La misericordia en la tradición metodista (“wesleyana”)

Por D. Stephen Long. Profesor de Teología. Southern Methodist University (Dallas, Texas).

La misericordia es, en primer lugar y ante todo, en la tradición metodista (wesleyana), el despliegue de quién es Dios, tal como se descubre en el Sermón del Monte. John Wesley escribió (y predicó) trece sermones sobre el Sermón del Monte. En el primero de todos, sitúa quién es el que habla en el Sermón. Es “la Sabiduría eterna del Padre… que sabe cómo nos situamos ante Dios, ante cada cual, ante toda criatura que Dios hizo”. Esta “Sabiduría eterna” es también la “Ley eterna”. En otras palabras, Jesús como la Segunda Persona de la Trinidad es el “proyecto original” para la creación. Es la “sabiduría” y la “ley” que la regula. La ley, por supuesto, fue dada a Moisés e Israel para hacer santo el nombre de Dios en la creación. Wesley conecta esta entrega de la ley en el Monte Sinaí con Jesús llevando la ley a plenitud, tanto en el Sermón como en su persona.

Ambas se unifican, ya que las seis primeras bienaventuranzas (pobreza de espíritu, sufrimiento, mansedumbre, justicia, misericordia y limpieza de corazón) son la autobiografía de Jesús. Son lo que él es, no solo en su misión hacia el mundo, sino en su esencia divina. Wesley afirma: “Ahora esto es su santidad eterna, esencial, inmutable; sus infinitas justicia, misericordia y verdad” (Works of John Wesley, volumen 1, p. 452). La séptima bienaventuranza, la construcción de la paz, es el despliegue misional de la santidad divina en el mundo. Dios nos reconcilia consigo mismo y con cada uno en la medida en que participamos en la “justicia del Señor”, que es la santidad divina.

the-general-rule-of-discipleship-3
La “Norma General del Discipulado” metodista (2012), actualización de las “Normas Generales” de John Wesley

Wesley también se refiere a las bienaventuranzas como “la religión del corazón”. Ésta no es una genérica orientación existencial hacia Dios, sino la santidad divina de Jesús. E incluye las bienaventuranzas que, mediadas a través de su perfecta actuación humana, ajustan esa justicia a la creación en su vida, sus enseñanzas, su muerte y su resurrección. Para Wesley, la “religión del corazón” es el propósito de la vida cristiana; todo está orientado a ella, que él identifica con la “misericordia” y con la “caridad” (Obras, vol. 1, p. 499). La doctrina cristiana, la liturgia y la práctica sacramental, así como las leyes y normas que constituyen el cristianismo y la tradición metodista, tiene un sentido. No son fines en sí mismos, sino medios para  impulsar lo que más importa: la “religión del corazón”, que no es otra cosa que la misericordia y la caridad.

Wesley podría ridiculizar una “religión desnuda y formal” como débil e ineficaz. Afirmar la doctrina, observar la ley y atender al culto son, por supuesto, buenas prácticas, pero si no infunden misericordia y caridad en el corazón, entonces no sirven a su propósito apropiado. Aquí viene lo más interesante: Aunque Wesley argumentó que podrías observar la doctrina, la ley o el culto sin la religión del corazón, nunca argumentó que podrías tener la religión del corazón sin las obras exteriores de la doctrina, el culto y la ley; éstas son los medios ordinarios.

Por este motivo, la misericordia es una obra que uno hace, esté o no el corazón puesto en ello. Quizá la mejor explicación de cómo funciona esto la encontramos en el precioso libro de Jennifer Herdt, “Poner en práctica la virtud”. Tal como ella lo formula, “la virtud es performativa en la medida en que se adquiere actuando virtuosamente” (p. 147). Uno no espera a ser virtuoso hasta que posee perfectamente las virtudes; uno actúa virtuosamente, siempre con cierta inadecuación, para “poner en práctica” las virtudes. Uno se convierte, eso esperamos, en lo que hace. Wesley, en cierta ocasión, dio el siguiente consejo a una persona: “Predica la fe hasta que tengas fe; y entonces, porque la tienes, predicarás la fe”. Lo mismo podría decirse acerca de la misericordia: “practica las obras de misericordia hasta que tengas misericordia y entonces practicarás las obras de misericordia porque la tienes”.

wesleyHay un método a este “poner en práctica” la virtud. Las Normas Generales se dieron a los metodistas para que pudieran ejercitar las obras de misericordia y, así, hacerse misericordiosos. No debían esperar a que fuesen perfectos para hacer estas obras, sino que debían practicarlas en la esperanza de que la justicia de Cristo se convirtiera en su propia justicia.

Las “obras de misericordia” siguen jugando cierto papel en el metodismo contemporáneo, pero no tan central como fue en otra época. Perdimos las Normas Generales y en su lugar la “religión del corazón” se volvió un asunto más individual y existencial. En décadas recientes ha habido un esfuerzo sostenido para recuperar las Normas Generales y las obras de misericordia como parte de la disciplina metodista. Esta recuperación puede encontrarse en grupos de compromiso que se reúnen semanalmente y confiesan cómo encuentran que sus vidas están dirigidas por la misericordia divina y cómo han fallado en seguir esa guía. La misericordia, pues, es en primer lugar y ante todo, una perfección divina. Es lo que Dios es en la santidad de Dios. Pero, como tal, también es un modo de vida que Dios quiere compartir con nosotros a través de Cristo y del Espíritu Santo. No debemos esperarlo pasivamente sino que debemos comprometernos con las obras de misericordia, siguiendo a Cristo y respirando el Espíritu.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here