La paradoja del pit bull

Hay modos de protegerte que impiden que incluso te puedan salvar. Ésa es la Paradoja del Pit Bull, basada en una historia real sucedida en Wheeling (USA), en la que intervienen una pit bull, su dueño y un buen vecino. Esta fábula social ilustra un principio: si levantamos tantas defensas en nuestras fronteras, impediremos que nos llegue lo que puede salvarnos de nuestra crisis económica y cultural. 

La fábula

Cuando el detective Gregg McKenzie abrió la puerta de la casa, se encontró a dos hombres, uno sobre otro, agonizando en el suelo. Cerca suyo, una perra de defensa pit bull mordía al hombre que estaba encima. ¿Qué había ocurrido allí?, se preguntó el detective. Ésta es una historia real ocurrida a comienzos de marzo de 2015 y que se puede leer en The Intelligencer (@IntelligencerWV), el periódico local de la ciudad de Wheeling.

Wheeling es una pequeña ciudad (30.000 habitantes) del estado de West Virginia, cerca de Pittsburgh, ubicada en el desmoronado anillo de acero de Estados Unidos. Su nickname es The Friendly City y su institución más relevante es la Wheeling Jesuit University (@WheelingJesuit).

El suceso que atrae nuestra atención pasó al final de la tarde del domingo 8 de marzo de 2015. Tuvo lugar en una casa de un barrio del Este de la ciudad (131 14th Street, East Wheling). Es la típica casa americana de dos plantas, cubierta por láminas blancas de madera, y algo desvencijada.

En la casa de dos pisos convivían David Wallace (63 años) y su vecino Roy A. Higginbotham Jr ( 62 años). David Wallace era dueño de una pit bull llamada Sheba. Es bien sabido que el pit bull es un cruce realizado en Estados Unidos a finales del siglo XIX, para combinar la furia del terrier con la fuerza del bulldog. Aunque relativamente pequeño, se usaba para controlar a las grandes reses vacunas. Se perdió la especie y fue recuperada en los años 1970s para ser empleada en seguridad, en localización de narcóticos y como animal de defensa personal. Es el animal de defensa por antonomasia. Tristemente, también es famoso por ser usado en peleas clandestinas. David no había registrado a su pit bull pese a que es obligatorio en Wheeling para ese tipo de perros.

David estaba en casa a las 8:45 PM cuando de repente sintió primero que el brazo izquierdo le dolía y a continuación, un intenso pinchazo en el pecho. Gritó y cayó al suelo desplomado por un infarto de miocardio.

Su vecino escuchó el grito de socorro y corrió hacia él. Abrió la puerta del dormitorio, donde estaba David caído y vio a la pit bull dentro que ladraba ante el sufrimiento de su amo. Según dijeron los vecinos a la prensa, era una perra con buena fama, pacífica y nunca había dado problemas pese al respeto que siempre imponía. El jefe de policía de Wheeling (Martin Kimball), en cambio, declaró al Washington Post (10 de marzo de 2015) que Sheba había atacado a un peatón varias semanas atrás. Roy se atrevió a entrar y encontró a David, el dueño de la pit bull, en el suelo apretándose el pecho con el gesto contraído. Como tenía nociones básicas de CPR (Reanimación CardioPulmonar), identificó enseguida que era un ataque al corazón. Vio a la pit bull nerviosa ante el drama que hacía retorcerse a su dueño de dolor. Llamó al teléfono de emergencias 911 y a continuación Roy no dudó ni un momento: se arrodilló al lado del dueño de la perra para tratar de salvarle la vida. Comenzó el procedimiento. Introdujo aire en los pulmones del infartado y a continuación una serie de fuertes y rápidas comprensiones en su pecho. Este fue el hecho que no supo interpretar la pit bull. El animal se lanzó contra el salvador de su dueño pensando que estaba atacándole violentamente –cuando en realidad los golpes eran para tratar de salvarle la vida-. Roy se protegió como pudo de la perra porque sabía que en esos segundos estaba en juego la vida de David. Siguió intentándolo mientras trataba de tranquilizar a la pit bull para que dejara de atacarle. ¿Cómo podía comprender aquel animal de defensa que no quería hacer daño a su amo sino todo lo contrario? No fue posible porque también a él le dio otro infarto ante la presión del animal.

