano donde la sangre se jalea y legitima para divertir a las masas.

A poco que nos paseemos por el ágora digital constataremos que la agresividad y la violencia acampan a sus anchas en esta plaza pública. Hace poco nuestros amigos de iMision sufrieron un ataque yihadista en su página web. Tras la Final Four de baloncesto, entre el Real Madrid y el Maccabi de Tel Aviv, algunos aficionados publicaron mensajes antisemitas en Twitter. A menudo se producen amenazas e insultos a personalidades y celebrities a través de las redes sociales. Algunos adolescentes se cruzan mensajes humillantes en una suerte de ciberbullying. En nuestras calles se ha difundido una campaña publicitaria animando a las mujeres a denunciar cualquier tipo de violencia ejercida a través de las redes –se envían tantos mensajes cargados de veneno…-. Y si escalamos hasta las alturas geopolíticas también tenemos ejemplos. Baste recordar el reciente ciberataque de Corea respondido con un nuevo método de bloqueo por parte de Estados Unidos: el corte en el “suministro” de Internet. Podríamos seguir.

Pero, ¿de qué estamos hablando? En todos los casos, sea el de los extremismos de corte religioso o el de la violencia de género, nos referimos a la violencia verbal. Es necesario decirlo: se trata de una violencia real ejercida a través de la palabra y de las imágenes. Las palabras – a veces más que las armas- también hieren la dignidad de la persona. El lenguaje, no lo olvidemos, puede ser utilizado como forma de agresión. Y la Red es, fundamentalmente, un acto comunicativo, un ejercicio lingüístico, un entramado de relaciones donde también habita la crueldad. Llamar a la violencia verbal por su nombre es un acto de honestidad y lucidez. Por ello, se vuelve necesario el discernimiento de dónde acaba la positiva crítica social y dónde comienzan los disparos en la nuca engatillados en la palabra, en las imágenes, en las viñetas.

Y en el fondo, lo que se pone en cuestión en este ejercicio de clarividencia es el mismo dogma de la libertad de expresión. ¿Se puede y debe tolerar todo lo que se dice, se vierte, se grita y se vomita en la Red? ¿Se debe poner algún tipo de límite a lo que se publica? Por si sirve de analogía, pensemos en la concepción de la libertad religiosa en los contextos democráticos –en ellos se salvaguarda la libertad de conciencia y culto siempre y cuando no atente contra la integridad de los que compartimos el espacio público plural-. ¿Podríamos entender de igual modo la libertad de expresión, especialmente en el espacio digital?

Me atrevo a lanzar una triple propuesta: promovamos una cultura de la paz y el encuentro en la Red como mejor respuesta a la violencia digital; realicemos el ejercicio de la autorregulación en lo que publicamos y visitamos; y, ¿por qué no?, reflexionemos sobre los posibles límites éticos de la libertad de expresión -los propios de cualquier libertad en un contexto democrático plural-. Me temo que esta última invitación, a causa del fantasma de la censura, pecará de impopular… Pues nada, que los leones digitales se sigan merendando a los cristianos de turno en este circo de violencia.

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