La guerra fría árabe-iraní agrava el conflicto en Siria

La guerra de Siria, como todas las guerras, no sólo tiene lugar en el interior de ese país. Sí, es verdad, la inmensa mayoría de las víctimas son los habitantes de Siria, pero el conflicto se desarrolla en varios frentes. Tres son los círculos de confrontación.

En primer lugar, el interno, donde se libra la batalla militar, donde están los muertos, de donde huyen refugiados y desplazados. Un círculo confuso: de una parte, las fuerzas del régimen de Al Asad y sus aliados de Hezbolá y, ahora también, tropas rusas e iraníes. De otra, milicias como Al Nusra y Daesh (Estado Islámico), salafistas, kurdos y los llamados “rebeldes moderados” (acepción interesada, acuñada desde Occidente para distinguirlos de los grupos que no apoyan). En este conglomerado contra el régimen también se combate entre ellos.

El segundo círculo es el de los actores regionales, una batalla sin víctimas sobre el terreno, pero que incendia de manera decisiva la batalla interna. Es la lucha por la influencia, por los intereses económicos, por obtener el poder en el Medio Oriente. De entre toda esta lucha regional destaca la que mantienen Arabia Saudí e Irán. Una “guerra fría” ancestral. Dos potencias musulmanas con diferente historia, cultura, lengua y modo de comprender el Islam. Los árabes quieren fuera a Al Asad, los iraníes lo apoyan.

La guerra árabe-iraní no se dirime en un frente de batalla directo, como sucedió en la tradicional guerra fría entre soviéticos y norteamericanos, se dirime en enfrentamientos indirectos como sucede en Siria y ahora también en Yemen. Aparentemente, se trata de una rivalidad puramente religiosa entre los árabes, mayoritariamente suníes, y los iraníes en su mayoría chiíes. Pero la rivalidad va más allá de las diferencias religiosas. Es una lucha ancestral entre árabes y persas que también produjo la división religiosa en el combate por el poder a la muerte del Profeta Mahoma. Pero fundamentalmente es una lucha por la hegemonía política, militar y económica en la región. Los líderes de ambas facciones saben muy bien cómo utilizar el sentimiento religioso para hostigar al enemigo.

El tercer frente es el de los actores lejanos, el de las potencias mundiales, con Rusia por un lado y Estados Unidos por el otro. Rusia apoya el régimen de Al Asad y Estados Unidos lo quiere fuera. Rusia se alinea con Irán y Estados Unidos con Arabia Saudí. Rusos y norteamericanos también aquí reviven la guerra fría anterior a los noventa del siglo pasado y que de nuevo parece aflorar.

La solución del conflicto pasa por acabar con esas “guerras frías”. Sentar a la mesa de diálogo a las partes enfrentadas es muy importante, pero eso será imposible si sus patrocinadores no se ponen de acuerdo. Si Rusia y Estados Unidos presionan, Arabia Saudí e Irán se verán obligados. Además todos tienen un peligroso enemigo común Daesh (Estado Islámico). Ahora lo importante no es acabar con Al Asad, sino con Daesh. El futuro del mandatario sirio se verá después.

Todo resulta paradójico y lamentable. Millones de víctimas entre muertos, heridos, refugiados y desplazados, y un país destrozado. Todo para volver al principio: negociar el desmantelamiento del régimen de Al Asad. Un fracaso rotundo de la comunidad internacional, un fracaso del que también se pueden considerar principales responsables a los dirigentes de dos países musulmanes, Arabia Saudí e Irán, que siguen manteniendo su particular guerra fría.

1 Comentario

  1. Muy interesante tu artículo y sobretodo aclaratorio, como todos los que escribes. Gracias, Javier. Un saludo

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