La política perdida en las redes sociales

El primer título del artículo fue “la política destruida”, pero me he moderado en la revisión. Mejor hablar de la política perdida, como oportunidad y con cierta añoranza de un tiempo posible que hemos dejado pasar. Hace casi dos años hablé de la alteración política de las redes sociales, que sigue en vigor casi por completo aunque habría que hacer alguna que otra referencia a la posverdad y la comprensión de las nuevas relaciones digitales.

Cada vez que sucede una tragedia (cercana), se llena de manifestaciones de condolencias para las víctimas. En el mejor de los casos, porque también encontramos las reacciones que justifican, por no decir celebran o que se alegran. Y es razonable que se muestre así, porque la sociedad desquiciada en que vivimos, todo parece tener cabida. Facebook justifica más este tipo de manifestaciones que un pezón en una foto, aunque esta sea de un cuadro del XVI. Peor aún, hay quienes se quejan de que en Twitter (hasta ahora la red política por excelencia, que se lo digan a Trump) aparezcan lazos negros, banderas ensombrecidas o repulsa a la barbarie en forma de hahstag.

La política, con sus políticos, conocedora de esta realidad toma posiciones. Todo debe ser simplificado y condensado en mensajes breves, acompañado con buenas imágenes. Y destacaría que no han sido los propios políticos los que han creado esta forma de comunicar, sino que, leyendo y estudiando la ciudadanía y lo que se quiere escuchar, se han introducido en la conversación para asemejarse “al pueblo”. Porque quien pierde al pueblo, pierde votos y poder por tanto. Y el pueblo quiere, quizá como nunca, que sus representantes se parezcan a ellos, aunque no lo sean, y que hablen su lenguaje, y hagan sus mismas cosas. Lo cual, sin ánimo de parecer elitista pero consciente de cómo puede sonar, es cualquier cosa menos exigir altura a los políticos o buscar a los mejores para semejante responsabilidad. El razonamiento es claro. No gusta, pero es así de contundente. “¡Que sean como nosotros!”, parece escucharse por las calles. Así el poder será del “pueblo” y el “pueblo” tomará, como por asalto, las instituciones. Nos habremos olvidado entonces de escoger lo mejor.

Es más. Yo diría que los mejores hoy huirán de la política, por salud mental y buscando lo mejor para su entorno. La terrible exposición que deben soportar, las críticas continuas y la falta de diálogo permanente, que revela falta de interés auténtico por lo público y común, y un renovado atrincheramiento partidista. Lo que funciona es esto último: el posicionamiento contundente, al que no están dispuestos los prudentes. Las redes sociales han tejido este nuevo orden, en el que funciona como nunca el marketing ideológico, el consumo de ideas fáciles no enteramente pensadas y carentes del esfuerzo de la reflexión y el diálogo. Vaciamiento del discurso en la llamada posverdad, donde vale más el lema excesivo que la propuesta moderada, aunque valiente. Tiempos líquidos, demasiado líquidos para personas sólidas, con vidas hechas.

Ser político hoy, a pesar de la terrible necesidad y carencia que reclama la ciudadanía, convierte en héroes a no pocos. Espero que los mejores, movidos también por una cierta responsabilidad inexigible a todos y conscientes de su decisiva aportación, se atrevan valientemente a inmolarse en un escenario político de acusaciones fáciles y rápidas, y que mucho me temo que quiere parecerse a un circo donde el entretenimiento de una ciudadanía aburrida constituya uno de sus servicios públicos. La política, siendo de todos y para todos, no debería jamás caer en la masa y sus dinámicas, que no son las del “pueblo”, ni responden a las preocupaciones de “la gente”. Demo-cracia sí; no gente-cracia, ni masa-cracia, ni popu-cracia.

Las redes sociales, tomadas por los más jóvenes, adolescentes muchas veces alegres en su adolescer, también marcan hoy el ritmo de la política y sus intereses y noticias. Las grandes decisiones, que cuesta comprender, no caben en un tweet. Mientras contagian así las reacciones y detracciones. De modo que el desinterés que las estadísticas dicen que parece crecer imparablemente, se topa con la contradicción de que todos hablan, porque todos creen saber más que nadie. Prueba de ello, demasiado cruel y terriblemente cierta, es que no hay político señalado por lo que sea que no sea juzgado inmediatamente en las redes sociales. Sin abogados, sin presunción de inocencia, expuestos a comentarios definitivos y decisorios… Si la justicia opina de forma diferente, se habrá equivocado, estará manipulado el veredicto, por no decir que se ha comprado la judicatura entera. Y, en ese momento, en las redes sociales desaparece la democracia, sus poderes y autonomía.

¡Mucho valor! ¡Mucha responsabilidad sin gratitud alguna! ¡Nadie aplaudirá lo que hacéis, aunque sea de suma importancia! ¡Todos se quejarán de vuestra responsabilidad y de la imperfección, sin saber qué hacer! ¡Así están las cosas y, a pesar de todo ello, necesitamos a los mejores, los más pacíficos y menos estridentes, los más prudentes y menos descabellados, los más equilibrados y menos radicalizados!

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