El modo en que un país siente la pobreza puede perpetuarla. Recientemente, en Argentina, sacaron un delfín del agua y le dieron tanto cariño que lo asfixiaron.

Hay sucesos con gran poder metafórico. Uno de ellos ocurrió recientemente en Argentina. Ocurrió el 16 de febrero (2016) en la playa de Santa Teresita, una localidad turística conocida por su balneario. Un veraneante estaba en la playa y distinguió unos delfines que buscaban comida cerca de la orilla. Pertenecían a la especie franciscana, uno de los delfines más pequeños del mundo -suele tener metro y medio- y que por su color marrón recibe el nombre de la conocida orden religiosa. Se acercó y se le ocurrió atrapar a uno de los miembros más jóvenes -menos de un metro de longitud- para sacarse una selfie con él. Otra persona logró tomar otro joven ejemplar. Muchos bañistas se acercaron a su vez para ver a los jóvenes delfines de cerca y tocarlos. En las imágenes que recogió otro bañista se contempla cómo casi cincuenta personas rodean al delfín en manos de quien lo atrapó, buscan acariciarlos, expresarles su cariño y hacerse selfies con ellos. Seguramente, todos sintieron ternura, simpatía y otros sentimientos muy positivos. Pero el animal, iba apagándose poco a poco hasta que murió deshidratado en manos de todos. Entonces, lo dejaron tirado en la playa. Alarmados, dejaron escapar al segundo.

El franciscana es el delfín más amenazado de todadelfinfranciscana América. Y del que menos se conoce. Está clasificado por diversas agencias y tratados internacionales como especie amenazada de extinción.

Me ha recordado otro suceso reciente que no salió en medios. Recientemente, en un poblado de chabolas en España se ha tenido que protestar por la cantidad de visitantes que acudían a mirar y mostrar su simpatía. Grupos de bachilleres con sus profesores iban a ver a los pobres y su modo de vida. Hasta un sacerdote de larga sotana exigió poder celebrar misas en medio de las chabolas para los jóvenes que traía de los barrios bien de la ciudad. La gente se hace selfies con la gente del poblado en las chabolas y hasta pueden llegar a llevarse trozos de éstas como reliquias. En aquel lugar lleno del carisma de la miseria se sienten vivos, cerca de los pobres para mostrarles sus simpatías, su ternura y sentimientos positivos. Al final fue necesario hacer uso de la mediación para gestionar la gran demanda de mostrar solidaridad…

La gran desigualdad y el malestar social crean un vacío en cada uno que a veces se pretende salvar con inyecciones de sentimentalismo social. La mayoría que quiere ayudar necesita sentir al pobre mano a mano. Como el delfín franciscana, el pobre queda ahogado o perpetuado en medio de tanta simpatía desordenada.

Nuestra sociedad tiene un sentir asistencialista respecto a las personas excluidas. Es un modo de sentir muy arraigado que no ha madurado suficientemente a la luz de la justicia, la igualdad y la búsqueda de las medidas más eficaces y dignas.

Para que la mayoría de la gente ayude tiene que sentir intensamente al otro expuesto en su derrota, dramáticamente presentado –a veces exagerado- o sacudido por una gran alarma. Para ser ayudado, el otro debe aparecer sumiso, inofensivo, no sólo víctima sino limpio de cualquier sospecha. Gran parte de la solidaridad se mueve en sentimientos no sólo simples sino desactivados de aquello que pudiera complicarnos o implicarnos la vida.

¿Cuándo algo cae en asistencialismo? En la solidaridad es crucial el cuidado, el servicio, la atención, la asistencia. Son servicios de proximidad que se convierten en un encuentro cara a cara, una oportunidad para el reconocimiento, la personalización y la hospitalidad. Una asistencia se convierte en asistencialismo cuando no contempla integralmente la ayuda a la persona o cuando incluso la forma de practicarla obstaculiza que pueda existir una atención más liberadora de la persona.

¿Se hace lo que más necesitan los excluidos? ¿Adoptamos el papel que más puede ayudarles? ¿Somos activistas además de cuidadores? El nuevo paradigma emergente de la Sociedad o Ciudad de los Cuidados nos descubre la ternura del activismo cívico, el amor político, la amistad de la ciudadanía, la alegría de la igualdad. En cambio, el populismo recurre al asistencialismo.

El modo que un país tiene de sentir las cosas es fundamental para la calidad de la democracia y su cultura política. Hay que dirigir esfuerzos en hacer evolucionar la forma que la sociedad tiene de sentir la pobreza. Hoy, el gran salto a la justicia no reside tanto en la ideología como el modo como sentimos a quien sufre la exclusión social.

Fuentes: Fundación Vida Silvestre, el diario argentino La Capital y El País. http://www.vidasilvestre.org.ar/ & http://www.lacapital.com.ar/informacion-gral/Santa-Teresita-murio-un-delfin-sacado-del-mar-para-una-selfie-20160218-0013.html