“…Porque el amor lleva la carga sin carga…” Misericordia claretiana

Por Rosa Ruiz, rmi

Seguramente, si preguntáramos un sinónimo de misericordia, la mayoría diría “perdón”. Y ciertamente, es un tema crucial. ¿Quién no identifica dentro de sí la huella que ha dejado algo o alguien que aún no hemos podido perdonar? ¿Quién no ha tenido la suerte de encontrarse con alguien que te restituye la alegría, la serenidad y la vergüenza, simplemente porque ha acogido algo de ti que ni tú mismo podías soportar?
Pero, ¿de qué nos serviría que nos perdonaran, como quien condona un pago en una ventanilla?, ¿qué clase de libertad nos daría perdonar el mal recibido si fuera un simple acto de justicia objetiva? No… El perdón va implícito con el amor. Nos conmueve el perdón porque quien nos perdona nos ama más allá de nuestros límites y miserias. Sin intereses. Y esa gratuidad del amor es impagable.
San Antonio Mª Claret, iniciador él mismo de la misericordia claretiana, además de ser un incansable predicador y misionero apostólico, era un cuidadoso confesor. Él mismo cuenta en su autobiografía cómo aquellos que se encontraban con confesores “iracundos y de mal genio que no hacían más que regañar… quedaban tan desconsolados, que para tranquilizarse se venían a confesar conmigo” (Aut 377).
compasion abrazoLa mayoría de nosotros y todas nosotras –mujeres-, al menos por ahora, no vamos a confesar a nadie. Pero esta obsesión de Claret por cuidar a quien sentía necesidad de pedir perdón provenía de un profundo sentimiento de compasión y ternura por los demás. Y esta actitud sí que puede ser una sugerente propuesta para todos. Es la capacidad de dejarnos con-mover por el sufrimiento ajeno de manera que siempre “pese” más la persona que sus obras y por eso, respondemos. No por venganza, no por justicia, no por querer ser maestros de nadie. ¡Por amor! “La razón es que yo soy de corazón tan tierno y compasivo que no puedo ver una desgracia, una miseria, que no la socorra” (Aut 10). No en vano, el lema del escudo arzobispal de Claret fue: El amor de Cristo nos urge. Todo límite, todo error, todo mal es antes o después, lugar de sufrimiento. Elegir cargar con ello, con amor o sin amor, lo cambia todo.
Diréis que es lo de siempre: el amor… ¡Pues sí!, ¡es lo de siempre! Pero cuánta necesidad tenemos de “retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos” (MV 10). Cuando el P. Claret habla de las principales virtudes que debe tener un misionero no prioriza la capacidad de predicación, de visión pastoral, ni siquiera de disponibilidad para ir a cualquier lugar (aunque todas sean importantes): “La virtud más necesaria es el amor. Sí, lo digo y lo diré mil veces: la virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor” (Aut 438). Quizá este año de la Misericordia nos ayude a recordar algo tan simple: ¿de verdad creo que la virtud que más necesito es el amor?, ¿acaso no tendemos a poner por delante otros valores incluso en nuestra súplica? Nuestras acciones sin amor son como “si un hombre tirara una bala con los dedos… bien poca mella haría” (Aut 439). Y así es: qué poca mella hacemos tantas y tantas veces… cuánta bala perdida…
Amemos. Amemos más. Una y mil veces. Amemos siempre y dejémonos amar. Pongamos “la casa patas arriba” para poder dar respuesta a quien lo necesite. Porque como también decía Mª Antonia París, fundadora con Claret de las Misioneras Claretianas, “el amor lleva la carga sin carga y aunque sea muy pesada con el amor no lo sentimos” (Oración de la mañana). No deja de pesar… pero no nos carga. Definitivamente, si algo cambia el amor es el “peso” que damos a las cosas. Prueba.