Hay veces que la justicia está sobre todo en la memoria. Millones de personas pobres, desahuciadas, prostituidas, oprimidas ya no pueden ser resarcidas más que mediante la memoria. Pero, ¿estamos preparados para hacer memoria histórica de la pobreza? ¿Estamos preparados para pedir perdón? ¿Estamos preparados para recordar? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con los otros para hacer memoria? Todos entendemos la solidaridad con las Generaciones Futuras, pero ¿entendemos la solidaridad con las Generaciones Pasadas? El caso de Joy, la estatua australiana de una prostituta nos proporciona una parábola para pensar sobre ello.

En 1995, el South Sydney Council instaló la estatua de una prostituta cuyo nombre era simplemente Joy, en East Sydney –en la esquina formada por Yurong Street y Stanley Street. La estatua no había sido comisionada por ninguna institución u organización sino que era una donación de la escultora, quien además era vecina de esas mismas calles. La escultora Loui Fraser había visto un hexágono vacío en la confluencia de las calles Stanley y Yurong y pensó que encima de dicha base faltaba una estatua. “Su intención fue pagar tributo a los millares de mujeres que históricamente habían vendido servicios sexuales en aquella área” (Frances & Kimber: p.81). La obra fue creada con recursos pobres: cemento, polvo de mármol y acero fueron los materiales necesarios para darle forma a aquella mujer. Al principio, la escultora pensó en titular la obra “One Who Waits” pero al final “Joy” le pareció un título más ambiguo y aceptable.

La escultora Loui Fraser no tomó la figura y rasgos faciales de ninguna mujer concreta sino que se inspiró en la realidad que conocía. Consciente o inconscientemente, la estatua se parecía a una chica real. Eso es lo que descubrió una mujer llamada Wendy. Su hija –llamada Lisa- acababa de morir en el hospital condal de New South Wales y al regreso del funeral, se encontró la estatua de Joy en la calle, cerca de su hogar, con facciones muy similares a las de su hija –tanto que ella interpretó que aquella estatua era una efigie de su hija en forma de prostituta-. Su reacción fue de indignación, fue a su casa, tomó un martillo y destruyó todo lo que pudo antes de que una patrulla de policía se la llevara detenida. “Cuando Loui habló más tarde con la madre sobre lo que había hecho, descubrió que la chica había sido realmente trabajadora sexual en Sydney durante muchos años. De hecho, había sido introducida a ese empleo por su madre, quien había sido la dueña de un burdel” (p.1). La estatua de Joy le había recordado vívidamente a su hija Lisa, la cual había fallecido de una enfermedad letal tras muchos años de adicción a la heroína. En los últimos años, Lisa había renunciado a prostituirse y había intentado montar con su pareja un pequeño negocio artesano de caballos en miniatura. Wendy sentía una profunda culpabilidad por la muerte de su hija ya que ella le había metido en ese mundo. Loui Fraser renunció a presentar cargos contra Wendy por los daños que causó a la obra. Tras su conversación con Fraser, Wendy se pacificó mucho interiormente y llegó un momento en el que la estatua adquirió un significado bien distinto para ella. Es como si desde ese parecido con la escultura, su hija Lisa le estuviera diciendo, –It’s OK, Mum-. “Para Wendy, Joy llegó a ser un genuino memorial, un verdadero lugar donde el corazón les ofrecía a ambas un foco para el dolor y un camino para la reconciliación con su culpa” (Frances & Kimber: p.82). Wendy se convirtió en la mayor defensora de la estatua de Joy, en la que veía reflejada a su hija, a ella misma y a tantas como ella.

Pero la reacción de Wendy no había sido la única entre los vecinos de Joy, la estatua callejera. Muchos residentes locales hallaron que la estatua era un mal recuerdo de los “viejos malos tiempos”, cuando esa parte de Sydney era conocida mejor por sus prostitutas callejeras que por los atractivos restaurantes de la actualidad. Uno de los vecinos contrarios, declaró, “Todo el mundo sabe lo que pasó, pero ¿quién quiere acordarse de eso?” (Frances & Kimber: p.83). Otros vecinos que tenían hijos protestaban porque cuando su hijo pasaba y pedía explicaciones sobre quién era aquella mujer representada, tenían que hacer oídos sordos y disimular. Una vecina propuso alternativamente que se instalara una estatua de los soldados veteranos. Sin embargo, el Sex Workers Outreach Project estaba encantado con la estatua de Joy y el reconocimiento dado a las mujeres prostitutas. La estatua sufrió una ola de vandalismo. Alguien alcoholizado le arrancó a golpes la cabeza a Joy. Wendy, la madre de Lisa, vio el desastre, recogió la cabeza y se la llevó a Fraser, la escultora, para que la restituyera. Al final, quien había sufrido era quien mejor comprendía la justicia que hacía aquella estatua. El arte era el único puente que quedaba para la memoria y la justicia.

Otro prisma del fenómeno –la frivolización y superficialidad, la conversión en puro folclore- lo ofrecían los turistas, quienes se detenían a hacerse fotos con ella, del brazo de una prostituta. Algunos vecinos acogieron positivamente a Joy porque representaba parte de lo que había sido la historia y recordaba a tantas mujeres que habían gastado sus vidas en aquellas calles. Durante 18 meses, la estatua continuó fumando apoyada en el marco de puerta rojo en que parecía descansar o esperar. La presión vecinal sobre el South Sydney Council provocó que éste retirara la estatua y se la devolviera a la escultora. “La respuesta que Joy provocó durante su permanencia en Stanley Street es enormemente revelador del modo como Australia trata ciertos aspectos de su historia y sobre aquello que elegimos recordar, olvidar y celebrar” (Raelene: p.2). Actualmente, la estatua descansa tranquila en el Jardín de Esculturas de la Macquarie University, donde a nadie parece molestar y en un lugar donde no dice nada inoportuno. La sociedad-cliente prostituye pero siempre busca discreción. A Lisa aún nadie le hizo justicia.

Referencias:

Raelene Frances (2007) Selling Sex. A hidden history of prostitution. Australia: University of New South Wales Press (UNSW Press).

Raelene Frances & Julie Kimber (2008) ‘Joy’: Memorialisation and the Limits of Tolerance. Public History Review, No.15 (2008): 77-91.