Hace poco conversaba con un joven andaluz sobre la muerte de su mejor amigo. Traté de escuchar, de sentir su dolor y de compartir algún consejo que me parecía sensato y esperanzador. Ironías de la vida, justo un día después fallecía un gran amigo, Félix Palencia, jesuita mexicano.

Cuando a alguien que queremos se le diagnostica una enfermedad grave, aunque no lo deseamos y apostamos por la recuperación de la salud, en el panorama aparece la opción de la pérdida definitiva. Cuando la muerte llega sin avisar, de manera sorpresiva, se desajustan los esquemas, un balde de agua fría congela el instante en que nos enteramos, viene la negación y el deseo de que sea una broma de mal gusto. Nos invade el dolor y visita la impotencia pues quisiéramos despedirnos con un abrazo, o simplemente no despedirnos sino retener a nuestros familiares y amigos, no queremos que se vayan, pero ya no se puede.

Sin embargo la vida es frágil. A cada momento estamos a expensas de la tragedia. No es para vivir con paranoia, tampoco para sumirnos en un ‘disfruta’ sin medir consecuencias. Todos somos vulnerables. La vida es como un mar que por lo regular está tranquilo, pero a veces trae tormentas con oleaje devastador. En ocasiones vemos cómo las olas revuelcan a otros, y a veces esas olas caen sobre nosotros.

Dentro del dolor de la semana pasada, algo que me ayudó a contrarrestar el hundir el dedo en la llaga cuestionándome el porqué de la muerte, fue preguntarme: ¿Para qué vivió? ¿Para quién vivió? ¿Por qué o para quién valió la pena la vida de mi amigo?

En este aspecto, la pena que traigo, vale primero por el cariño y el agradecimiento que siento a que el buen Félix se haya cruzado en mi vida. Mucho conversamos. Mucho me ayudó. Me enseñó más que con palabras, con su vida, a ser jesuita. Félix dio su vida por los presos y por los pobres. Esta entrega le brotaba de manera auténtica y espontánea, desde lo más profundo del corazón, tanto por su manera de ver, conocer, amar y seguir a Jesús, como por solidaridad y por ser un hombre compasivo. Este contemplar que, en mi historia y en la de otros, mi amigo fue una bendición, ha hecho que poco a poco el dolor comience a transformarse en agradecimiento.

Por la fe, por lo que creo, me atrevo a intuir esta certeza: Creo que mi amigo está bien. Creo que al terminar esta vida regresamos con Papá (así le decía Félix a Dios, de mismo modo que Jesús le decía Abba). Creo que mi amigo ya está en la plenitud. Creo también que, a quienes lo extrañamos, él desde allá nos anima, nos echa porras y nos invita a levantarnos. Creo también que algún día lo volveré a ver, cuando me toque cruzar a la otra orilla. Fue tan amigo en esta vida, que seguro me estará esperando en la puerta de la eternidad. Por eso, creo que la mejor manera de rendirle homenaje a quienes se nos han ido, es siendo ahora nosotros bendición para los demás. Nos pasan la estafeta.

Félix alguna vez imagino una carta de Jesús despidiéndose de María, que termina con este párrafo: “Yo siento en mi corazón como me quiere Diosito y sé que a todos los quiere; pero muchos no se dan cuenta y yo voy a decírselos. Él quiere que todos seamos hermanos y que nadie quiera estar encima de los otros: por eso voy a ponerme debajo de todos para decírselos a todos. Te agradezco mucho la vida que me diste, ahora yo voy también a dar la vida a todos para que todos tengan vida y hasta les sobre”.

También actualizó (y transcribió al castellano que hablamos en México) la oración de San Ignacio:

Yo te entrego,

Padre Bueno,

mi libertad, mi mente y mis anhelos;

mi corazón, mi ser y mi persona,


y todo lo que tengo.

Tú me lo diste todo;

a ti te lo devuelvo:

haz de lo mío lo tuyo,

y tú dispón de ello.

Ya lo demás me tiene sin cuidado …

Regálame sólo esto:

que tú y yo nos queramos …

que siempre seamos amigos,

y mi vida estará llena de Esperanza. 

Para que el duelo valga la pena, y para que la pena valga y tenga sentido, en estas oraciones quiero depositar mi apuesta de vida.

@elmayo