Por la Comunidad de Monjas Trinitarias del Monasterio de Suesa. 

Escribimos esta colaboración en el día de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos.

Seguramente, de una u otra manera, la palabra “misericordia” acompañará a todos los carismas de la vida religiosa, y también al nuestro, desde luego.  La Orden Trinitaria está indisolublemente unida a la circularidad (al estilo de Dios Trinidad), a un amor compasivo de ida y vuelta que circula, y que lo hace con mayor exquisitez y detención al pasar por los corazones de quienes viven en la miseria de la injusticia, la pobreza, la violencia, la falta de libertad y la tiniebla.

La Orden trinitaria tiene su clarear en las postrimerías del siglo XII como respuesta misericordiosa ante tantas personas que corren el riesgo de perder su fe en Cristo. Es tiempo de cruzadas y numerosos combatientes son apresados en zonas musulmanas y obligados a apostatar o a ser rescatados a cambio de un dinero muchas veces imposible de conseguir.  Los frailes trinitarios, junto con las monjas, buscan ese dinero soñado. A lo largo de los siglos serán muchos los rescatados por nuestra orden, entre ellos el insigne Miguel de Cervantes.  La economía de la casa se dividirá en tres partes, una para la redención, otra para el mantenimiento de la comunidad y la tercera para “obras de misericordia”.

Desde los orígenes de la Orden, la idea del fundador es romper con la grandiosidad de las abadías y monasterios, por eso busca comunidades pequeñas, donde la fraternidad sea mucho más fácil de vivir. Tal es así que a los conventos se les llamará “domus trinitatis”, casas de la Trinidad, y al superior, ministro, esto es, servidor. Todo ello va colocándonos en un estilo de vida cercano, sencillo, preocupado por la igualdad y la horizontalidad.

Anejas a esas “domus trinitatis”, encontramos pequeños hospitalillos donde la vivencia de la misericordia es más visible. En estos lugares se recuperan muchos de los que fueron rescatados y también es lugar de acogida para huéspedes y peregrinos en búsqueda a través de los diferentes caminos de la geografía terrestre y la geografía del corazón.

Quienes ostentamos este nombre de trinitarias o trinitarios nos consideramos “redentores heridos”.  Nos hiere el dolor, tan actual en este 2015, de tantas hermanas y hermanos que son perseguidos, como hace 800 años, por causa de su discipulado.  Nos hiere la soledad y vacío de tantos hombres y mujeres encarcelados, de tantas personas presas del sinsentido y de la vacuidad. Sabemos que de poco sirve nuestra acción misericordiosa si no va acompañada de una oración del mismo calibre, aun mayor.  Dios Trinidad en el centro de nuestra vida, acompañando y alentando, empujando hacia una mañana mejor. Nuestra misericordia va cortejada de un corazón vulnerable, incluso vulnerado por tanto sufrimiento. Reconocemos nuestra vulnerabilidad y ello es la primera enseñanza para poder ser auténticas “casas de la Trinidad”, verdaderos espacios de acogida, de ternura, de servicio.

Los hermanos y las hermanas de la Orden de la Santísima Trinidad vivimos nuestro carisma como respuesta a un anhelo profundo del corazón, a un deseo expreso de la Ruah Santa. Pero sabemos bien que no somos dueños de todo esto, por eso trabajamos confiadamente y volvemos los ojos hacia Dios Trinidad, que es quien tiene la verdadera capacidad de devolver su color a un mundo en ocasiones demasiado agrisado.