La idea de la igualdad de todos ante la Ley, va contra la naturaleza humana.

Lo natural es tratar mejor a los que por una u otra razón tenemos más cerca: nuestra familia y nuestros amigos, los de nuestra región y nuestro club de fútbol, los connacionales, los de nuestro modo de vida, los simpatizantes del mismo partido,  los del mismo género, los que son como nosotros en cuantos más aspectos mejor.

Somos naturalmente tribales. Tratar a todos por igual, según las mismas reglas, es una cosa muy rara. Constituye un tour de force de la razón contra nuestras inclinaciones afectivas espontáneas, que nos llevan a ser familistas, amiguistas, sexistas, clasistas, racistas, nacionalistas… cada cosa de ellas con mucho sentimiento. Se nos aguan los ojos, que dirían en Venezuela, por “los nuestros”.

Y sin embargo, esas inclinaciones afectivas tan naturales, tan profundas y sentidas, constituyen la clave de la injusticia. Hacen un mundo en que se mide con una vara distinta según de quién se trate, un mundo donde lo esencial no son las normas iguales para todos sino los contactos y las pertenencias de cada cual, un mundo donde los pobres están fastidiados, porque no conocen suficiente gente importante que les haga el favor de ponerles del lado bueno de la tostada.

También es un mundo de fragmentos y fronteras, donde la acción colectiva resulta muy difícil porque si no divides por un aspecto, divides por otro, y así haces imposible la cohesión que permitiría actuar juntos. En ese mundo, los intereses bien organizados, por ejemplo los agentes de los grandes capitales oligopólicos, hacen fiesta en mercados irreversiblemente globales donde la acción política de todos (¡hasta la europea!, seamos menos ambiciosos) es tan compleja de construir. Ganancias este trimestre y que se hunda el mundo el siguiente, que los demás están entretenidos con los populismos, nacionalismos, o racismos de moda en cada sitio.

Un mundo injusto por dos capítulos entonces, los dos nacidos de la prioridad a los nuestros. El cristianismo propone una solución: los nuestros son todos. Todos hermanos, porque todos somos hijos de Dios. Abajo las fronteras, las barreras, las diferencias en reglas para unos y para otros, las ligaduras que bloquean la acción juntos. Abajo, desde dentro de la persona hasta las instituciones políticas y económicas.

La justicia, que es la razón, construida por un corazón nuevo. Personas que ya no sienten por su tribu sino por la Humanidad, que están felices de ser metidas en el mismo saco con los peor conectados, que disfrutan y construyen un mundo de gente realmente igual, y no aspiran al “nos iría mejor solos, nosotros que somos tan majos”. Una naturaleza humana distinta, transformada por quien se hizo “uno de tantos” (Flp, 2,6-11) para mostrarnos un camino. No nuestra naturaleza espontánea, sino una nueva donde el sentimiento impulse, en vez contradecir, a la razón y la justicia.


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