La identidad: un arma de doble filo

Una identidad profunda y sana nos capacita para el encuentro. Y, una identidad rígida hecha de consignas es algo vacío que precisamente lleva a las personas a refugiarse en sus grupos conocidos y sólo dentro de ellos saben desenvolverse; salir del grupo conocido supone un reto donde la persona a veces se dejará mover por el miedo o la agresión.

Esto aplica para identidades personales, nacionales, religiosas, políticas, ciudadanas, de género y todo tipo de grupos sociales.

Por ejemplo, cuando un grupo tiene “demasiada identidad” o una persona tiene “total identificación” con un grupo, tenemos por lo menos que sospechar que dicha identidad puede ser que esté “rellena” en gran parte por un cierto material postizo, “prestado” por el grupo de pertenencia.

Ese “material postizo” va generando en la persona una falta de contacto consigo mismo, y un desempoderamiento, pues cada vez se va asimilando más su rol en el grupo en lugar de estar más atenta al fluir de su persona auténtica. De esa manera, estando la persona con menos poder (desempoderada) es más fácil utilizarla para fines externos.

Pues la identidad es algo único, genuino, en continuo dinamismo que parte de la libertad y el contacto con uno/a mismo/a y no puede haber dos identidades iguales.

Este es un tema que me llama especialmente la atención, viviendo en esta zona del mundo (Oriente Medio) donde nacieron las tres religiones principales y donde, la religión es a día de hoy uno de los componentes esenciales de la convulsion, la inestabildiad y la violencia que azota a esta tierra.

Una identidad religiosa excluyente que se basa en gran parte en la pertenencia a un grupo, hace ver a los otros que no son de ese grupo como amenazas y como enemigos. Además, en este contexto es fundamental poner el acento en que junto al aspecto religioso se añade una inestabilidad política, económica, social, que son el elemento que hay debajo de la violencia y la inestabilidad. Esto es fundamental reconocerlo, pero aún así, no se puede negar que es precisamente el aspecto de la identidad religiosa un componente que, lejos de ser símbolo de encuentro y reconciliación, es utilizado como herramienta de confrontación e incluso de guerra.

Hace unas semanas visité el Líbano y una de las cosas que captó mi interés fue precisamente el tema de la identidad libanesa.

Relatos y encuentros con personas que entrelíneas e incluso explícitamente, manifestaban un baile de identidades en crisis muy interesante, colorido y enriquecedor para una observadora externa pero doloroso y de difícil manejo para quien lo vive, en muchos de los casos, sin los recursos adecuados para gestionarlo. Una mezcla entre occidente y oriente (con sus raíces árabes, fenicias y arameas y una fuerte influencia francesa) aderezada por un mosaico de nada más y nada menos que dieciocho grupos religiosos diferentes que conviven en un país de poco más de cuatro millones de habitantes (donde ahora además se suman casi dos millones de refugiados).

El modo en que se diseñó su propia bandera ilustra algo de este asunto, con sus dos franjas rojas y la blanca en el centro con el cedro. Por un lado, el elemento del cedro se eligió por ser éste el árbol más abundante y preciado del país y por su raíz bíblica; pero ahora vienen lo curioso, y es que las franjas blancas y rojas, son una mera copia de la bandera austriaca, según cuenta la historia, copiada deliberadamente.

Es sólo una bandera pero me resultó llamativo como parecía cristalizar parte de los relatos que escuché relativos a su “sentirse libaneses”.

Más allá de la anécdota, y volviendo al tema de la identidad y los grupos, pienso que estamos todos llamados a hacer un trabajo sano de identidad para no confundir el rol que tenemos con la persona que somos. Y pienso que cualquier comunidad humana también está llamada a hacer este trabajo de identidad colectiva para lograr que las personas verdaderamente estén en el centro.

La utilización de la identidad como un elemento de manipulación de los grupos es una perversión que es importante identificar, ponerle nombre y dialogar sobre ello sin miedo.

Una nación con identidad rígida se convertirá en una nación excluyente e intolerante con la diversidad y en el otro extremo, una nación compuesta por grupos muy diferentes sin un marco de referencia de identidad común tendrá como consecuencia una sociedad desarticulada incapaz de movilizarse por un proyecto común.

Por ello, la gestión desde esferas poder del asunto de la identidad es crucial para la conformación de sociedades inclusivas y democráticas, ya que dicho manejo de la identidad es un arma poderosa de doble filo.

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