La Navidad es el futuro

Estos días de la Pascua de la Navidad -ese paso grande, terrible, clave de todas las cosas, por el que la divinidad se encarna en el vientre de una chica judía de hace dos mil años, en la Galilea periférica, Galilea de los gentiles-, el misterio de la existencia humana se multiplica hasta lo infinito al cruzarse con el misterio del Dios que anuncia el cristianismo.

Yo miro la realidad de mi carne y quedo fascinado por la riqueza de enigmas y misterios que me manifiesta -mi propia carne no me es precisamente transparente-. Ella me sitúa en un rincón del mundo y en un lapso del tiempo de la historia; pero lo hace como carne regalada a mí por la serie inmensa de mis abuelos y, como aún decía santo Tomás, por el Sol y los movimientos de los cielos, o sea, por la gigantesca historia de la naturaleza, de los elementos, de lo ignoto de la materia.

Al mismo tiempo, en el corazón de esta carne va mi alma, perpetuamente ahora y aquí, por más que cambien los lugares de mi cuerpo y por más que desfilen hacia el pasado las cosas y las experiencias. Juntas las dos, el alma y la carne, van madurando, van luego envejeciendo, porque se enriquecen de tanto beber el sentido bello o terrible de la realidad entorno, de tanto responder a este brebaje con el ímpetu de la acción que guía el alma y ejecuta la carne. Y esta respuesta continua y de tantos varios modos y matices es siempre deficiente aunque no siempre tiene una raíz torpe. Hay debilidad, hay límite, hay maldad, hay fantasía y sueños, hay ímpetus de amor, hay inteligencia, hay esperanza y confianza; hay, sobre todo, relación con muchas otras personas e incluso la fecundidad de los hijos y los nietos, carne de mi carne y alma de mi alma a la vez que carne y alma de la madre amada.

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Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco, dice el Señor del Ser sobre cada humano, porque lo ha dicho primordialmente sobre la persona del Hijo, que vive en alma y carne en medio de su nación y de su tradición religiosa. El Padre del Ser ama la carne y ama el alma del hombre, con las que se ha identificado el Hijo para manifestar que toda esta limitación cargada de naturaleza, de historia personal y colectiva, puede ser salvada porque es plenamente capaz de que Dios se adentre en su densidad, hasta los bordes mismos (las tentaciones) de la miseria de todos los que pecamos.

¡Qué necesidad tan grande de pensar y de actuar a la luz excesiva de esta verdad! Incluso quien no pueda aceptarla -y será porque le parezca demasiado maravillosa y demasiado deslumbradora-, se verá irremediablemente atraído a probarla en su vida como una mera hipótesis: ¿y si fuera verdad?

Lejos de ser una antigualla pueril, el cristianismo está -exageremos noblemente- por descubrir aún, tanto en su sentido práctico como en su sentido especulativo. Es el futuro, es la utopía que calienta el corazón y que inspira el valor de la pobre carne y la decisión de la pobre alma que arrostra el dolor, la muerte, el arrepentimiento y la ignorancia hasta saltar a la vida de Dios gracias a que Dios saltó a nuestra vida.


Imagen tomada de: thebeausejourpulpit.files.wordpress.com

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