La historia de una Natividad sin miedo

MERRY CHRISTMAS GAME Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

Se apagan las luces de la feliz Navidad y las ilusiones son ahora deseos de prosperidad para otro año entrante. Pero realmente la Navidad sigue ahí, sin moverse. Cada día cuando dejamos nacer confianza suficiente para no tener miedo.

“Hace ya unos cuantos años en una casa de adobe, de esas que todavía encontramos en muchos rincones de este mundo, una joven de origen humilde reaccionaba asustada ante una visita desconocida. Retrocediendo unos pasos preguntó con voz temblorosa:

-¿Quién eres? ¿Qué quieres? Soy solo una pobre joven que nada tengo que ofrecer.

-No temas María, no tengas miedo, confía. Puedes ofrecer mucho más de lo que crees. Darás vida a un niño que hará que ya nunca más tengáis miedo.”

Aquella buena noticia, lo sigue siendo hoy. Un niño había nacido en un establo sucio, frío y maloliente. Solo acudieron a su nacimiento los más humildes entre los sencillos, pastores sin honores ni etiquetas de las que tanto gustan en nuestra sociedad de hoy y entonces. Un niño acaba de nacer para que confiáramos y aprendiéramos a gestionar nuestros miedos.

El miedo es intrínseco a nosotros,  y es una experiencia fundamental que nos hace tomar conciencia de nuestra frágil creación, pero también de nuestras posibilidades. Surge cuando percibimos una sensación de peligro. Pero en muchas ocasiones, esa sensación nos hace distorsionar la realidad amplificando nuestras emociones y reacciones. Es un mecanismo de autoprotección, pero que tenemos que aprender a gestionar desde la confianza para que no nos limite, para que no nos paralice.

Tengo miedo a fracasar por el rechazo social al propio fracaso, que solo premia el éxito, y se burle del intento.

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Tengo miedo al diferente, lo que me hace sentirme amenazado en mi banal seguridad. Miedo que me lleva reaccionar con fuerza y, a veces, con violencia para reafirmar mi poder que no es sino débil amargura de corazón.

Tengo miedo a la libertad de elección y escoger mal, postergando esa libertad a través de la búsqueda continua de excusas.

Tengo miedo a las diferentes oportunidades que la vida me ofrece cada momento, esperando encontrar normas, mandamientos o una “app” que me guíe.

Tengo miedo a no obtener reconocimiento de los demás, olvidando que ese fruto no debe forma parte de mi dieta.

Tengo miedo a dilapidar todos los bienes materiales que me han sido confiados, y lamento terminar siendo otra marioneta poseída por los mismos.

Tengo miedo a querer y no ser querido, lo que me lleva comprar afectos y placeres

Tengo miedo al qué dirán, a que se rían de mí, para acabar siendo otro espectador apoltronado.

Tengo miedo a encontrar a Dios directamente en el otro y mirar hacia otro lado.

Tengo miedo a ponerme en el lugar del otro y que no me guste “ni lo que ve, ni como me ve”.

El miedo me hace obsesionarme en mis limitaciones para no ver mis posibilidades y capacidades. Me aleja de buscar la felicidad en el otro y con el otro.

En este tiempo, donde la gran pantalla se llena de estrellas, quiero rescatar un frase tan válida en el cine, como en la vida real del galáctico maestro Yoda: “El miedo lleva la ira, la ira lleva al odio, y el odio lleva al sufrimiento”.

Y ante el miedo, San Ignacio de Loyola, santo del siglo XVI, nos habló de hacernos indiferentes, no dejados o perezosos, sino indiferentes a nuestro miedos, a nuestro propio “querer desordenado”. Indiferentes a lo que nos limita y nos ata, para buscar lo que realmente nos hace felices.

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El niño nació y Dios se hizo carne de la que siente miedo y sufre dolor para que estos no tuvieran la última palabra. “No tengas miedo, confía”.

La confianza no elimina el miedo, pero ayuda a gestionarlo. La confianza no elimina el dolor, pero nos capacita para soportarlo.

La confianza es concreta, esta en cada uno de nuestros gestos, de nuestras sonrisas. La confianza se practica a diario, se ejercita con los otros, porque es fácil que el miedo nos lleve a perderla.

Confiar supone hacerse vulnerable ante la persona en quien confiamos. Confiar nos lleva a construir confianza con los otros cuando: admito mi error y aprendo públicamente; acepto la responsabilidad del problema; asumo el fracaso sin trauma y aprendo de el; gestiono la posibilidad de decepcionar las expectativas de los otros; acepto que para ganar todos, tengo que ceder y perder algo; pido ayuda; escucho activamente a los que discrepan de mi; busco oportunidades y soluciones en aquellos que creo más diferentes; perdono y me dejo perdonar…

Genero confianza cuando ayudo a sacar lo mejor del otro y lo mejor de mi y: llamo a las personas por su nombre; respeto las opiniones de otros, sobre todo los marginados; apoyo a aquellos que sienten contradicciones internas; gestiono la tentación de silenciar a los que disienten de mi; facilito espacios para que otros puedan crear y experimentar; expreso mi confianza con la palabra y el abrazo; “estoy pronto a salvar la proposición del prójimo” (S. Ignacio Loyola)…

No es la confianza camino fácil, pero si un camino posible que se puede aprender. Quiero buscar el siguiente paso posible, sin miedo a caerme, porque sé que me puedo levantar, porque siempre hay una Mano que me ayuda a levantarme. Sabiendo que todo es posible, pero que no todo me lleva a ser más feliz con los otros.

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Decía el Padre Anthony de Mello s.j. en uno de sus cuentos:

“La vida es como una botella de buen vino. Algunos se contentan con leer la etiqueta. Otros prefieren probar su contenido.

Estoy demasiado ocupado en aprender a descifrar etiquetas y en producir las mías propias. Pero ni siquiera una vez he sido capaz de embriagarme con el vino.”

Quiero aprender a no tener miedo y embriagarme de vida.

Feliz Natividad de la confianza

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