La misericordia en la era digital

La misericordia siempre ha sido una virtud importante en la historia de la filosofía moral y lo será más todavía en la era digital. El papa Francisco ha empeñado este año de su pontificado en la promoción, exaltación y aplicación de la misericordia como virtud central sobre la que tiene que girar toda la acción pastoral. Con ello se produce un doble efecto: por un lado, la iglesia católica se ve obligada a reconstruir todas sus propuestas de actuación en clave de misericordia, y por otro, el resto de comunidades religiosas, culturales o socio-políticas se ven interpeladas por el horizonte de la misericordia.

A nivel eclesial nos esperan semanas llenas de documentos, textos y discursos en los que inmisericordemente nos mencionarán la misericordia. Empezando por el Antiguo Testamento, continuando por el Nuevo Testamento y terminando en el Concilio Vaticano II, nuestras comunidades presumirán de estar en sintonía con Francisco. La misericordia se convertirá en una referencia tan utilizada y gastada que al final del año de la misericordia tendremos que preguntarnos, ¿en qué se ha notado tanto uso del término misericordia en nuestras celebraciones y prácticas?, ¿nos hemos limitado a desarrollar todo el potencial estético litúrgico que tiene esta categoría teológica sin desarrollar su potencial ético, cultural, jurídico y político?

Mientras preparamos todo en clave de misericordia, nuestros compañeros de claustro, nuestros alumnos, nuestros hijos y nuestros vecinos nos seguirán catalogando como “frikis de la misericordia”. Nos dirán que ese término no está de moda, que para enrollarse hoy debemos hablar de solidaridad, bienestar, felicidad, sostenibilidad, dependencia, o incluso mindfulness, un término mágico y seductor que está arrasando en esta sociedad terapéutica. Incluso nos dirán que un buen programa de Programación Neurolingüística (PNL) o de Couching ecuménico podrían ser más útiles que tantos discursos, papeles y documentos sobre la misericordia.

Ha llegado el momento de pensar la misericordia con categorías culturales nuevas, en contextos culturales complejos y ante desafíos ético-políticos nuevos. Por tanto, también la misericordia en la era digital. La era digital está transformando radicalmente nuestras vidas, también está transformando radicalmente nuestros discursos. Y deberíamos preguntarnos si está transformando radicalmente nuestras prácticas e incluso nuestros corazones. ¿Acaso la aceleración no modifica drásticamente la duración, densidad y gravedad de nuestras relaciones? ¿Acaso no hemos sustituido las experiencias de misericordia compasiva por las vivencias de filantropía solidaria? ¿Acaso no deberíamos cuestionar las coordenadas de nuestro cortoplacismo educativo y cultural por una nueva forma de afrontar la brevedad del tiempo vivido?

Si queremos hablar de la virtud de la misericordia y nos empeñamos en la utilización de las categorías morales tradicionales que nos recuerdan las famosas “obras de misericordia” (perdonar, corregir, consolar, enseñar….), no basta con la modificación de nuestros lenguajes, tenemos que atrevernos a modificar nuestras prácticas y las de nuestras instituciones. Hemos construido instituciones despiadadas, nuestras administraciones, empresas, colegios, organizaciones y hasta parroquias se han sometido a la tiranía de la racionalización, modernización y burocratización. Nada queda fuera de una razón unidimensional moderna presidida por la eficiencia, la eficacia y la utilidad.

Es hora de preguntarse por otro tipo de razón menos unidimensional y con mayor capacidad para cuestionar las moderneces de instituciones despiadadas. No estaría mal que reconstruyéramos la virtud de la misericordia en la era digital y empezáramos dialogando con autores como J. Habermas, Ch. Taylor, P. Ricoeur o el propio Alasdair MacIntyre quien no hace muchos años nos recordaba que no solo somos animales racionales sino “dependientes”. Nos recordaba las reflexiones que Santo Tomás hacía sobre la misericordia. Decía Santo Tomás que la virtud de la misericordia se orienta a aquellas personas que, sean quienes sean, se sienten afligidas por algún mal importante, “especialmente cuando no es producto de sus decisiones”. Misericordia es un sentimiento de dolor o pesar por la aflicción de otra persona en la medida en que su dolor se entiende como propio. Para ello debemos reconocer no solo que existe un vínculo anterior con el otro, sino que su aflicción o dolor podrían haber sido los nuestros.

Esta afinidad con el otro no es la de quienes se sienten socios en instituciones cerradas, sino la que quienes se sienten prójimos en comunidades abiertas. Además, es la afinidad de quienes reconocen la fragilidad y vulnerabilidad de su voluntad. Quizá haya llegado el momento de perfeccionar los mecanismos habituales de la justicia global y plantearlos en términos de proximidad, cuidado y generosidad. Tarea apasionante y difícil para estos disidentes de la cultura unidimensional, estos frikis de la misericordia.

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