La misericordia en el Camino

Por Javier Aparicio Suárez, OSB.  Prior del Monasterio de San Salvador del Monte Irago. Rabanal del Camino (León)

“… y jamás desesperar de la misericordia de Dios” (Regla de San Benito 4,74)

El Capítulo 4 de la Regla de San Benito está dedicado en su totalidad a la enumeración de los instrumentos con los que el monje ha de crecer en la caridad. Al comienzo y al final del mismo nos presenta el amor a Dios y la misericordia de Dios como principio y final de toda vida monástica, y no solo como un compendio de “instrumentos” con los que ganar y conquistar la respuesta de Dios.

El ábside de nuestra vieja iglesia de Rabanal presenta una impresionante grieta que lo atraviesa desde la parte superior hasta prácticamente el inicio del muro absidial. La fábrica original no fue capaz de soportar todo el peso superior que se dejaba caer sobre la seatera central. Desde la nave tan solo el Cristo crucificado rompe la visión total de la que bien podría considerarse una ruina. A lo largo de los años la mirada contemplativa del peregrino que camina hacia Santiago me ha enseñado a descubrir la belleza de esta ruina como metáfora de nuestra propia vida, rasgada por nuestra miseria y fragilidad. Sin embargo, toda nuestra vida se muestra diferente cuando se contempla y se ve desde la perspectiva del Crucificado, del Cristo clavado en la Cruz .

Ábside de San Millán (Segovia). Foto de A. de Torre http://www.elnortedecastilla.es/20081218/segovia/parroquias-millan-trinidad-reclaman-20081218.html?email=
Ábside de San Millán (Segovia). Foto de A. de Torre http://www.elnortedecastilla.es/20081218/segovia/parroquias-millan-trinidad-reclaman-20081218.html?email=

El ábside de nuestra iglesia es un espejo de esa nuestra propia vida. Uno puede y debe ver todas y cada una de las grietas, el paso de los años, los pesos y las cargas, el pecado y nuestra debilidad… pero a través de Cristo, esa misma realidad cobra un significado diferente. Porque todo, absolutamente todo en nuestra vida forma parte de la historia que el Dios de la misericordia va escribiendo en nosotros. Todo es motivo de salvación; nada se queda al margen de la misericordia de Dios. El ábside resquebrajado, nuestra propia vida rota y marcada por una historia de desamor, de envidias, de falta de solidaridad, de ceguera, es bella si somos capaces de mirarla a través de la Cruz de Cristo. Es la belleza escondida de saber que la última palabra es la de Dios, que la misericordia se ríe del juicio (Sant. 2,13), que todo está impregnado del amor de Dios, que lo derrama abundantemente sobre nosotros, en el aquí y ahora de nuestra particular historia porque es eterna su misericordia (Salmo 117). Dios es eternamente misericordioso con nosotros tal y como somos, y no tal y como deberíamos ser. Por eso San Benito recuerda a sus monjes que ahora y siempre, estemos donde estemos, y seamos lo que seamos, no podemos ni debemos “desesperar jamás de la misericordia de Dios”.

Junto al ábside de nuestra vieja Iglesia, la comunidad monástica se reúne varias veces al día para dar gloria a Dios en la celebración del Oficio Divino, para contemplar el misterio del amor de Dios, y traer ante su presencia los gozos y las esperanzas de todos los hombres, sus alegrías y sus tristezas. Con nosotros rezan los peregrinos y gentes del lugar, historias como las nuestras de vidas en ocasiones rotas, mas siempre bendecidas por Aquel que cada mañana y cada tarde reza con nosotros y reza en nosotros. Nuestra mirada contempla cada día el misterio de amor que se manifiesta en la Cruz de Cristo. Y la respuesta de Dios no se hace esperar: es el Dios que nace de lo Alto el que baña con su luz la Iglesia, o dicho de otro modo, el que ilumina la oscuridad de nuestro corazón, Aquel que viene en nuestro auxilio, Aquel que rescata mi vida de la fosa (Salmo 103,4), acordándose de la misericordia, según lo había prometido a nuestro padres (Lc1, 54.55).

La misericordia de Dios -en palabras del Papa Francisco-  es como ese sol que nos visita cada mañana, “… una gran luz de amor, de ternura. Dios perdona pero no son un decreto, sino con una caricia, acariciando las heridas del pecado”.

El monje al igual que el peregrino y, en definitiva, todos y cada uno de nosotros hemos de caminar cada día con la confianza de ser acariciados por la mano de Dios. Es la confianza y la certeza de saber que “aunque una madre pueda olvidarse del hijo de sus entrañas”, Dios jamás se olvida de nosotros (Is 49,15).


Este artículo apareció en la revista ‘Razón y Fe’ del mes de diciembre de 2015. Agradecemos las facilidades para publicarlo.

Foto. Un monje atiende a un peregrino italiano en el monasterio de San Salvador de Monte Irago, en Rabanal del Camino. Xurxo Lobato (El País) http://elpais.com/diario/2010/07/24/galicia/1279966701_850215.html

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