Por Lola Jara Flores, cm

SANTA TERESA, TRANSPARENCIA DE LA MISERICORDIA
“MIREN LO QUE HA HECHO CONMIGO”

Santa Teresa considera toda su vida como un milagro de la misericordia divina y así lo constatamos cuando leemos que titula el libro de su vida: “De las misericordias de Dios” (Cta 415, 1). En el Libro Vida manifiesta que escribe para que se vea la gran misericordia de Dios y la ingratitud de ella (Cfr. Vida 8, 4). Por eso, se atreve a decir: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar!” (Vida, 14, 10-11; cf. 19, 5; 7, 22).
Cada página de este libro es un canto a la misericordia que experimenta honda y profusamente en su relación de estrecha amistad con Dios: “Por cierto que es grande la misericordia de Dios. ¿Qué amigo hallaremos tan sufrido? (Meditación de los Cantares 2, 21); y porque sabe que sin la conciencia convencida de la misericordia divina no se puede mantener el ánimo ni “la determinada determinación” para seguir radicalmente a Jesús: “Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para poderos mejor alabar a Vos. Que estando en mí, sin Vos, no podría, Señor mío, nada” (Vida 14,10-11; cf. 7 M1, 1).
Ante la clarividente visión de su propia debilidad y limitación se le presenta la misericordia divina como un mar de consolación en el que ella se sumerge para salir renovada, liberada, ensanchadas la mente y el corazón a la par que la llena de asombro: “Y ¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y tan crecida merced a quién te ha traicionado con traición tan fea y abominable? ¡Que no sé cómo no se me parte el corazón cuando escribo esto! ¡Porque soy ruin!” (Vida 19, 6). “Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia” (Vida 4, 10)
Santa Teresa es como una esponja de la Misericordia divina. Y como recipiente preparado para acogerla comprueba que Dios «nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias» (Vida, 19, 15). Su propia experiencia nos da la clave para abrirnos al don de Dios: “Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud…. Miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme, no nos cansemos nosotros de recibir”. (Vida, 19, 15), que tenemos capacidad infinita. Porque el alma se dilata o ensancha en la medida que recibe (4M 3, 9; CV 28, 12).
La experiencia de verse inundada por la misericordia sin tasa del Señor la conduce a estar cerca del prójimo, con amor desinteresado, libre de egoísmo, practicado con obras y no sólo con sentimientos: “obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma” (5M3, 11). Amor sacrificado, como el de Jesús, verdadero “capitán del amor” (C 6,9), acogiendo y perdonando de corazón como se siente amada y perdonada (Cf. 1M1, 3, cf. 5 M 4,10). “No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno” (CV 36, 12).