La La Land, Elogio de la Alegría

El éxito de La La Land es un interesante indicador del tiempo que vivimos. Toda la película está atravesada de una imparable y profunda alegría. En estos tiempos de Trumpismo, sólo la alegría nos hará vencer; o, al menos, no perder del todo.

La La Land no es una película feliz sino que trata del fracaso y de cómo cualquier logro tiene importantes renuncias detrás. Son renuncias que, a veces, nos dejan heridas hondas. Tampoco es una película nostálgica. No es nostalgia de lo que fuimos pero quizás sí es nostalgia de lo que habíamos soñado ser. Independientemente de la historia en sí, la película en realidad trata sobre la alegría.

Todo el proyecto comienza por dos compañeros de habitación que tocan en la misma banda de jazz y son compañeros de clase en la universidad de Harvard. Uno es Damien Chazelle –director y guionista de la película- y el otro Justin Hurwitz –compositor de su música-. Mientras estudiaban, soñaron con filmar La La Land y escribieron un borrador –en su primera idea la ciudad era Boston y no Los Ángeles-.

Tardaron años en encontrar algún interés pues muchos pensaban que el musical era un género extinguido. Algunos accedieron a ver el proyecto pero les exigían sustituir el Jazz por Rock, eliminar la escena inicial o un final feliz convencional. No había sitio para lo que les parecía imposible. Retiraron el proyecto y siguieron llamando a puertas. Finalmente todos conocemos lo ocurrido: con apenas 30 años cumplidos logran un enorme éxito inesperado para un género en el que ya nadie parecía creer.

La La Land va sobre sueños que ya han sido vapuleados y han reunido suficientes palos como para abandonar. Son dos artistas cuyos compañeros de colegio ya hará años que tienen hijos y trabajo. Ya se les ha pasado el arroz. Sin embargo allí están ellos intentándolo una y otra vez. Es normal que sientan dudas sobre si valen para ello. ¿Y si en realidad quiero ser actor pero no soy suficientemente bueno para dedicarme a ello?

Los dos actores principales –Emma Stone y Ryan Gosling- vivieron experiencias similares: cientos de castings en muchos de los cuales no les dejaban terminar la primera frase antes de decirles adiós.

¿Otra película americana sobre dreamers, la ideología del “si quieres de verdad siempre puedes” y el Happy End? No. La La Land es el menos feliz de los musicales. Aunque haya canciones y faldas de colores, es una historia sobre la resistencia al fracaso y las renuncias del éxito. Ahora bien, no es una historia amarga.

La La Land es llevada por el espíritu de la alegría. Los sentimientos o mociones que recorren la película parecen decirnos que hagamos lo que hagamos, pase lo que pase, permanezcamos agarrados a la alegría.

Quizás la crisis económica, las políticas del odio, las corrupciones o la catástrofe de los refugiados nos han robado la alegría. No es para menos. No tenemos que ser ingenuos ni frívolos. No tenemos que encoger los hombros ni olvidar. Pero sólo cambiaremos el mundo si nos enraizamos en la tierra de la alegría.

Quienes han votado a Trump no dejan de reírse pero votaron Trump porque perdieron la alegría. La clave es la forma de sentir la propia vida y el mundo. Por eso la alegría es la clave de todo el pentagrama de la sociedad.

Necesitamos esa alegría que hace sonreír ante las resistencias del espíritu humano en las condiciones más duras; hace reír ante los imparables signos del amor; nos hace dar saltos cuando la gente responde con dignidad a las indignidades de Trump. Más que nunca hay que hacer caso a Benedetti: defender la alegría. Si nos roban la alegría, nos apagan el alma. No se vence a alguien cuando se le quiebra sino cuando cree que no hay sitio para la alegría.

La La Land termina haciendo una llamada a los locos soñadores, a los pintores, poetas, y creadores que se rompen el corazón intentando una y otra vez levantar lo imposible, luchar por dar lo mejor de nosotros al mundo, incluso hasta que lo que sentimos que no tenemos poder para dar: entonces sólo podremos dar lo que sólo es posible por amor.

Hay géneros, militancias, espiritualidades o causas que muchos quieren dar por extinguidas. Hay pobrezas que persisten y parece una locura querer superar. Hay cosas que parecen imposibles. Hay cosas tan frágiles que cualquiera puede apagar. Pero vivir es soñar lo mayor.

El día que no quede un solo soñador loco en pie sobre la tierra, se acabará el mundo. Pero con que haya uno solo en pie, la alegría vencerá. Tan solo hace falta uno. ¿Serás tú? Pues canta tu canción. La La Land.

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Fernando Vidal
(Vigo, 1967) Profesor de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Pontificia Comillas -donde dirige el Instituto Universitario de la Familia- y Research Professor del Boston College, Presidente de RAIS Fundación y patrono de Fundación FOESSA. Miembro de la CVX (Comunidad de Vida Cristiana), está casado y tiene dos hijos. 

1 Comentario

  1. A mí también me ha inspirado ilusión y alegría esta película, Fernando. Coincido contigo en la interpretación de la historia, no es una película “ñoña” ni de final feliz, pero te deja muy buen sabor de boca y ganas de hacer, que dado el entorno actual, no es poco.

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