La economía, o está al servicio del bienestar de la gente o, en el mejor de los casos, no sirve para nada. Esta es la ineficiencia del capitalismo. En definitiva, producir bienes y prestar servicios para satisfacer necesidades humanas es la razón de ser de todo el tinglado, de todo el sistema. Producir con eficiencia, respeto al entorno y de forma sostenible, es lo que debe ser hecho, ética y técnicamente. Distribuir con equidad y cubrir –cuando menos- las necesidades básicas de todos, es también axioma moral que, a la altura de los tiempos nadie debiera impugnar.

Como es sabido, en todo este complejo proceso nos vemos envueltos todos –con distintos gorros, eso sí; y de maneras diversas y dinámicas. Ahí estamos -operando como agentes o impactados como sujetos pasivos- las personas, las familias, las empresas, las administraciones públicas… y por supuesto, los bancos y los mercados financieros. Ese es el busilis del sistema. Y el nuestro –regnante aunque no tan feliciter como solía- no sólo nos acaba de estar en condiciones de sacar mucho pecho; sino que cada vez está recibiendo mayor contestación. Y no sólo de parte de nostálgicos del comunismo ni de iluminados populistas que vuelven con mantras dejá vues inoperantes e indeseable. Incluso en el corazón del modelo capitalista, en los EE.UU., son cada vez menos los que dicen considerarse capitalistas o estar dispuestos a apoyar de manera abierta al capitalismo. Una reciente encuesta del Harvard Institute of Politics así lo deja patente.

Razones, desde luego, ni les faltan a los norteamericanos; ni mucho menos, a nosotros… paganos sempiternos de los patos que otros se siguen comiendo a dos carrillos… Y en esto no es cuestión de personalizar: da igual quiénes sean los comedores… lo importante es que el juego continúe. Para que la rueda gire, siempre deberá haber algunos sentados a la mesa, dispuestos a engullir, incluso sin hambre… Recordemos la poderosa metáfora de Marx: “las crisis son al capitalismo lo que el vómito para los romanos”.

Como, por desgracia sabemos, no es infrecuente que la praxis económica redunde en perjuicio de aquellos a quienes debiera servir, resulta absolutamente necesario articular técnicamente bien los cómo; pero, sobre todo, pensar muy bien los porqué últimos; y por encima de todo, los para qué y para quiénes que dan sentido a la actividad económica.

¿A qué se debe esta suerte de paradoja? ¿Está justificado este estado de opinión? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Hay solución? Remito a mi trabajo sobre el capitalismo y prometo reflexionar sobre el asunto en próximos posts.