“Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una peligrosa fractura del brazo, a la altura del codo”. Así arranca la novela de Harper Lee Matar un ruiseñor, que yo leí cuando tenía unos trece años y cuando algunos de mis hermanos mayores ya habían tenido alguna fractura en el brazo. Quizá por eso me enganchó tanto ese libro. De hecho, creo que fue la primera novela que me estremeció hasta las lágrimas. Lo recuerdo hoy, con agradecimiento, cuando acaba de fallecer su autora, Harper Lee. Pero no quiero ponerme nostálgico.

Matar un ruiseñor es una delicia de novela, que combina exquisitamente el elemento personal y el social, la ternura y la justicia, la dimensión humana y la cuestión estructural, lo político y lo cultural, la trama narrativa y el mensaje de fondo. Pero quiero solo centrarme en un punto y, desde ahí, compartir alguna reflexión.

Hacia el inicio de la novela, el protagonista, el abogado Atticus Finch da un consejo a su hija Scout, para convivir bien con toda clase de personas. “Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista…, hasta que se mete en el pellejo del otro y anda por ahí como si fuera el otro”. Es una lección que parece sencilla, básica, pero que tantas veces olvidamos. En estos días de tanto ruido mediático en torno a la libertad de expresión y el respeto a los sentimientos y convicciones religiosas, no está mal recordarlo. ¿Nos ponemos en el pellejo del otro, de la otra?

Más adelante, la misma novela nos da algún detalle revelador. En un momento del juicio, se nos dice que “la piel de terciopelo negro de Tom había empezado a brillar”. En su defensa, el abogado alude  a que estamos ante “una mentira tan negra como la piel de Tom Robinson”. Hay dos maneras de mirar a una persona (de raza negra o de cualquier colectivo distinto al mío): una, con el prejuicio de quien simplemente asocia estereotipos a grupos sociales; otra, quien se acerca con tacto y con delicadeza, hasta captar el “terciopelo”, la suavidad, el brillo, el calor de la otra persona.

En estos días hemos tenido una reedición de la trama de la novela de Harper Lee: titulares en prensa acusando a los refugiados de un ataque perfectamente organizado en la Nochevieja de Colonia… y ahora resulta que apenas tres personas de las 58 detenidas por estos sucesos son, efectivamente refugiadas. Eso sí, todo el colectivo ha quedado marcado por ello en ese “juicio” mediático y popular. Nos hace falta un Atticus, sensible y riguroso, tierno y justo, cercano y recto. ¿Tendremos hoy alguien que defienda la justicia como él, asumiendo también los costes personales? Hacia el final de la novela, el abogado le recuerda a su hija Scout que la mayoría de las personas son buenas, “cuando por fin las ves”. Nos jugamos todo, o casi todo, en la mirada.

Quizá ahí tengamos un punto de conexión con la otra novela de Harper Lee, Ve y pon un centinela. El título es una clara y directa alusión bíblica: “Ve y pon un centinela para que comunique lo que vea” (Is 21, 6). Es decir, que la figura del abogado Atticus Finch es un referente moral, un centinela o un vigía que mira, capta la realidad y la anuncia. Así, puede detectar las grietas de la injusticia racial, de la desigualdad extrema y la exclusión social, y sentirla como propia… porque se ha metido en el pellejo de los que sufren. ¿Tenemos hoy centinelas de ese tipo?

El nombre de Scout, por cierto, significa “exploradora”. Es decir, la que busca, la que mira desde fuera, la que sale de su zona de confort, la que se pone en el lugar del otro, la que se atreve a meterse en el pellejo de la otra persona… la que descubre así el mundo. ¿Seremos nosotros nuevas scouts?

Finalmente, y desde una perspectiva creyente, quiero notar que es Dios mismo, en Jesús de Nazaret, el que sale de sí para ponerse en el pellejo del ser humano, para mirar la vida desde ahí, para explorar el mundo fuera de su zona de confort. Es Él quien envía centinelas que nos interpelan. Quien tenga ganas de profundizar en este punto de la obra de Harper Lee, puede leer a Matt Litton sobre los motivos humano-cristianos de Matar un ruiseñor; o a Cathy Lynn Grossman sobre el trasfondo bíblico de Ve y pon un centinela.

Nota: La imagen es un fotograma de la película Matar un ruiseñor, dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck. Tomada de De Moni3 – Transfered from en:Image:Atticus_and_Tom_Robinson_in_court.gif,version of 00:45, 14 February 2008, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3560213