La misericordia en san Francisco de Asís

Por Mikel Hernansanz, OFM

Otoño de 1226. Asís. Francisco es trasladado a su ciudad natal desde Siena, donde ya los médicos de la época apenas han podido hacer nada por él. Prácticamente ciego a consecuencia del sol ardiente que sufrió en Damieta, cuando trató de reconciliar al sultán de Egipto con las huestes cristianas. Apenas unos pocos días antes de su muerte, pidió a un hermano que escribiera los trazos gruesos de una vida que comenzaba a apagarse, como si quisiera acudir más ligero al encuentro con su Señor, tan deseado por él. Aquel escrito, biografía y testamento, comienza precisamente así:

“El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, la gracia de comenzar a hacer penitencia: Cuando estaba todavía en pecados, me parecía extremadamente amargo ver leprosos; pero el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después esperé un poco y dije adiós al mundo que había vivido hasta entonces”.

Francisco de Asís no conquista la misericordia, más bien se encuentra con ella, la recibe, “es conducido” hacia ella. Su camino no iba en esa dirección. Es verdad que momentos como el que Francisco recoge en este texto no se improvisan. Atrás queda una búsqueda ardiente por parte de un hombre al que se le han caído todos los sueños. Ni logró ser un gran caballero, ni triunfó como hijo de comerciante en Asís, ni gozó de una salud de hierro. La misericordia brota en Francisco en una situación de rompimiento. Derrotado en la batalla de Perusa, enfermo, encarcelado, comienza un camino que va “de insatisfacción en insatisfacción”, de “búsqueda en búsqueda”. En este mismo relato recuerda Francisco el desconcierto de aquellos tiempos: “Y nadie me revelaba qué tenía que hacer”… hasta que la misericordia de Dios se coló por las grietas de su fragilidad vital.

11Dos hechos se van a convertir en las luces que alumbrarán toda su vida: el encuentro con el Cristo de la pequeña ermita de san Damián y este otro encuentro que acabamos de referir, con el leproso. Variaciones sobre un mismo tema: la misericordia recibida y la misericordia practicada.

En el encuentro con el Crucificado de san Damián (1205), Francisco comienza a abismarse de la misericordia inabarcable que Dios ha tenido con sus criaturas. Un Dios que se encarna en Belén y que va a la cruz por nosotros es algo que a Francisco le pasma y que, durante toda su vida, no dejó de sorprenderle hasta dejarle sin palabras. Y este asombro incontenible será el origen de todos sus poemas, de sus cantos de alabanza, de su hermanamiento con toda la naturaleza, de su tarea de reconstruir iglesias, de reparar la Iglesia, de su pobreza amada. Cruzará dos palos en forma de violín para cantar semejante derroche de misericordia. Quizá fue esta luz la que permaneció encendida en los momentos en los que las cosas se le pusieron muy negras en su vida y en la vida de los hermanos. Que, ciertamente, los hubo.

leproso2El otro encuentro, el del leproso, sucedió ese mismo año. Y fue la chispa que prendió todo el combustible que su larga búsqueda iba almacenando en su interior. Francisco habla de un “antes” y un “después”. Aunque todo fuera asentándose poco a poco. Habla de que lo “amargo” de antes se le volvió ahora “dulzura del alma y del cuerpo”. Y en medio, un Dios que le fue condiciendo hacia aquel beso que Francisco dio a un leproso anónimo, en las afueras de Asís. ¡Aquel beso! La misericordia recibida se le tornó en misericordia practicada, concreta, encarnada.

Francisco recuerda muy bien aquel beso. Porque marcó el arranque de lo nuevo en su vida. “Practiqué misericordia” recuerda. La misericordia cambió sus sentidos (lo amargo se hizo dulce), cambió sus valores (animando a sus hermanos a “gozarse, cuando conviven con personas socialmente viles y despreciables, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos del camino”), cambio su modo y lugar de vida (“no sólo acudió a ayudarles sino que comenzó a morar entre ellos”). Descubrió bajo los harapos del leproso a una persona tan frágil como él, tan “bienamada” como él. Descubrió bajo su fragilidad la debilidad que Dios siente por sus hijos vulnerables. Descubrió la misericordia y, desde entonces, su deseo no fue otro que tratar de acogerla, agradecerla, cantarla y ponerla en práctica.


Cuadro de portada: Zacarías González Velázquez. “San Francisco besando a un leproso”,  Basílica de San Francisco el Grande, Madrid.

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