“La inmigración un privilegio, no un derecho”

Pues claro que sí, Sr.(?) Trump. La inmigración es un privilegio. ¿Quién como los inmigrantes puedes disfrutar del privilegio de ocupar con tanta frecuencia las primeras páginas de los periódicos o de los noticieros? ¿Quién como los inmigrantes pueden ser objeto de miles de focos fotográficos con los que ganar incluso premios Pulitzer? ¿Quién como los inmigrantes pueden ser protagonistas de películas y documentales premiados tantas veces y en tan variados festivales cinematográficos? ¿Quién como ellos pueden ser eximidos de obligaciones o tener ventajas exclusivas como por ejemplo poder dormir en la calle, en el puerto, en el monte, en la vereda de todos los caminos,  en los campos helados de Europa o en los confortables y mullidos campos embarrados?

Solo ellos, y algunos otros colectivos parecidos, pueden vivir en carne propia el protagonismo de películas de guerra, bombardeos de hospitales donde se esconden, -con fuego real, oiga, no figurado- . O hambrunas que adelgazan sin necesidad de las odiosas y duras dietas de adelgazamiento.

La inmigración es un privilegio en las muchas acepciones que incluye el diccionario de la RAE. Se llama “privilegio” también al documento que concede el  privilegio, donde conste la concesión de sus  títulos privilegiados… En este caso, no necesitan el papel. Lo ahorran al Estado porque lo llevan escrito en sus rostros. Por eso, probablemente porque quieren, caminan alegremente sin papeles por todo el mundo sin ser hostigados por ninguna policía, estatal, municipal, foral,  autonómica, del condado, o como se llame a la de los miles de lugares donde están, ya que inmediatamente estas policías ven el documento grabado en sus ojos con lo que es fácil honrarlos con un montón de preguntas e identificaciones.

Es también un privilegio  “convencional” según otra acepción. Porque se da o concede (abundantemente por lo que parece), “mediante un pacto o convenio con el privilegiado”. Entre el generoso concesionario y el  emigrante a quien por trabajar, por ejemplo en las mismas condiciones que muchos de los que residen en el país, cobra muchos menos por miedo. Sí Señor. Un privilegio.

Se habla también de “privilegios de introducción” o  “de invención”  es decir de aquel privilegio del que se goza de manera exclusiva durante el “plazo fijo de una producción o de unos procedimientos industriales hasta entonces no conocidos o no usados”. Por ejemplo los garfios artesanales o de modelos únicos que colocados en las manos o en las sandalias de los emigrantes les ayudan a subir las enredadas vallas de Ceuta y Melilla. O la fabricación manual de bolsas de alimentos y botellas de agua para lanzar solidariamente a aquellos que deben sostener el viaje en trenes atestados y peligrosos como la Bestia hacia la frontera yanqui.

Antiguamente existía también el llamado “privilegio del canon” que era aquel del que “gozaban las personas del estado clerical y religioso por el que quien injuriase o pegase a alguna de ellas incurría inmediatamente en penas canónicas”. No parece que esas penas estén siendo  aplicadas civil y paralelamente a los que sin tener la condición religiosa o clerical tienen que huir de los dos tipos de guerra: la que mata por las armas y la que mata por el hambre. A estos -como además no son curas o religiosos, ¿o también?-  se les puede injuriar, pegar y matar, incluso por aquellos que tienen el mandato legal de protegerlos.

También existe el llamado privilegio favorable, aquel que “favorece al privilegiado y no perjudica a nadie, como el de comer carne o lacticinios en Cuaresma”.  A muchos migrantes privilegiados les gustaría usar de ese privilegio si no fuera porque no es fácil comer carne que no sea enlatada ( ¿será carne de verdad?), o leche en polvo si se consiguiera alcanzar algunos sacos o porciones lanzadas desde aviones o camiones.

El privilegio del que goza el mayor número de emigrantes es el llamado “privilegio gracioso”. Es decir aquel que se “da o concede sin atención a los méritos del privilegiado, sino solo por gracia, beneficencia o parcialidad del superior”. Se concede abundantemente en función de la gracia o beneficencia por la cantidad de lágrimas derramadas, o por las heridas producidas en sus insensatas caminatas por el desierto y/o en manos de los traficantes de todo tipo. El último que recuerdo de este tipo fue conceder el privilegio post-mortem (¿se dice así?) a un niño emigrante llamado Samuel de ser enterrado dignamente cuando su cadáver apareció en tierras gaditanas. Gratuitamente.