El detective Gregg McKenzie llegó a la casa a las 9 PM porque otros vecinos avisaron a la policía del ataque del pit bull. Al abrir la puerta la perra estaba aún mordiendo el cuerpo caído de Roy. El buen vecino samaritano se hallaba encima del dueño de la perra como si aún intentara resucitarlo de su infarto. También agonizaba David, quien no había logrado recibir aquella ayuda que hubiera sido crucial. Los bomberos redujeron al animal, quien –según el jefe de policía Kimball– mostró intención de atacar. Los servicios de emergencia se llevaron a los agonizantes al Ohio Valley Medical Center, donde ya sólo pudieron declarar la muerte de David y Roy. La perra fue trasladada al Centro de Animales del Condado de Ohio, donde está en cuarentena. Ahora, una asociación protectora de animales trata de evitar que sea sacrificada. La pit bull no es capaz de entender cuál ha sido su error, pero debe sentir que algo ha salido muy mal. Por proteger a su dueño impidió que le salvaran.

La moraleja

Esta pequeña historia real fue recogida por la mayoría de crónicas de sucesos de la prensa estadounidense. En cuanto la leí, vi en ella la potencia de una fábula social, una metáfora que ilustra un principio: a veces nuestras defensas atacan a quienes quieren hacer por nosotros lo mejor. Hay un tipo de protección y defensa que impide hasta que te salven. Se puede aplicar a muchos niveles.

En el ámbito más personal, a veces a lo largo de nuestra vida acabamos formando actitudes de protección y actitudes defensivas que acaban impidiendo que quienes quieren ayudarnos puedan hacerlo. Incluso hay quien –como el buen vecino-, cuando nos ve mal, se acerque a nosotros pese al miedo a nuestras reacciones. Y es posible que nuestro carácter, el miedo al otro o el instinto de protección, no sólo acabe impidiendo que el amigo (nuestro familiar, el maestro, el profesional…) nos ayude, sino que éste acaba herido.

Sucede también en el ámbito de la diversidad y las migraciones. Las poblaciones nativas hemos desarrollado tales defensas ideológicas frente a lo distinto y extranjero, que incluso cuando nos vienen a ayudar e incluso pueden aportar lo mejor para sacarnos de la crisis económica y cultural, nuestros “pit bull” ideológicos –y muchas veces materiales- les atacan y no pocas veces causan muertes. Ocurre en los episodios de xenofobia como el que llevó a que cuatro jóvenes abatieran a tiros a un joven refugiado iraquí (su nombre era Ahmed Al-Jumaili, 36 años) que tras huir de ISIS había llegado a Estados Unidos hacía 20 días y contemplaba con su novia por primera vez nevar en toda su vida (9 de marzo de 2015). Asistimos también a un episodio de Paradoja de Pit Bull en la Masacre de la Playa del Tarajal (febrero 2014), con 14 muertos tras disparar la guardia civil pelotas de goma contra inmigrantes náufragos exhaustos.

Sucede en las instituciones, donde los perros guardianes que ponemos para defenderlas, acaban impidiendo que quienes quieren ayudarlas a transformarse y sobrevivir puedan hacerlo. Pasa en los partidos políticos, en las compañías, en las grandes empresas, en la Iglesia o en la Administración. Es lo que creo que pasa en el escandaloso caso de la capitana Zaida Cantera (@zaidacantera) que ha sido víctima de abusos sexuales y de acoso laboral e institucional hasta un grado extremo que ha implicado una conspiración de altos mandos para callarla y expulsarla del Ejército. Con la complicidad del Ministro de Defensa y altos mandos, los pit bull se creen que atacando a quien quiere mejorar la situación de las mujeres en el Ejército está atacando a la institución y para protegerla son capaces de llegar a lo peor.

Y, finalmente, ocurre en las políticas de defensa y la geopolítica. Continuamente armamos pit bulls para defendernos y al final no sólo atacan a los enemigos sino a todo aquel que trata de curarnos o protegernos de nosotros mismos. Es la paradoja del Pit Bull: si levantamos tantas defensas en las fronteras, impediremos que nos llegue hasta la solidaridad que nos podría salvar de nuestra crisis económica y cultural.

(La fotografía de este post es la pit bull Sheba y procede de The Intelligencer)

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