La mirada del hambre

No todas las miradas ven, pero a veces de una sola mirada prende todo el sentido de la vida. La mirada atenta es mirar el mundo con los ojos abiertos, donde todos los hilos que tejen la realidad se clavan en la mente y en el corazón. El mundo en el que vivimos nos induce a la mirada fácil y poco profunda, se repiten siempre los mismos eslóganes, tal vez adornados por una retórica más refinada. Es necesario liberar la mirada para no perder la razón y la solidaridad, desplegar la lucidez y el vivir con humanidad ante la indiferencia existencial.

No queremos perdernos detrás de las cifras, pretendemos mirar el sufrimiento de tantas personas, son ellas las importantes. Mirar la realidad sufriente y denunciar las injusticias, no las conciencias indiferentes que miran para otro lado o los poderes económicos que solo se preocupan por acaparar más riqueza. Queremos, con la mirada atenta hacer visible ese mundo de “residuos humanos” (Bauman), esa masa de “poblaciones superfluas”, que globalización ha convertido en no deseados, en personas totalmente invisibles e injustamente tratadas

En el mes de julio de la FAO publicó su informe, denunciando que ha vuelto a aumentar el hambre en el mundo, después de una década de retroceso. Pasan hambre en el mundo 815 millones de personas, un 11% de la población mundial, además de múltiples formas de malnutrición que amenazan la salud de millones de personas.

El informe desvela, que son 38 millones de personas más que el año anterior, debido al mayor número de conflictos bélicos, que se han visto agravados por las malas condiciones climáticas, sobre todo la sequía. Añadir, que desaceleración económica dificulta el acceso de los más pobres a los alimentos.

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Inmersos en la revolución tecnológica todo parece cambiar a nuestro alrededor, pero nada parece tan inmutable como el hambre. La inercia de la comunidad internacional, de los poderes económicos y el cinismo de los políticos, impiden que sea una realidad ya resuelta. No podemos olvidar, que a pesar de las variables climáticas que contribuyen a la hambruna, las causas profundas han sido provocadas por acciones de índole política y social totalmente globalizadas. Ahí está la sobreoferta mundial controlada por las grandes multinacionales de la alimentación o por las áreas económicas más ricas del mundo, así como las políticas draconianas del FMI, que destruyen los tejidos agrícolas y ganaderos de los países más pobres.

Todavía hoy, para vergüenza de todos, la desnutrición infantil crónica afecta a uno de cada cuatro niños menores de cinco años, suman 155 millones. Mientras que 52 millones sufren de desnutrición aguda, lo que significa que su peso es demasiado bajo para su estatura. Casi una tercera parte de las mujeres en edad fértil en todo el mundo sufren de anemia, lo que también pone en peligro la nutrición y la salud de muchos niños.

Es necesario hacer referencia al informen Oxfam de enero de 2018, bajo el título “Premiar el trabajo, no la riqueza”, que presentó en el marco de Foro Económico Mundial en Davos, que reúne en Suiza a las élites políticas y empresariales. Denuncia que el 82% de la riqueza mundial generada durante el pasado año fue a parar a manos del 1% más rico de la población mundial, mientras que el 50% más pobre –3.700 millones de personas– no se benefició lo más mínimo de dicho crecimiento.   Entre 2006 y 2015, la riqueza de los privilegiados económica ha crecido en un promedio del 13% al año; seis veces más rápido que los salarios de los trabajadores.

Está claro, que algo no funciona, el fracaso de la economía es evidente, al menos para los más pobres, con un fuerte retroceso en los avances conseguidos en años anteriores a la crisis. Muchos nos preguntamos, si es hemos vivido una crisis o una reforma social en toda regla, explotando a los trabajadores del Norte y del Sur y marginando a los poco productivos.

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El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Las pocas familias que dominan el mundo, grupos económicos, multinacionales o como se quieran llamar, tienen mayor poder económico y de dominio como nunca se había alcanzado. Pero no quieren asumir ningún tipo de responsabilidad económica, social, ecológica que vaya más allá de rentabilizar sus propios intereses, es más, en los grandes conflictos mundiales miran para otro lado con la complicidad de los grandes Estados.

Los procesos económicos liberalizan, desregulan, privatizan, avasallan la dignidad humana. Castigan a la sociedad y a sus trabajadores, no respetan el planeta, debilitan progresivamente la autoridad gubernamental con su economía de casino y ruleta, provocando mayor inquietud y certidumbre en nuestras sociedades del cansancio.

Es necesario aprender a mirar de nuevo y ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada (Saint-Exupéry) y centrarse en lo esencial, lo sencillo y lo más humano. Nuestra mirada atenta, requiere abrir la ventana del alma que reclama que todo lo humano no me debe resultar ajeno. Pedro Casaldáliga, nos recordaba que todo es relativo, menos Dios y el hambre. En uno de sus poemas, nos insiste, que primero sea el pan, luego la libertad.

Estamos con Thomas Pogge, donde la teoría filosófica de la pobreza tiene que ser una teoría normativa acerca de la justicia global. Cualquier política internacional se deberá basar en la lucha de los problemas morales fundamentales y de peso, centrados en los seres humanos y, que puedan ser ampliamente compartibles entre todas las culturas. Para ello se necesita un acuerdo internacional sobre un estándar moral común que sea plausible y capaz de una amplia aceptación internacional.

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Pogge no sólo propone esa moral mundial para establecer una justicia global, como base de un gobierno internacional,  también  la legitimidad de cada Estado, y esa se consigue con la lucha por la justicia y el respeto derechos humanos.


Foto: www.freedomcharity.org.uk/wp-content/uploads/2016/03/African-Girl-crying-FGM-1024×717-2-1024×717-1024×585.jpg

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