Son muchos también los migrantes que gozan de los llamados privilegios locales, es decir aquellos que se conceden a los “de un lugar determinado, fuera de cuyos límites no se extiende”. Por ejemplo si vienes de la guerra de Siria, pasas fronteras, y no si eres proveniente de la guerra de Sudán, Colombia o Centroáfrica (por poner ejemplos al azar de las malditas guerras).

Hoy día los llamados privilegios “personales”, es decir aquellos que se “conceden a una persona y no pasan a los sucesores” son los más difíciles de conseguir, si se trata de emigrantes. Porque por desgracia las grandes ventajas de los emigrantes y su posibilidad de negarles los sueños están pasando con demasiada facilidad de padres a hijos. No son privilegios personales sino en muchos casos heredados, cronificados y con posibilidad de trasmitirlos de generación en generación.

Me llamó la atención en el recorrido de los muchos privilegios que los emigrantes tienen, aquel que se denomina en el diccionario de la RAE como el “privilegio odioso”, es decir “aquel que perjudica a un tercero”. Ser inmigrante debe ser tan odioso por perjudicar a tantos otros que hasta el mismo Donald Trump se benefició del privilegio al ser fruto genuino de la inmigración. Es hijo, nieto y esposo (en dos ocasiones) de extranjeros que llegaron a Estados Unidos buscando un futuro mejor. Mire adonde mire, Trump no tiene escapatoria: Es  hijo de la situación de  privilegio del que ahora se ufana. Ese llamado privilegio odioso estuvo y está perjudicando a miles y miles de terceras personas .Y vaya si lo hace.

Pues claro que es un privilegio ser inmigrante. Y es más;  lo que es auténtico privilegio es estar humilde y torpemente a su lado. Doy fe. Como lo podrían hacer otros muchos. ¡Tantos! Hacerlo, da sentido a mi vida. Porque donde todos ven a un inmigrante, yo, y otros muchos, vemos  a un hermano. Ese sí que es un auténtico privilegio.

https://youtu.be/fMwEL6ppDS4


Imagen: El abuelo de Donald Trump en 1918. Tomada del reportaje en El Español http://www.elespanol.com/reportajes/grandes-historias/20161111/169983417_0.html

1 Comentario

  1. Estimado José Luis. He leído su post y me gustaría hacerle un par de observaciones que espero considere apropiadas. La primera es que me parece que mezcla ud. los términos “emigrante” y “refugiado”, y aunque podemos decir que todos los refugiados son, de alguna manera, emigrantes, desde luego no todos los emigrantes son refugiados. Hace algo menos de un año que emigré con mi familia a Suecia, y le aseguro que no huyo de la miseria ni de la guerra, simplemente he visto ventajas personales y profesionales para dar este paso, y lo he dado. Teniendo en cuenta que la frase de Trump es, literalmente, “Immigration is a privilege, not a right”, creo justo señalar que no se está refiriendo a los refugiados en particular, sino a los inmigrantes en general.

    El segundo punto tiene que ver precisamente con la literalidad: me parece que ha consultado ud. el diccionario equivocado, ya que Trump no ha hablado de “privilegio” sino de “privilege”, y si nos vamos por ejemplo al diccionario Oxford, veremos que el término inglés no tiene tantos matices: “A special right, advantage, or immunity granted or available only to a particular person or group.” El diccionario presenta algunas acepciones de índole mayoritariamente legal, y al final hace una interesante referencia al origen latino de la palabra: “privilegium”, de privus (privado) + lex (ley), es decir, ley o derecho privado.

    Desde este punto de vista, lo que Trump está diciendo es, en realidad, una obviedad: que la inmigración no es un derecho general, sino que se concede a determinadas personas o colectivos. Esto puede parecernos bien o mal, pero me temo que es un hecho generalizado. Como ciudadano de la UE, yo tengo el “privilegio” de estar en Suecia sin apenas trámites legales; mis compañeros de India, en cambio, tienen trámites bastante más complejos. Nuestro “derecho” a emigrar a Suecia difiere en función del colectivo al que pertenecemos. Es, en efecto, un privilegio.

    Un cordial saludo

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