La parábola del Tank Man

Obra de Fernando Sánchez Castillo (2013) Centraal Museum de Utrecht

Nadie sabe de dónde salió y no sabemos a dónde fue: sólo conocemos con certeza el intervalo en que puso su cuerpo en pie ante una fila formada por más de 20 tanques. Iban a masacrar a miles de estudiantes chinos de la plaza de Tiananmen. Sucedió en el Beijing del 5 de junio de 1989. Muchos de quienes leéis esto aún no habíais nacido. Pero The Tank Man sigue siendo una parábola urgentemente necesaria en el mundo actual en el que hay personas que ponen su rostro ante los sprays de la policía, interceptan los emails de los corruptos y conspiradores, o simplemente se bajan del caballo para ayudar a los sin hogar orilladas en las calles de nuestras ciudades. Son los Tank Men del mundo. No necesitamos muchos Tank Men sino al menos uno que sepa en qué punto se puede romper la cadena del mal.

Vestía camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos gruesos. En una mano una bolsa blanca y una sencilla chaqueta beige; en la otra, su cartera. Armado tan sólo con las bolsas de la vida en las manos, detuvo la más larga cadena de tanques que cualquiera recordamos. Por más que vemos las fotos del momento, no se agota el asombro y sus significados. ¿Cuál era la historia del Tank Man antes de ese instante? ¿Qué camino le llevó a comprometerse de tal forma? ¿Acaso era padre, hermano, amigo de alguno de los estudiantes que ocupaban la plaza mártir de Tiananmen? ¿Quizás no conocía personalmente a ninguno pero estaba dispuesto a dar la vida por cualquiera de ellos? ¿Cómo se forma una persona capaz de cortar tal columna de violencia?

Obra de Fernando Sánchez Castillo (2013) Centraal Museum de Utrecht
Obra de Fernando Sánchez Castillo (2013) Centraal Museum de Utrecht

The Tank Man no insulta ni amenaza; no levanta puños ni alza brazos; no grita ni ataca. Simplemente, sale al paso e interpone su cuerpo ante la marcha de los cañones. Los militares de los tanques no veían personas sino objetivos, sólo veían problemas, disidentes, nadies. Pero de repente se encontraron ante alguien desarmado que se planta ante ellos y entonces ven al hombre, su rostro, un alguien como cada uno de ellos. Iban ciegos dentro de sus tanques. No se sabe quién es pero tampoco tapó su cara. Pararon, abrieron las escotillas, salieron. The Tank Man se subió al primer tanque e hizo lo más humano: hablar con ellos, preguntarles qué estaban a punto de hacer, recriminarles tanta violencia. Nos llama a ser de carne en vez de hacernos metálicos, a luchar por la vida sin armaduras. Desconocemos el rostro del Tank Man pero los soldados no pueden olvidar aún sus facciones, su mirada pacífica, sus preguntas y silencio, su no-poder.

¿Qué cargaba The Tank Man en aquellas bolsas a las que parecía clavado? ¿Libros, ropa, la compra del día, flores? Seguro que no cargaba bombas de mano ni panfletos: simplemente las cosas de día a día. Pero si fueran libros, ¿cuáles serían?

Él sólo salió al paso de los gigantes con su vida cotidiana en las manos. Como dos alas de ángel, aquellas bolsas fueron más elocuentes que megáfonos. Era un David sin honda ni piedra contra Goliats de acero. Con una bolsa en cada mano, formaba la balanza de una nueva estatua de la Justicia. Frente al poder desmedido de los cañones, él sólo pone su cuerpo de silencio, la pasión de su no-poder capaz de colapsar la mayor dictadura del planeta. Hay cosas que sólo el amor puede hacer.

No se sabe a ciencia cierta qué fue de él. Se dice que le detuvieron al momento y lo encarcelaron; que lo ejecutaron sin juicio. Otros dicen que vive en Taiwán u oculto por el continente sin que nadie sepa quién es. No quiso ser héroe ni mártir sino lo más potente de todo: un cualquiera de nosotros. Por eso no puede morir: porque nos llama a serlo cualquiera, lo somos cada uno y lo somos todos. Quién sabe si ya en nuestra común vida diaria estamos sintiendo que también nosotros tenemos que salir al paso para cortar la espiral del mal. No hay que ir a conflictos extraordinarios: hay muchas cosas acorazadas que necesitan ser paradas. No tendremos que tener preparado para entonces un gran discurso ni fuegos artificiales en cada mano sino simplemente el peso de las bolsas de la vida; tan sólo nuestro cuerpo pobre, humilde y anónimo pero capaz de ponerse en medio entre la vida y la muerte. Sólo falta que pongamos tal calidad de presencia que detenga la furia de lo malo.

"The Tank Man", de Charlie Cole (1989)
“The Tank Man”, de Charlie Cole (1989)

The Tank Man es un paradigma del compromiso frente a las máquinas que machacan, las políticas que dejan morir, los tanques de gente encerrada en sí misma que pasan por encima de cualquiera. Nuestro mundo tiene máquinas de guerra y abuso cada vez más globales, más blindadas y anónimas. Y el mundo necesita personas cada vez más armadas sólo con el corazón en la mano, mostrarnos tan humanos que se paren los carros del combate.

Al Tank Man no le pesaron las bolsas ni esperó a tener las manos totalmente libres. Se encontró frente a ello y no dijo “ahora no puedo”, ni “ya volveré” ni “no me viene bien”. Iba cargado con sus bolsas diarias pero no tan pesadas para no poder comprometerse. The Tank Man es hombre de siempres: ese tipo de gente que siempre está sirviendo en todo a cualquier hora cuando se le necesite. Necesitamos gente de siempres. The Tank Man nos enseña a poner libertad allí donde quiere mandar el miedo. Debemos luchar, denunciar, demandar, hacer cumplir los derechos de la vida. Pero finalmente sólo con el no-poder del Tank Man se logran desacorazar los corazones. Es una parábola de la mayor Pasión.

(El artista madrileño Fernando Sánchez Castillo hizo en 2013 la estatua de la foto que acompaña este texto, expuesta en el Centraal Museum de Utrecht. Tres fotógrafos tomaron instantáneas el momento desde lo alto del Hotel Beijing y la foto de este texto es de Charlie Cole).

2 Comentarios

  1. Un post absolútamente espectacular. Gracias Fernando¡¡

    El extraordinario poder del “no-poder”.

  2. Un post brillante, que da mucho para pensar: “en qué punto se puede romper la cadena del mal”

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