La humanidad debe al niño lo mejor que puede darle

Por Mari Fran Sánchez. Directora de la Sección de Menores de la Comisión Episcopal de Migraciones.

Hoy en día cerca de 250 millones de niños trabajan en el mundo y más de 150 millones lo hacen en condiciones peligrosas. El Papa Francisco exigió hace unos días,  con motivo de la celebración del Día Mundial contra el trabajo infantil, un pacto internacional «solícito y constante» para erradicar la esclavitud de los niños.

«Muchos pequeños en el mundo no tienen la libertad de jugar, de ir a la escuela, y terminan siendo explotados como mano de obra», denunció el Pontífice. Mientras le escucho, en mi interior busco cómo expresar todo lo que por mi cabeza y corazón pasa en éstos momentos pensando en la esclavitud infantil. Y observo cerca de mí, con algo de impotencia pero con ternura e intensidad, la dulce mirada de Daniela. Daniela tan solo tiene cinco años, sus grandes ojos, llenos de vida, me dicen mucho más que las sencillas palabras con las que cuenta las maravillosas historias que viven  sus muñecas… Daniela ha crecido aquí, rodeada de amor, en el seno de una familia unida que se ama y respeta, con unos padres que le han dado lo mejor que tienen, pero sobre todo lo mejor de sí mismos, en un “país de oportunidades”.

Daniela ha nacido en un país donde las cunitas para niños son de “oro”. Podría haber nacido allí. En un lugar donde ni siquiera hubiese tenido una cuna donde dormir cómodamente. Porque he visto también rostros y ojos de niños que hablan de abandono, de sufrimiento, de pobreza, de tristeza… de esclavitud. Y qué paradoja hablar de esclavitud cuando hace ya unos cuantos años que, como tal, quedó abolida en todos los Estados que en la actualidad son firmantes de muchos tratados que teóricamente garantizan los derechos fundamentales de las personas y que dignifican al hombre. Quizá se nos haya olvidado en el trascurso de la historia redactar un convenio que lo que garantice sea el derecho injustificado de muchos a enriquecerse a costa de los otros, sobre todo de los más pequeños y vulnerables. ¡¡Nooo!! …probablemente ningún país lo habría firmado, nadie estaría de acuerdo.

Me cuesta hablar de esclavitud por el trabajo infantil cuando la simple palabra esclavitud representa el poder y el dominio de unos sobre todos, es el Caín de nuestros días matando a su hermano Abel. Es el pequeño, el débil e inocente frente al poderoso que no cuida de su hermano sino que lo explota y humilla, le roba su dignidad y su libertad, que es el don más preciado que Dios le ha concedido al hombre. La esclavitud es la expresión más indigna de las relaciones entre los seres humanos. Esto se acerca a aquello que decía Hobbes, de que “el hombre es un lobo para el hombre”. 

Y… ¡¡cuánto más se acentúa todo esto al hablar de niños y niñas!! Los más pequeños a quienes se nos ha encomendado el DERECHO a querer, educar y proteger. Los que no han pedido venir a aste mundo y son responsabilidad de los adultos y de toda la humanidad que debe al niño lo mejor que puede darle. La esclavitud no es para el ser humano, y menos para los más vulnerables y pequeños.

En los países más empobrecidos, las cifras de niños y niñas sometidos a esclavitud aumenta considerablemente y de un modo terriblemente alarmante. Los modos de explotación a los que se ven sometidos son diversos, pero por encima de todos está la laboral y sexual, además de la mendicidad, tráfico de órganos, matrimonios forzosos, pequeños delitos, etc. Y detrás de toda esta realidad, ¿qué se esconde? Quizá ni siquiera esté escondido. La vulnerabilidad de los que son inmensamente pobres frente a los que solo piensan en llenar sus bolsillos, devotos insaciables de “San Dinero”. El rostro de una humanidad enferma que antepone muchas cosas al hombre, que hace de él un objeto de placer y de usufructo para el bienestar propio e individualista que solo busca el YO por encima de todo, que se atreve a vejar y esclavizar a niños y niñas con el único fin de buscarse a sí mismos.

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