La Política de las Flores

POLÍTICA FLORAL. Dibujo: Jorge Álvaro González @ lineograma

El día después, o cuando las emociones se marchitan

Hanami es la bonita tradición japonesa de observar la belleza de las flores. En especial, cuando florecen los cerezos, los japoneses acuden en masa a los parques para contemplar sus flores. Se asocia a una tradición Samurai por la cual los guerreros esperaban morir en la batalla mientras mantenían su esplendor y no envejecer, igual que la flor del cerezo cae del árbol antes de marchitarse.

Nos gustan las emociones, necesariamente efímeras y tan perecederas que hasta tienen fecha de caducidad. Para provocarlas, multitud de distracciones compiten a diario por nuestra atención.

Como espectadores de esta sociedad emocionada, necesitamos tener siempre alguna experiencia única que sorprenda nuestras conversaciones. Una vida saturada de espectáculos nos permite defendernos fácilmente del último enemigo común y al parecer global, el aburrimiento. Nuestras vidas parecen ser secuencias de instantes emocionantes, que suceden entre temporadas necesariamente anodinas. El resultado de tanta conmoción es la evidente contaminación emocional en casi todos los campos de la vida.

Sea una victoria en el último minuto o una manifestación alborotada, sean susurros inesperados o unos “likes” en Facebook, sean  destellos chispeantes o sencillas flores cortadas, todos tienen por finalidad hacernos sentir especiales en ese momento. Pero que el grito no termine en conversación, que el susurro jamás sea poema, que la chispa no sea la adecuada o que la flor cortada se marchite sin ser fruto, no representa ninguna tragedia.

Y después, ¿qué pasa cuando no somos capaces de encadenar estímulos? Entonces llega la realidad normal, la del trabajo diario, la de los problemas, pero también la realidad de la familia y la amistad, de las sonrisas comprendidas y compartidas. La realidad del día a día, en la que vivimos, en la que convivimos, en la que nos desarrollamos, aunque menos emocionada, puede llegar, con mimo y cuidado, a ser emocionante.

El fútbol es nuestra gran fábrica de emociones. Aún recuerdo la final de la Recopa de 1986 del Atlético de Madrid contra el Dinamo de Kiev cuando yo tenía 11 años. Mi primera gran final europea. ¡Qué gran día! ¡Varias semanas soñando con el partido! Y claro, también recuerdo el llanto infantil que aquella derrota provocó en mí. Afortunadamente, bastaron las últimas semanas de colegio y el verano siguiente para borrar rápidamente las penas. Las emociones son maravillosas, no siempre felices, pero siempre pasan.

No obstante, hay otras emociones, también legitimas pero seguro no tan neutras. Aquellas que tienen que ver con nuestra dignidad y libertad, ya sea religiosa, política, o afectiva. Aquellas que tocan nuestra individualidad más primaria y afectan consecuentemente a nuestra colectividad y bien común. Y nuestros políticos compiten por esas emociones.

Siguiendo la senda alocada de la emociones surgen sentimientos cortos y cambiantes, que nos llevan a ser ciudadanos sentimentales, y en campaña electoral, a ser votantes sentimentales. Ante los votantes sentimentales, los políticos solo pueden adaptarse para cumplir su destino, que no es otro que permanecer. Y es entonces cuando proponen metas imposibles para emocionar a sus votantes, en la medida que les distraen de su vida cotidiana. Votantes que quieren ser héroes un día, quizás pueblo elegido una temporada, pero con la conciencia tranquila pues otro día de elecciones podrán ser villanos o, tal vez, verdugos.

Tenemos ejemplos actuales, pero también pasados. En los años 70 y 80 hubo sucesivas confrontaciones en América Latina entre movimientos de corte marxista y dictaduras oligarcas. Ambos sistemas completamente opuestos a la libertad humana. Esta bipolaridad ideológica, apoyada por las dos grandes superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, alimento emociones y revoluciones que impidieron una discusión más productiva que realmente ayudara a cambiar las injusticias que se estaban cometiendo en esos países.

En 2003 me encontré con Fernando Cardenal, hermano de Ernesto Cardenal, y que también participó en la “revolución sandinista”. Al hablar de su experiencia con el “sandinismo”, a pesar de reconocer algunos de los progresos y cambios realizados, manifestaba su decepción con el resultado de la revolución.

Decía San Juan Pablo II que el mero cambio de estructuras no mejoraba las condiciones del pueblo. No basta cambiar regímenes, sino cambiamos también personas. El defendía la libertad y dignidad humana por encima de cualquier marco ideológico, que en defensa del progreso colectivo, pudiera anular la libertades individuales deseadas.

Por esa senda alocada de las emociones tenemos que aprender a transitar entre las emociones estériles y otras fructíferas. Tenemos una inteligencia emocional cuya capacidad deberíamos desarrollar, pues solo así podremos evitar daños irreversibles. No hace falta edificar una escuela específica, pues si estamos atentos, cada día tenemos clases gratis.

Muchas emociones son buenas pero, ¿qué pasa el día después? A mí se me pasó la llorera de la derrota en la Final de la Recopa de 1986 con un buen verano. Y cuando esas emociones con las que vibramos tienen consecuencias para los demás,  ¿qué pasa con nuestra realidad compartida en el día después, cuando todas esas “flores” se han marchitado? 

POLÍTICA FLORAL MARCHITA. Dibujo: Jorge Álvaro González @ lineograma

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